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Un poema de Dana Gioia

  Dinero El dinero es un tipo de poesía   Wallace Stevens   Dinero, la blanca harina, efectivo, chuminos, mosca, el güevo o simplemente la plata.   Hacelo circular, dale vuelta, desechalo. Miralo hacerle huecos a los bolsillos.   ¡Estar hecho de billetes! Tenerlos ¡para quemar! Un tucán, un rojo, el biyuyo, la monifai.   Te pica en la mano, va y viene, aparece de vez en cuando y te salva. Te deja llegar a fin de quincena.   La plata genera plata. Gana intereses, capitaliza a diario. Siempre está circulando.   Dinero. No sabés dónde ha estado pero te lo metés en la boca. Y habla.       Money   Money is a kind of poetry Wallace Stevens   Money, the long green, cash, stash, rhino, jack or just plain dough. Chock it up, fork it over, shell it out. Watch it burn holes through pockets. To be made of it! To have it to burn! Greenbacks, double eagles, megabucks and Ginnie Maes. It greases the palm, feathers a nest, holds heads above water, makes both ends meet. Money breeds money. Gathering in
Entradas recientes

“Murder Most Foul”: la nueva canción de Bob Dylan

El crimen más vil Bob Dylan Fue un día oscuro en Dallas, en noviembre del 63, un día que pervivirá en la infamia. El presidente Kennedy estaba en la cúspide. Fue un buen día para vivir y un buen día para morir. Mientras lo llevaban al matadero como un cordero sacrificado, dijo: “Muchachos, esperen un toque, ¿ustedes saben quién soy?”. “Claro que lo sabemos, sabemos quién es usted”. Entonces le volaron la cabeza mientras aún estaba en su carro. Le dispararon como a un perro a plena luz del día. Fue cuestión de esperar el momento y el momento fue perfecto. “Usted tenía deudas pendientes, vinimos a cobrar. Lo asesinaremos con odio, sin ningún respeto, nos burlaremos y lo joderemos en su propia cara. Ya tenemos alguien que ocupe su lugar”. El día que le volaron los sesos al rey había miles mirando, pero nadie vio nada. Sucedió tan rápidamente, tan rápido, por sorpresa. Justo ahí, en frente de todo mundo. El truco de magia más grandioso bajo so

Un poema de Anne Carson

El libro de Isaías, parte I Isaías despertó enojado. La canción del mirlo que endulzaba sus oídos no era enojo. Dios había llenado los oídos de Isaías con aguijones. Una vez, Isaías y Dios fueron amigos. Solían conversar cada noche. Isaías corría al jardín. Conversaban bajo una rama, la noche llegaba. De los pies a la cabeza, Dios hacía que Isaías llamara. Isaías amó a Dios y luego su amor se volvió dolor. Isaías quiso un nombre para el dolor, lo llamó pecado. Isaías fue un hombre que creyó ser una nación. La llamó Judea y el pecado fue su condición. En Isaías, Dios vio arder la mortaja del mundo. Isaías y Dios vieron las cosas de forma distinta. Solo puedo contarles sus acciones. Isaías se dirigió a la nación. ¡La fragilidad del ser humano!, gritó. La nación se conmovió por fuera y se volvió a dormir. Dos tablas de carne ensangrentada envolvieron sus ojos como alas. La nación durmió como una pintura brillante y dura. ¿Quién puede inventar u

Trece maneras de pensar el verso (Dana Gioia)

El escritor estadounidense Dana Gioia (California, 1950) compone parte de sus poemas en metros clásicos; también usa rima, a veces inventa sus propias formas y no pocas veces recuerre significativamente al verso libre. Asimismo, piensa la poesía más en términos musicales que semánticos, de ahí que confiera una gran importancia al hecho de que el lector o el oyente acceden a la poesía primero de forma sensorial, antes que racional. Para Gioia, la poesía es concreta, y se experimenta con el cuerpo, antes de ser comprendida intelectualmente. Parte de esa perspectiva, radica en su manera de entender el verso y la versificación en general. Aquí, nos presenta algunas consideraciones sobre el tema, a manera de tridecálogo. Trece maneras de pensar el verso Dana Gioia 1.       La diferencia más evidente entre la prosa y la poesía es la versificación . En el arte, lo evidente siempre es importante, aunque suele ser precisamente lo que olvidan los especialistas. La té

Dos poemas de Seamus Heaney

Cavando Entre mi dedo y mi pulgar reposa el lapicero, ceñido como un arma. Bajo mi ventana, el chirriante y claro sonido de la pala al hundirse en el áspero suelo: mi padre, cavando. Lo veo hasta que su espalda cansada se inclina entre los parterres, desde hace veinte años encorvada al ritmo de los surcos de papas donde cavaba. La tosca bota apoyada en la plancha, el mango con la rodilla interna apalancado con firmeza. Sacaba los crecidos tallos, enterraba el brillante filo para esparcir las papas nuevas que recogíamos, encantados con su fría dureza en nuestras manos. Por Dios, el viejo sabía manejar una pala. Igual que su viejo. Mi abuelo cortaba más pasto en un día que cualquier otro hombre en el pantano de Toner. Una vez le llevé leche en una botella tapada torpemente con papel. Se enderezó para tomársela y de inmediato bajó cortando y rebanando con esmero, lanzando terrones sobre su hombro, buscando y buscando el me