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Mostrando entradas de noviembre, 2017

Cuatro poemas de Cristopher Montero Corrales

© Patricia Frencia



La verdad es difícil de aceptar
Mi hermano es tartamudo, sueña con ser filólogo pero no lo logra, y
como pena le da estudia cualquier cosa, como antropología.
¿A qué le teme? —digo, con sus cuatro carreras— ¿Por qué su anhelo no?
comprendí que no es miedo a tropezarse hablando, y que nadie se debe forzar a confesar.
(p. 17)


Ni mi madre me regaña
Colgaba de una rama un feo enano, pálido, que molestaba al barrio.
Colgaba de una rama —¿Y quién lo subió? —se preguntaba la madre.
—Tal vez fui yo —declara Óscar, el flaco. —Creo que fui yo —el gordo, Armando.
La madre miró al suelo: —Yo no le enseñé a hacer la cama y, con las sábanas, se ahorcó, esa mañana.
(p. 21)


Cuatro poemas de Gustavo Arroyo

Jeffrey Zamora, para La Nación


Sin piedad
Ahora que muere la tarde los grillos me recuerdan la dialéctica de los ciclos. Estoy en la parte trasera de la casa, en el mismo sitio donde solía fumar a escondidas de mi madre, cuando volvía del colegio. Escucho los grillos desde entonces; siempre han estado ahí, al igual que la invisible genética que me conforma. A esta hora el calor aún molesta y comienzan a visitarme ciertos deseos que me cansé de reprimir. La nostalgia pinta de amarillo el pedazo de cielo que logro ver desde acá, acuclillado en esta parte de la casa que nadie de afuera conoce, donde ocurrieron tantas cosas que he decidido olvidar. Entre grillos, calor y deseos, esta erección me resulta incómoda. Ya no fumo, y eso vuelve todo peor. La tarde me consume de nuevo, sin piedad.
De Dialéctica de las aspas, p. 8


Prénoms
Fred, sobre la cuerda exterior de la ironía, baila un tango con el

Críticas sobre "Nadie que esté feliz escribe"

Nadie nos ha enseñado a ser felices

Jonatan Lépiz

Uno
Nadie que esté feliz escribe es el título del nuevo libro de Gustavo Solórzano-Alfaro. Digámoslo de una vez, estamos ante un libro de celebración de la vida que hay que leer. El título, a primera vista, parece una sentencia; sin embargo, conforme avanzamos en la lectura, nos percatamos de que el libro parte de una paradoja: ¿es posible ser feliz y escribir?; la paradoja es doble: ¿se puede, acaso, no serlo y vivir?
A partir de este principio, Nadie que esté feliz escribe escarba la tierra de la nostalgia. El libro no se funde en un eterno presente o en un pasado añorado, más bien, todo se conjuga de otra forma, como si la felicidad fuera un verbo. Imaginen. Las fronteras que separan los tiempos verbales se difuminan. No existe más pasado, presente o futuro, quizá por eso, en su estructura, resultan artificiales las fronteras entre los géneros: poesía, ensayo, prosa; y el libro anda a sus anchas ya sea por el verso blanco, el verso libr…