14 ago. 2012

Diario de lecturas pendientes




Sade: el placer de la lectura proviene indirectamente de ciertas rupturas (o de ciertos choques): códigos antipáticos (lo noble y lo trivial, por ejemplo) entran en contacto…

Roland Barthes(1)


Una página que falta. Un deseo que decrece justo antes del clímax. Una lectura que se trunca. Un libro que se lee con pasión hasta la mitad y se retoma meses después; otro que se empieza varias veces hasta lograr terminarlo. Lecturas interrumpidas, lecturas a medias, lecturas perezosas, lecturas descuidadas, lecturas pendientes.

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Imaginemos un lector que todos los días se detiene en la misma página. Todos los días abre un libro y empieza en la página 10. La lee, la repite, la repasa. Cierra el libro y así por días, meses y años. Una suerte de “libro de arena” a la inversa. El tiempo detenido, los mismos caracteres, las mismas palabras, y sin embargo cada día se renueva el amor por esa página y la pasión con que es leída. El tema no es nuevo. Sus diferentes versiones están en Borges.

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Le gusta leer el final de las novelas, o saber el de una película o el de una serie de televisión. Nunca se ha visto afectado por ese prurito que parece arruinarle la diversión a quien se entera de los pormenores de una trama antes ingresar en ella. Busca en Wikipedia la lista de episodios o los avances de una película en filmación. En su caso, por el contrario, saber el final lo hace desear con más ahínco leer la obra completa (“¿completa?”) o ver toda una película.

Recuerda que de ese modo leyó muchas novelas: sentado en su sillón favorito (hoy dichosamente restaurado). Leía una parte de las novelas de turno (porque siempre tenía varias empezadas y a la mano), y antes de cerrar el libro, se iba a la última página: El nombre de la rosa, Los miserables, El perfume, Cien años de soledad

Por esta razón, nunca supo cómo fue posible que jamás se diera cuenta de que a su ejemplar de El tambor de hojalata, en edición de Bruguera, le faltaba la última página. Y a la fecha no ha leído esa página, aparte de que rememora entrañablemente la versión cinematográfica de Volker Schlöndorff. De igual forma, jamás terminó de leer La cartuja de Parma, obra que disfrutó y leyó con fruición. ¿Por qué razón leyó unas 500 páginas y la dejó cuando faltaban unas 50? ¿Está autorizado entonces para afirmar que la disfrutó?

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Amos Oz tiene un libro fabuloso: La historia comienza. Ensayos sobre literatura, en el cual aborda el inicio de varios textos, y analiza la importancia y significado de un comienzo en una obra literaria. Mientras lo leía, nuestro lector imaginaba que sería igual de importante y necesario escribir la contraparte o la continuación, “La historia termina”, para poder referirse a esos  increíbles finales, a veces párrafos, a veces líneas, que cierran un relato.

Duerme. La suerte persiguiole ruda.
Murió al perder la prenda de su alma.
Larga la expiación, la pena aguda
fue; y así obtuvo la celeste palma.

(Final de Los miserables, de Victor Hugo)

No se sabe. A lo mejor sí leyó el final de El tambor de hojalata y de La cartuja de Parma pero ya no los recuerda. A lo mejor no son tan trascendentes y hermosos como los de El nombre de la Rosa o el de Los miserables.

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Hay cursos de “lectura veloz”. Definitivamente una “lectura veloz” es diferente a una dilatada, de la misma forma que leer sobre un pergamino, un libro impreso o un kindle supone experiencias diferentes. ¿Es alguna de estas experiencias superior a las otras? ¿Alguna es más profunda, más atenta? Los ojos que corren sobre la pantalla, que se mueven por Internet no son los mismos ojos que se posan sobre las marcas en el papel. Los primeros efectivamente corren, los segundos se posan, fijan su atención, contemplan. La diferencia sería entonces la misma que existe entre un corredor de bolsa de Wall Street y un monje budista.

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La idea de lo completo, de la totalidad, se desvanece cada día más. ¿Qué significa leer un libro completo? ¿Unir sílabas?¿Decodificar cada uno de los símbolos impresos? Eso incluiría el índice, el pie de imprenta, la página legal, el ISBN. ¿Leer cada parte, capítulo, poema, ensayo, cuento o diálogo? ¿Es igual leer una novela que un conjunto de poemas o de relatos? Con una novela se tiene la certeza de un tiempo lineal; pero no sucede lo mismo con un libro compuesto por piezas individuales. En estos casos, ¿cómo se determina si se ha leído a cabalidad el texto? ¿Existe algo como “leer a cabalidad”?

