Entré a una librería y salí por otra

Entré a una librería y salí por otra
Un breve recorrido por el mapa de los libreros independientes




Es probable que la lista de librerías que en el mundo han sido sea tan vasta como los anaqueles de la Biblioteca de Babel; por eso sería un sinsentido intentar la crónica de todas ellas. Por suerte la literatura nos permite recortar el espacio y dedicarnos plenamente a las que quedan cerca del barrio donde crecimos. En mi caso, del barrio donde cursé mis estudios universitarios.

Pero debo remontarme primero al barrio en el que crecí: Alajuela. Este pequeño pueblo provincial contaba con las mismas librerías que probablemente han existido en muchos otros pueblos similares, comercios que sonrojaban a cualquier bazar, donde era posible encontrar todo aquello relacionado con las labores escolares: el libro de matemáticas, la goma, el transportador, los lápices de colores Faber Castell (color piel incluido). Es decir, lo que menos había era libros. Pero seamos precisos: no había literatura.

Pero Alajuela no fue solo eso. En mi adolescencia descubrí una librería de viejo, y ahí sí había literatura. Ahí compré Justine, del Marqués de Sade e innumerables Penthouse y Playboy en español, que incluían historias bastante explícitas. También había una barbería donde podía encontrar cómics porno. Toda una educación sentimental, sin duda alguna.

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Cuando llegué a la Universidad de Costa Rica, en 1993, aparte de la cantidad inagotable de libros de la Biblioteca Carlos Monge, mis amigos –todos escritores en ciernes– pudimos ver los últimos días de la librería Macondo, un sitio empolvado con estantes altísimos para los estándares latinoamericanos (para los estándares de la estatura de los “escritores en ciernes”, se entiende). Así que durante la segunda mitad de los 90 nos quedamos con tres sitios: Nueva Década, Claraluna y Perro Azul. La primera y la segunda cerca de la Calle de la Amargura; la tercera, frente a nuestra Facultad de Letras.

Nueva Década tenía Tusquets, Visor, Cátedra, Seix Barral, etcétera. Todos los sellos fundamentales del momento. Su dueño era un tipo despreciable y mezquino. Nunca he escuchado a nadie hablar bien de él. Lo salvaba una dependienta pequeñita que se movía con presteza y dominaba el catálogo de arriba abajo. Nunca he escuchado a nadie hablar mal de ella. Claraluna también tenía una dueña bastante sui géneris, pero mucho más persona. Su oferta incluía ya algunas otras editoriales interesantes y títulos llamativos. Su estilo lucía más moderno.

Perro Azul, regentada por Carlos Aguilar, ofrecía títulos de Anagrama, sobre todo los grises, de ensayo y filosofía, entre otras cosas. Con Carlitos trabamos amistad los estudiantes de letras. Era un espacio único que apoyó nuestros primeros libros y una revista artesanal que se le entregó en acto oficial de la UCR a Vargas Llosa, quien no cumplió nuestros sueños de que nos sacaría de ese estado de “escritores en ciernes”. Luego, Perro Azul se convirtió en la editorial que todos conocemos y que hoy sigue más activa que nunca.

Así las cosas, aparte de las librerías de viejo del centro como Libro Azul o El Erial, los megabazares que de vez en cuando vuelven a tener libros, como la Universal o la Lehmann y Nueva Década, que gracias a un punto perfecto sigue vigente, el mapa librero de aquellos años se ha desdibujado por completo. Ha cambiado como han cambiado nuestras caras, nuestras expectativas, nuestros compromisos.

Vuelvo al punto inicial, pues sé que hay algunas pequeñas librerías y compra-ventas en provincias, en Cartago, en San Ramón, en la misma Alajuela, como Goodlight Books; así como otros emprendimientos virtuales o itinerantes, como Libros Leteo, de Noe Durán, por lo que sería injusto pretender que no existen. Pero vamos, se supone que esta es una crónica de las librerías que conforman mi educación sentimental ahora ya grande, ahora que ya no soy un “escritor en ciernes” sino solamente “en ciernes”. En fin, un tipo digamos maduro que se acerca a sus 43 años.

