9 ene. 2011

Umberto Eco y yo: arqueología de una lectura (personal)



Ahora no recuerdo cuál fue el primer libro que leí de Umberto Eco, aunque este dato es en realidad irrelevante. En todo caso, es uno de los mejores novelistas europeos de la segunda mitad del siglo XX (a pesar de sus detractores), lo cual a su vez da cuenta del vigor de la narrativa italiana de las últimas décadas, con autores como Antonio Tabucchi o Italo Calvino. Por tanto, echemos una mirada sobre su novelística.

Sin ánimo de ser simplista o reduccionista, podría afirmar que las seis novelas de Eco responden a una sola tesis (todos los grandes escritores se caracterizan por una obsesión): el mundo es una construcción de signos y no hay verdades ulteriores. Ahora, si bien esta premisa puede atribuirse a su formación como semiótico, no menos cierto es que los alcances filosóficos (éticos y estéticos) atraviesan y sobrepasan tales divisiones disciplinarias. También, cada novela busca recrear una época (o varias) en particular, sea en el estilo o en las ideas.

Pues bien, veamos cómo se cumple esta tesis en sus seis trabajos, a partir de los párrafos finales de cada obra:

El nombre de la rosa
Hace frío en el scriptorium, me duele el pulgar. Dejo este texto, no sé para quién, este texto, que ya no sé de qué habla: stat rosa prístina, nomina nuda tenemus.” [Los nombres de la rosa se mantienen en pie. Nada más tenemos nombres] (traducción mía).
Esta novela cuenta la historia de Guillermo de Baskerville y Adso de Melk, una pareja de monjes de la Edad Media europea, modelada a partir de otras parejas famosas de “detectives” (Holmes y Watson, Batman y Robin), que mientras resuelven una serie de crímenes en un monasterio, en medio de citas en latín vulgar, reflexionan sobre el significado de las cosas. Una de las mejores frases es la que le dice Guillermo a Adso: “El conocimiento del mundo pasa por el conocimiento de los idiomas”. Recordemos también que Eco utilizó en parte como modelo de pensamiento para Guillermo a Guillermo de Ockham, filosofo de la escuela nominalista, elemento que aporta la clave para comprender un mundo hecho de palabras como sustitutas de las cosas y donde el significado siempre es fugaz o sencillamente no existe. El título es enigmático, y la versión fílmica lo resuelve con una pregunta: “¿Cuál era el nombre de la rosa?”, traducción de ese nombre, de esa palabra que es la única “verdad”.

El péndulo de Foucault
De todas maneras, lo mismo da que lo haya escrito o no. Siempre buscarían otro sentido, incluso en mi silencio. Son así. Incapaces de ver la revelación. Malkut es siempre Malkut, y punto.

Pero no vale la pena decírselo. Hombres de poca fe.

Entonces lo mejor es quedarse aquí y esperar, mirar la colina.

Es tan hermosa.
Su segunda novela (mi favorita) es un fresco que atraviesa desde la Edad Media hasta los años setenta del siglo XX, en la cual un grupo de amigos se ve envuelto en una supuesta conspiración. En este trabajo, el esoterismo y la cábala desempeñan un papel fundamental, como formas de interpretación de un universo simbólico. Todos buscan desentrañar el misterio, encontrar la verdad, pero lo único que hay al final es una palabra, un signo que no tiene anverso ni reverso, un signo hueco: solo queda mirar la colina por la tarde. Si en El nombre de la rosa el latín vulgar consistía un reto para el lector, en esta obra nos recibe Eco con el árbol sefirótico y una cita en hebreo, aparte de una intertextualidad abrumadoramente "barroca".

La isla del día de antes
-El autor es desconocido –me esperaría, con todo, que hubiera dicho–, la escritura tiene garbo y aire, pero como ve, está descolorida, y los folios son todos una mancha. En cuanto al contenido, por ese poco que he hojeado, son ejercicios de manera. Ya sabe usted cómo se escribía en aquel Siglo… Era gente sin alma.  
Para su tercera narración, Eco nos ubica en el Siglo de las Luces, y de la mano de Roberto de la Grive, quien naufraga en una isla desierta, y que a través de sus cartas, y de las artilugios y máquinas que hay en su barco nos adentra en los cambios vitales en el pensamiento de esa época, una época que veía el avance de imperios, la caída de las nociones de la Tierra como centro del mundo y el advenimiento de una nuevo paradigma.

