11 dic. 2012

Crítica de poesía VIII: "Arbusto", de Eugenio Redondo



Eugenio Redondo, Arbusto, San José: Editorial Arboleda, 2012, 60 pp.


“La caligrafía del reposo”*


La poesía del siglo XX, al menos en parte, se caracteriza por dos aspectos: por un lado, la desconfianza en el lenguaje, y por otro, la fragmentación del sujeto. Estos dos aspectos han estado presentes también en algunas manifestaciones de la poesía costarricense, especialmente el primero de ellos, que de modo simple podría resumirse como “nada puede ser dicho” o “no vale la pena decir nada”. El segundo aspecto ha sido menos evidente, pues en nuestro país el hablante lírico ha asumido la mayoría de las veces una identidad refugiada en el solipsismo.

Ambos elementos aparecen, reelaborados, en el reciente conjunto de poemas de Eugenio Redondo, Arbusto, en el cual el solipsismo parece romperse, como bien apuntaba la escritora Angélica Murillo el día de la presentación del libro. El “yo” de Redondo no necesariamente se observa “a sí mismo y a su circunstancia” (“Soy y no soy. / En ello no hay contradicción alguna.”, p. 40), sino que se sabe parte del mundo, y de algún modo a lo que aspira es a fusionarse con este: “Regreso al espacio / donde los libros no se interrumpían, / donde la verdad de Dios / se cifraba en un versículo.” (p. 29). Hay en estos versos añoranza del origen, deseo por retornar a ser uno con el cosmos.

Este deseo adquiere un matiz místico, por las constantes referencias a Dios y a una “palabra primordial”, pero también hay algo de realidad y sobre todo de reconciliación, pues se sabe que ese origen está perdido. El hablante asume su vivencia concreta: “El niño que no soy / traspasa el umbral prohibido de la infancia. // La derrota es evidente. / No somos de la materia de los sueños.” (p 45).

El itinerario que propone Arbusto se mueve entre la ambivalencia y la contradicción. El lenguaje no es suficiente, por eso busca “Un poema sin palabras”, como propone desde el inicio con “Poema fallido” (p. 9), pero sabe que ese poema es “Improbable, como la migración / de las oropéndolas en el río”. A pesar de eso, el arco se cierra con la convicción de que el mundo sí puede ser expresado por la poesía (“Todo cabe en la longitud de un poema.”, p. 53), y de que en sus palabras también es posible hallar sentido (“El universo se cierra / sobre estas líneas.”, p. 56).

En esa búsqueda por escapar de la angustia contemporánea por la fractura del lenguaje y del sujeto, no es casual que la poesía de Redondo encuentre asidero en la poesía oriental, donde las contradicciones de Occidente no son tales, y donde el ser aspira a la contemplación como estado de beatitud y de perfección.

Redondo conjuga en estos poemas la contemplación del mundo y de la naturaleza, a partir de una estética minimalista que lo acerca a la tradición del haiku. En la poesía de Arbusto ese minimalismo no significa escasez de recursos (como suele suceder), antes bien economía y eficacia. Sin necesidad de acudir a la métrica del haiku, quizá para no “reprimir” sus versos, las otras características de esta forma poética están presentes, con lo que se logra una conjugación entre las sensibilidades oriental y occidental, tal y como se aprecia en “Cantos Ci” (p. 16), uno de los mejores textos del conjunto:

La poesía china se lee
como los caballos
que nos llevan al destierro.

No hay pirotecnia
ni deleite en su tristeza.

Un tajo transversal
hiere sus frases.

La ausencia es la flor del ciruelo
que, al mediodía,
prepara su sombra.
Como se puede notar, hay sutileza en estos versos, tono que atraviesa el libro, y que se podría resumir como una “caligrafía del reposo”, en la cual se encuentran la concepción de la escritura y la tranquilidad de la contemplación: “Sobre él, / un sol lejano / rescata la caligrafía nómada / de una lagartija.” (p. 28). Esta misma idea, que remite a la aceptación de nuestro “estar en el mundo”, se refleja en el poema “Aprendiz” (p. 31): “Si tuviera que expresar un deseo, / sería el de la espuma sobre la arena: / breves signos contra el aprendizaje de la muerte.”

Arbusto se compone de un total de 46 poemas breves. Es un volumen coherente estética y filosóficamente, coherencia que quizá se rompe en algunos pocos poemas, sea por facilismo o por regreso a formas e ideas ya lugar común en nuestra poesía. Tal es el caso del poema “Los hijos que nunca tuve” (p. 36), que ya desde el título se muestra algo cursi, y cuya resolución resulta ingenua: “Mis hijos son de papel; / algunas veces / no sé jugar con ellos.” Asimismo, el poema “Japanese Story” (p. 50) vuelve sobre la intertextualidad de la cultura popular (cine, jazz), ampliamente explotada por otros autores costarricenses, incluido Redondo.

Salvo esas excepciones, que por rigor deben ser mencionadas, este libro ofrece un espacio de profunda y contenida emoción, sus poemas son finas piezas de ejecución y de reflexión. Arbusto es una obra completa, que juega de manera acertada con sus posibilidades formales y expresivas. Eugenio Redondo es un poeta que como sus poemas ha sabido madurar y calibrar sus textos, para dotarlos de la inteligencia y de la afectividad que solamente dan los años.




* Este texto fue publicado originalmente en la revista electrónica Literofilia, el 5 de noviembre de 2012.



Eugenio Redondo (Cartago, 1963). Escritor. Ha publicado El columpio entre las hojas (San José: Ediciones Perro Azul, 2003), El incendio y las sombras (San José: Editorial Arboleda, 2009) y Arbusto (San José: Editorial Arboleda, en prensa). Invitado al V Festival Internacional de Poesía de Granada, Nicaragua.