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El paisaje librero de San José ha cambiado. Entre el barrio Amón, el Otoya, San Pedro y Curridabat se teje una red de pequeñas librerías, que tiene un satélite en el otro extremo del continente, en la República Independiente de Escazú. LibrosDuluoz, en Amón; Frantz & Sarah, a 300 m pero ya en Otoya; La LibreríaAndante, por la UCR y la Librería Francesa, en Curri. El satélite al otro lado del mundo: Buhólica. Libros y Vinilos.

Se trata de algo que me atrevo a denominar movimiento, que responde a un cambio notorio en el mercado editorial. Mientras algunos vaticinaron la muerte del libro impreso y otros celebraban el ascenso del libro electrónico, se empezaron a gestar o a consolidar en toda Hispanoamérica una serie de editoriales independientes, privadas o unipersonales, que apostaron sin ningún tipo de seguro por el libro impreso de calidad, en diseño y contenido. Y claro, ¿dónde vender esos libros? Era lógico que a su alrededor se formara entonces un enjambre de libreros independientes, dispuestos a contravenir las leyes del mercado, de la oferta y la demanda y de tipos como el dueño de Nueva Década.

Así las cosas, en 2011 abre sus puertas Libros Duluoz, la librería pionera, de la mano de Andrea Mickus y de G.A. Chaves. Desde el principio lo hizo todo bien, se convirtió en el paradigma y en una casa para mí. G.A. Chaves se retiraría luego del proyecto, en cierto sentido, porque sigue llenándolo de grandes ideas, y Andrea Mickus continuó con el trabajo, convocando a la gente de letras, al “sector literario”, que llaman, con una autoridad y calidad inigualables.

La Librería Andante, creada por Francisco Víctor Aguilar, debe su nombre al efectivo carácter nómada de sus inicios, hasta que descubrió la agricultura y se hizo sedentaria, en una esquina, diagonal al Teatro Universitario.

Frantz & Sarah es un hermoso proyecto de libros y artículos vintage, creado por don Frantz (Leonardo Chaves Salgado) y por doña Sarah (Viviana Porras Álvarez), que se ha movido primero por Amón y que se ubica ahora en Otoya, 50 m arribita del Edifico Jiménez.

La Librería Francesa tiene ya 40 años de existir. “Suave, un momento. ¿No que Duluoz era la pionera?” Sí, permítanme explicar, aunque lo más probable es que mis conocimientos sean erróneos, pero ya me metí en este embrollo, y lo que creo es que antes su identidad era muy diferente. No es sino hasta hace poco que empezó a ofrecer un catálogo más variado, siempre muy particular, dentro de su naturaleza, y que empezó también a abrir sus puertas para actividades afines al mundo del libro y de las artes.

Por su parte, Buhólica nació en Combai. Mercado Urbano, frente a Multiplaza de Escazú. Hoy la dirige Jochen Vivallo, con frescura y enorme sabiduría. Además, es la única opción de calidad al oeste de San José.

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Acantilado, Pre-Textos, Anagrama, Adriana Hidalgo, Eterna Cadencia, Brutas Editores, Lanzallamas, Germinal, Espiral, Uruk, Impedimenta y tantas otras editoriales tienen hoy varias casas en Costa Rica. Las librerías independientes han dinamizado el ambiente, el mercado, han generado propuestas, han creado un pequeño y excitante universo a su alrededor. No es gratuito que una megacadena como la Librería Internacional se percatara de este fenómeno y abriera una sucursal “independiente”, para copar ese nuevo mercado que no era tan notorio hasta que estos pequeños emprendimientos pusieran ante nuestros ojos la gran variedad y belleza de la oferta editorial del continente. En parte es una lástima, porque ya sabemos lo que muchas veces sucede cuando una empresa enorme fija sus ojos en un sector. Sin embargo, hoy me siento optimista, y todo esto lo digo apenas iniciada la 18FILCR 2017, luego de ir a la Casa del Cuño y ver el amor y la efervescencia en el ambiente. “Love is in the air”, sin duda, y estas librerías son puertas abiertas a la esperanza, que solo los mejores libros pueden ofrecer, aun en los momentos más oscuros.

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