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El colombiano Juan Gabriel Vásquez recuerda a Orhan Pamuk (nuestro lector recuerda haber leído Estambul). Según Vásquez, Pamux dixit: “Mi propia experiencia me ha enseñado que hay muchas maneras de leer novelas” […] A veces leemos lógicamente, a veces con los ojos, a veces con la imaginación, a veces con una pequeña parte de la mente, a veces como queremos, a veces como quiere el libro y a veces con cada fibra de nuestro ser”.(2)

Efectivamente. La experiencia de la lectura es un acto tan increíblemente creativo y diverso como el de la escritura. Por esa razón ni los programas de lectura veloz o los programas de los ministerios de educación funcionan.

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La crítica de un texto es, lo sabemos bien, un texto en sí mismo, y como tal debe sustentarse. Hay críticas hermosas, textos fabulosos que superan en mucho la calidad del texto primero sobre el cual reflexionan, lo cual se debe a la capacidad de establecer relaciones del crítico, quien parte de un texto, sí, pero lo que él escribe es el conjunto de todas las lecturas de su vida; es el resultado de unir algunos puntos que van apareciendo a lo largo del tiempo y de saber leer los signos como marcas de una máquina que produce sentidos en diversas direcciones.

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Otro problema: libros que no se ha leído. Pierre Bayard plantea expresamente que sí es posible hablar sobre estos. Su propuesta es liberar al lector (o al estudiante o al estudioso) de las imposiciones sociales, de las exigencias que dictan qué debe leerse y qué no debe leerse. Cree firmemente en la capacidad de creación, en las posibilidades múltiples de producir textos nuevos que a la vez son creativos y profundos, críticos y analíticos.

Con Eco más aún que con Valéry el libro aparece como un objeto aleatorio sobre el cual discurrimos de manera imprecisa; un objeto con el que interfieren permanentemente nuestros fantasmas y nuestras ilusiones. Libro imposible de encontrar en una biblioteca de límites infinitos, el segundo volumen de la Poética de Aristóteles es análogo a la mayoría de las obras de las que hablamos a lo largo de nuestra existencia, las hayamos leído o no: objetos reconstruidos, cuyo modelo lejano se oculta detrás de nuestro lenguaje y el de los demás, y que es vano esperar que un día, aunque se esté dispuesto a perder la vida en ello, podamos tocar con los dedos.(3)

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Como profesor de secundaria (algún oficio debía tener nuestro lector) muchas veces se vio en la necesidad de recurrir a técnicas variadas para lograr que los estudiantes se familiarizaran con ciertas obras. Estaba seguro de que el 99 % no leyó jamás el Quijote, pero podría asegurar que al menos un 10 % sería capaz de referirse a él con cierta propiedad, o al menos con una propiedad superior al promedio de los adolescentes. Sus estudiantes tuvieron que leer otros textos relacionados con el Quijote, tuvieron que ver películas, tuvieron que dramatizar pasajes, filmaron escenas, elaboraron montajes fotográficos, escribieron, produjeron, crearon. Lo rescatable era esa posibilidad de crear, sin la censura de la “completud”, sin la censura de la “alta cultura”, sin la censura del lector ideal.

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Bayard acepta lo que la mayoría (de intelectuales, académicos o escritores) niega: hemos dejado de leer muchos libros, pero esto no es obstáculo para que hablemos profusamente de ellos en una mesa de tragos o en una charla universitaria.

Juan Ramón Ribeyro decía que la inteligencia no es la cantidad de información que se maneja, si no la capacidad para establecer relaciones.

Eso mismo, o quizá solo eso, sea la lectura.



(1)     Roland Barthes, El placer del texto y Lección inaugural (trad. Nicolás Rosa y Óscar Terán, 12ª ed.), México:   
         Siglo XXI Editores, 1996, p. 15.

(2) Juan Gabriel Vásquez, “Cómo leer novelas”, El Espectador, 8 de diciembre de 2011, <http://www.elespectador.com/impreso/opinion/columna-315624-leer-novelas>.

(3)    Pierre Bayard, Cómo hablar de libros que no se han leído (trad. Albert Galvany), Barcelona: Anagrama, 2011, p. 63.