Baudolino
No te creas el único autor de historias de este mundo. Antes o después de alguien, más mentiroso que Baudolino, la contará.
Baudolino es, precisamente, el personaje central de su cuarta novela, en la cual volvemos a la Edad Media, pero en esta ocasión no se trata de la Edad Media heredera de la tradición romana de Occidente, sino de la de Oriente, la del imperio de Constantinopla. Entre cartas, un lenguaje inventado, fábulas del bestiario y la búsqueda del Santo Grial, esta obra conjuga el personaje del pícaro con la novela histórica, y nuevamente observamos de qué modo los documentos e invenciones de alguien se convierten en las “verdades” de otros.

La misteriosa llama de la reina Loana
Por fin sabré cómo recitar eternamente la escena final de mi Cyrano, sabré qué es lo que he buscado toda la vida, desde Paola a Sibilla, y volveré a la totalidad de mi ser. Estaré en paz.
Cuidado. Tendré que estar atento a no preguntarle una vez más: «¿Vive aquí Vanzetti?» Por fin tendré que aferrar la Ocasión.

Pero un ligero fumifugium color ratón se está difundiendo en la cima de la escalinata. Ya vela la entrada.
        Siento una ráfaga de frío, levanto los ojos.
        ¿Por qué el sol se está poniendo negro?
Quizá su relato más íntimo, más personal, pues cuenta el retiro de Yambo, el protagonista, a su casa de la infancia, luego de que a sus sesenta años ha sufrido un accidente que lo hace perder la memoria. En este relato, la época que se refleja (parte del siglo XX) es más cara para los propios italianos, porque las referencias responden mucho más a su contexto; sin embargo, Eco logra convertir esa serie de referencias en un homenaje al tema del paraíso perdido de la infancia, ese mundo poblado por tiras cómicas, héroes, fantasmas e historias fantásticas. Una vez más, la exigencia para el lector no iniciado es mucha, pero conforme avanza la historia, el lirismo y la nostalgia, junto con una buena dosis de ironía, nos adentran en un relato entrañable, que nos devuelve a ese momento cuando niños en que empezábamos a descubrir el mundo.

El cementerio de Praga
-Gaviali me está dando las últimas recomendaciones:
Y atento a esto y atento a lo otro.
Y qué diantres, todavía no estoy hecho un cascajo.
Por último, El cementerio de Praga, de reciente publicación, nos enfrenta con el capitán Simonini, un experto falsificador de documentos, amante de la buena cocina, a hojarcadas entre el siglo XIX y el siglo XX, en una Europa llena de cambios, de conflictos y de intrigas, donde saltan personajes históricos como Froïde (Freud), Dreyfus, Garibladi o Dumas, por citar algunos. Una historia que revisa, especialmente, la invención de Los protocolos de los sabios de Sión.

Pues bien, hecho este repaso, podrán preguntarse por qué he citado las frases finales de las novelas: porque en esas frases finales se resume, de una u otra forma, la tesis que planteábamos al principio. Claro, curiosamente no sucede así en su última obra, pero fue justamente esa diferencia la que me hizo pensar en estas notas que ahora redacto.

