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Novela III: Bar Roma, de Marco Retana

(Marco Retana, Bar Roma, San José: EUNED, 2008, 168 pp.)
Palimpsesto urbano
Un acercamiento a la novela Bar Roma de Marco Retana


...los temas recurrentes son la pobreza, el fracaso,
la vida que no resuelve nada, la nostalgia, el
transcurrir monótono de la existencia, las ilusiones
perdidas, lo que no cambió jamás, lo nunca vivido,
las briznas de la experiencia, los lugares que –como
lo hombres que los poblaron– se deshacen.

Myriam Bustos Arratia*


Preludio

Marco Retana fue un autor bastante austero, si es que esto se puede decir en literatura, pues en vida solamente publicó tres libros; y más aún, los publicó entre los 35 y los 44 años de edad. En los años siguientes no se publicaría ningún otro trabajo suyo. En 1997, Myriam Bustos hacía hincapié en este “silencio” como un posible período de gestación de una novela. Vaticinio o no, once años después se cumple. Retana dejó inéditos dos libros de poesía y una novela. Uno de los poemarios ya ha sido publicado y ahora tenemos la oportunidad de encontrarnos con Bar Roma.
El texto (el cual llegó a la editorial de manos su viuda, Ana María Jara) no parecía ser una versión definitiva, lo cual representó un interesante reto de edición. Así, nos dimos a la tarea de hacer las correcciones filológicas y a eliminar ciertos fragmentos repetidos. Luego, vino otro proceso de revisión, todo con el ánimo de depurar un texto que desde un principio se sabía de gran valor, tanto estético como historiográfico.
De este modo, podemos ahora dar a conocer esta excelente muestra del talento narrativo de Marco, novela que algunos especialistas, quienes han tenido la oportunidad de conocerla en su versión manuscrita, consideran una especie de Cien años de soledad, irreverente, con un lenguaje coloquial, y una ambientación urbana muy colorida.

La novela en el contexto costarricense

Dentro de la literatura costarricense es muy común la predilección, prejuicio podríamos decir, por los tonos realistas y referenciales. Y esta novela tiene ambos; sin embargo, lo que la aleja y la salva del lugar común es que no existe un personaje principal que pueda ser fácilmente identificado con un narrador o con el autor mismo, es decir, no hay una voz dominante; o peor aún, la presencia de un protagonista que acaba tomando la figura de un predicador dispuesto a darnos las claves para la salvación, como sucede regularmente en nuestras novelas. La obra se va tejiendo, construyendo, como una especie de collage o palimpsesto. Los personajes se van sucediendo y se ven expuestos al escrutinio del lector. No hay, lo dijimos, una voz dominante, una visión de mundo particular. Hay crítica, y es una crítica que no deja en buena posición a nadie. Todo ello permite la plurisignificación, la apertura a diversas voces que usualmente no son las más privilegiadas. Así, desde aquel que es considerado intelectual hasta el tipo más prosaico, todos son desnudados, interpelados, expuestos en una ciudad que ha venido cambiando, sujetos perdidos que encuentran en el bar el espejismo de una nueva familia, la cual probablemente pierdan cuando este cierre sus puertas.
Luego, el lenguaje muchas veces tiende a lo popular, pero sin ser efectista o vulgar. A veces ingenuo, más bien, sobre todo cuando se intercalan ciertos chistes de dominio público. La prosa es fluida, y se nutre de las técnicas de la corriente de conciencia y del monólogo interior.
Con tal estilo, la bohemia josefina de los años setenta y ochenta es retratada (y cuestionada) con tonos nostálgicos, pero a la vez irónicos. Aún para aquellos que no conozcan, o entre sus líneas no adivinen, los personajes y los casos relatados, resultará interesante imaginar la vida nocturna josefina con sus músicos, pintores, bailarines y escritores, entre muchos otros. La fauna que desfila por el Bar Roma es variopinta, anclada en una pequeña urbe de un país que no se decide a progresar, pero que guarda aún sueños y esperanzas. Desde los artistas e intelectuales, hasta las figuras más estrafalarias o risibles (sin saber cuál es cual), todos buscan en el interior del bar un espacio de identificación y encuentro, acaso perdido afuera, en la ciudad, en el hogar, en una vida golpeada por realidades cada vez más duras y menos comprensibles para aquellos que crecieron con códigos e ideas que ven transformarse, poco a poco, ante su mirada impotente: el bar es ese espacio de encuentros y desencuentros, de ideas y de sueños truncados, de amistades volátiles y de personajes tanto entrañables como deplorables.