El nombre de la rosa expone el mundo como un entramado de signos dispuesto para ser interpretado, y se mueve alrededor de un libro que no existe: el libro perdido de la “Comedia”, de Aristóteles: el signo que falta, el libro que permite el sentido, un sentido que se escapa en el último momento. El péndulo de Foucault vuelve sobre esta idea: el mundo como un árbol, un árbol como un cuerpo humano, en que cada parte tiene una función y un sentido, pero donde la “semiosis cancerosa” carcome ese significado y solo nos deja con los signos, abiertos (o vacíos). La isla del día de antes representa el misterio del conocimiento, en una época en la que daba inicio el proyecto de la modernidad, como clave para desentrañar el sentido del universo. Baudolino se asoma a otra parte de la tradición, al Oriente medio, y explora de alguna manera los aportes que las culturas de esta geografía del planeta han dado al mundo en ese camino por entenderlo (y entendernos). La misteriosa llama de la reina Loana continúa esa exploración por el significado: el mundo en que vivimos de adultos es una mera creación hecha de retazos, de tiras cómicas, de recuerdos de la infancia, todos los cuales contribuyen a la telaraña sígnica. Finalmente, El cementerio de Praga interpreta de qué forma la escritura de documentos es portadora de “realidad”. De qué forma la letra, la palabra, permea nuestra forma de ver las cosas.

Otros elementos comunes (leídos en clave biográfica) en sus novelas son los personajes piamonteses. También, la existencia de documentos (cartas, manuscritos, libros o revistas) que son las que contienen las historias que no son narradas. Aquí, Eco recurre a otro elemento de la tradición narrativa, es decir, la presencia de narradores que dicen fundamentar su historia en textos “verídicos”.

Ahora, abro un paréntesis: ¿cuál es la mejor novela de Eco? Ya lo dije, para mí, El péndulo de Foucault. En orden, las clasificaría del siguiente modo: 1. El péndulo de Foucault, 2. El nombre de la rosa, 3. La misteriosa llama de la reina Loana, 4. La isla del día de antes, 5. El cementerio de Praga y 6. Baudolino (aunque las dos últimas podrían cambiar de lugar). Y nuevamente, esa clasificación es la que me ha motivado a escribir al respecto.

Leí El nombre de la rosa con buen ánimo, realmente inmerso, disfrutando incluso las citas en latín que a pesar de mi formación filológica no entendía (todas las artes, más que de sentido, son cuestión de música). Así, cuando supe que un amigo tenía El péndulo de Foucault se lo pedí y lo devoré en tres días. Cómo disfruté ese universo plagado de referencias oscuras, míticas, literarias, filosóficas, etc. Luego llegué con la misma pasión a La isla del día de antes, que no me llenó como las anteriores, aunque me gustó bastante. Para cuando se anunció Baudolino, la mandé a pedir con antelación, la aguardé con deseo y la abandoné con decepción. Por eso, al estar próxima la edición de La misteriosa llama de la reina Loana, no me precipité. Fui cauto. Cuando la vi en un estante, la compré, le di una oportunidad. Empecé lentamente, poco entusiasmado, hasta que me vi envuelto en algo que podríamos llamar seducción y terminar en arrobamiento. Esto resarció mi confianza en Eco, que se vio de nuevo mutilada con El cementerio de Praga, la cual hasta ahora me está aburriendo bastante.

Pero ¿a qué se debe esto? Siento que las novelas Eco responden a una fórmula (y quizá esto sea un reproche) que maneja con gran maestría. Su narrativa se ampara en lo mejor de la tradición de la novela moderna (que su vez se ampara en la narrativa clásica), se adereza con la dosis de “acción” e intriga (que luego ha sido comercializada ad náuseam) como pretexto para ofrecer frescos históricos y filosóficos, verdaderas interpretaciones del mundo y del sentido. Sin embargo, tanto en Baudolino como en El cementerio de Praga, el elemento histórico es más rígido, y pareciera que en lugar de narrar y filosofar, se limita a hacer un recuento de datos, más en el sentido tradicional de los historiadores aburridos que de los pensadores arriesgados. Ahí donde sus otras novelas son ricas en relaciones, referencias, premisas interesantes (y hasta absurdas), estas dos se quedan cortas e incluso pecan de pretenciosas.

En fin, ningún autor es perfecto, y lo que cada cual escribe es una piedra más en ese mosaico de sentido que es el mundo entero, que es la literatura. Umberto Eco ha sabido poblar sus obras de interrogantes sobre el significado de las cosas, de las palabras, y nos plantea que no existen verdades absolutas, pero más aún, que toda “verdad” no es más que una construcción cultural, social, histórica. Esta idea ya estaba en Nietszche, claro, y en otros antes que él, pero la maestría del gran narrador, cuya clave desconocemos, es abrirnos cada vez, de nuevo, esas posibilidades para rearmar el rompecabezas, hilar los retazos perdidos, adivinar el palimpsesto, levantar el velo y desmayarnos justo antes de alcanzar la revelación que nunca llega.