En el vientre de la ballena

La primera parte de la novela es una mirada crítica de cierta parte de la cultura costarricense. El narrador hace un recorrido por edificios emblemáticos, como el de Correos de Costa Rica, y por ciertos pasajes de nuestra historia. De esta manera, se nos presenta un paisaje urbano, con sus edificios oficiales y comerciales, todo lo cual sirve de marco y de pretexto para iniciar la crítica social, política, histórica y hasta religiosa. El personaje deambula por las calles de esta ciudad sin darnos mayores explicaciones sobre sus antecedentes: no sabemos quién es, qué hace o como se llama. Esta falta de datos podría llevarnos a interpretar este personaje como una metáfora del anonimato social en que vivimos todos; sin embargo, la falta de elementos para ubicar al personaje se debe más a bien a su papel de observador, no de juez.
Una vez dentro del bar lo carnavalesco se hace presente. La fiesta, es decir, el espacio donde se difuminan las convenciones sociales para dar cabida al deleite paradisíaco que es el bar está pronta a iniciar. Sabemos que el mundo desaparece al ingresar en este jardín del Edén, y del mismo modo, reaparece, con todas sus miserias, una vez que salimos.
Como en un torbellino, las vivencias, anécdotas, discusiones y demás aspectos de la vida cotidiana se van precipitando: el arco se teje desde los años setenta (con el despertar cultural de la ciudad y su orquesta sinfónica) hasta los noventa (con las alusiones a la guerra del Golfo Pérsico). Este recorrido nos va mostrando una serie de personajes inolvidables (el gerente del bar, su camarera) donde se mezclan fervientes seguidores del socialismo, producto de estudios en Rusia, hasta trabajadores rasos que de una u otra forma ascendieron en la escala social y económica, y que de cierta manera se sienten enaltecidos culturalmente al codearse con los artistas, del mismo modo que estos, al mezclarse con aquellos, pretenden no haber abandonado sus orígenes muchas veces humildes o campesinos.
El desarrollo de la novela, en un tono con reminiscencias ora decimonónicas ora posmodernas, parece provenir de los pensamientos de un observador atento, un personaje que surge del área rural, y quien a través de su preparación y conocimiento de la sociedad, nos pinta un submundo muchas veces ignorado, el cual apartamos de nuestra vista y de nuestro pensamientos para no involucrarnos con sus miserias, y que recuerda con nostalgia un San José que se ha ido transformando, hasta dejarnos con una de las historias más trágicas de todas: Vicky, homosexual prostituido, quien cuenta parte de su vida, y las razones que lo han llevado a donde se encuentra: las convenciones sociales transformadas se encarnan en esta última metáfora: el mundo es áspero, duro, y la esperanza parece ser una leyenda.

Posludio

No sabemos, evidentemente, cómo habría sido esta novela en una versión definitiva del autor; lo que sí sabemos, es que tenemos en nuestras manos un texto que en su momento hubiese podido ser considerado como transgresor, al menos desde ciertos puntos de vista. Con el paso de los años, más narradores, sobre todo algunos jóvenes, recurren a las técnicas narrativas que Bustos Arratia, en consonancia con la teoría literaria contemporánea, delimitó como posmodernas. Asimismo, los ejemplos de ficciones que intentan retratar la ciudad de San José se han multiplicado; pero quizá el sabor agridulce de Bar Roma es lo que la aleja de las otras novelas que se escribirían después y que se publicarían primero, o quizá la sensación de que sus personajes pertenecen realmente, y no como pose, a un mundo marginal, de figuras oscuras y aparentemente ajenas, pero que en realidad se cruzan con nosotros diariamente. Bares como el Roma son comunes, y todos ellos exudan el dolor y la persistencia de una vida que, al decir de Rimbaud, siempre está ausente.
  • Gustavo Solórzano Alfaro, prólogo, pp. vii-xi

  • Myriam Bustos analiza la narrativa de Retana, y lo califica como un narrador posmoderno, conocedor de las técnicas iniciadas por las vanguardias y continuadas hacia finales del siglo XX. “Los amadores posmodernos de Marco Retana”, Revista Nacional de Cultura, n.º 30, agosto de 1997, pp. 30-41. Las referencias posteriores que se hagan de esta autora pertenecen al mismo texto.

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