La única revelación, el significado último, es el vacío, es decir, la muerte.

Umberto Eco (Piamonte, Italia, 1932). Semiótico, filósofo, ensayista y novelista. Ha publicado con igual éxito una vasta colección de ensayos sobre los temas más diversos: estética, lingüística, filosofía, semiótica, cultura de masas, artes plásticas y literatura; así como seis novelas. Con múltiples doctorados honoris causa, premios y reconocimientos, es uno de los pensadores y escritores más importantes de los últimos tiempos.

5 comentarios:

Leandro dijo...

Creo que tenemos una mirada similar sobre Eco. Me gusta su pretensión de hacer novelas en dos registros: uno popular, uno erudito, el balance que hace entre esos dos polos, con mayor o menor fortuna. Como vos, me he visto crecientemente decepcionado con sus novelas (incluso con Loana) y, como vos, tengo en mejor estima a Foucault. Es buena la idea de que hay cierta homogeneidad mortal en esa serie. Los ensayos son más heterogéneos, es más una cuestión de suerte encontrarse con los buenos. En ambos casos, novelas y ensayos, se nota el oficio de quien escribe (y el poco oficio de quien traduce, jeje), pero en la ambición de las novelas de Eco el oficio y el conocimiento aparentemente infinito no alcanza. Uno se queda con la impresión de construcciones mecánicas, huecas, intelectuales, una colección de signos, como decís vos, que serán estimulantes, pero es mucho significante para el mismo significado: a la larga se vuelve repetitivo.
Me gustó este ensayo. Como nota de color, hay un librito que escribió Eco que se llama "Apostillas sobre el Nombre de la Rosa", donde ahonda en las referencias en latín, en el significado del final (sin resolverlo del todo) y en el título. Saludos.

Beatrice dijo...

La única revelación, el significado último, es el vacío, es decir, la muerte.

Muy barthesiano.

He leído ensayos de Eco y me gusta. Confieso que no he leído las novelas, traté de leer Baudolino dos veces pero no me atrapó, aunque la picardía del personaje me pareció sabrosa así como el humor desplegado por el autor.

Que tengás un buen año y gracias por tus textos y reflexiones.

Asterión dijo...

Leandro: sí, creo que conincidimos. Ahora, lo "mecánico" a veces le pesa mucho, pero no siempre, creo que al menos en las dos primeras y en "Loana" logra superarlo.

Sobre la traducción, es llamativo que Lozano por lo general incluya apéndices o notas sobre su trabajo, y curiosamente terminan siendo ejercicios interesantes, pero quizá respondan a esos problemas que vos notás.

Las "Apostillas" las he visto, pero no las he leído. La próxima vez no dudaré y las compraré.

Beatrice: pues sí, muy barthesiano.

Como habrás visto por mis apuntes, quizá "Baudoliono" no fue la mejor opción. Recomendadas las dos primeras, definitivamente.

Saludos a ambos y gracias por pasar

Germán Hernández dijo...

Siempre he leído a Eco con desconsierto, preguntándome si realmente se puede escribir así como él lo hace, y hasta me he preguntado si la glosa erudita es verdadera o falsa,o por deformación académica entra y sale una y otra vez el narrador y el catedrático... en su caso es tan dificil distinguir entre lo virtuoso y lo mediocre

Lo sigo apreciando, por farsante y exquisito... de él me vino la idea de un signo roto.

Asterión dijo...

Germán; sé hacia dónde apuntás, pero quizà habrìa que matizar las nociones de "verdadero" y "falso". No por relativismo, sino porque el texto siempre pone eso en entredicho, especialmente en Eco, quien fundamenta su visión de mundo, y esta última novela, en esa idea dicotomía.

Saludos y gracias por pasar