Dos poemas de Rafael Rubio


El arte de la elegía    

Todo consiste en llegar al justo término
y después, dar a luz la voz: dejar
que se complete la muerte. Nadie va

a lamentar una metáfora imprecisa
ni un epíteto infeliz, cuando la muerte
está viva en el poema.
                                    Todo estriba
en simular que nos duele la muerte.
Sólo eso: hacer creer que nos aterra

morir o ver la muerte. Imprescindible
elegir una víctima que haga
las veces de un destinatario: el padre

o el abuelo o el que fuere, con tal
que su muerte haya sido lo bastante
ejemplarizadora como para

justificar una ira sin nombre. Impostarás
la voz hasta que se confunda con
el ciego bramido de una bestia. Así

infundirás piedad en tu lector.
Recomendable el terceto pareado si se quiere
seguir la tradición del abandono, leerás

la elegía de Hernández a Ramón Sijé
o la que en don Francisco de Quevedo, maestro
en el arte de la infamia versificada

inmortalizara a fulano de tal.
                                             Debe ser
virtuoso el uso del encabalgamiento:

echar mano a aliteraciones de grueso calibre
para reproducir la onomatopeya del desamparo
que la elegía debe -aunque no pueda- sugerir.

El uso de la rima debe ser implacable:
el primero con el tercero, consonante
con perfecta -aunque engañosa- simetría.

(El segundo con el primero del terceto
siguiente, encadenados, como están

ayuntados los bueyes de la angustia
en los vastos potreros del poema)

Importa sobre todo, la verosimilitud de
tu desgarro y no el desgarro mismo: 
el dolor puede ser de utilidad

siempre y cuando no atente contra la
rigurosidad del edificio
el templo del poema debe estar

sostenido por los números. Sólo eso
será garantía de profundidad
si se quiere atraer la compasión

de un lector habituado al verso libre.
No  importa la belleza. La verdad
será requisito indispensable

a la hora de urdir una elegía

que merezca el prestigio de la muerte
o la inclusión gozosa y dolorosa
en el canon de la nueva poesía española.                             

Deberás entender a fin de cuentas
que el poema no es más que un ejercicio:

no va a hacer que se levanten los muertos
ni hará que tu padre retorne
del oscuro país de los dormidos

porque ya no habrá país del que volver
ni esperanza tampoco, ni poema.
 
Evitarás el troqueo, como quien
huye de sí mismo.
                              El ritmo yámbico
será recomendable en estos casos
siempre cuando haya unidad de fondo y forma.

Repartirás los acentos de tal modo
de sugerir la solemnidad más aplastante
el ritmo de una marcha funeraria
                
o el Réquiem de Mozart, por ejemplo:
tarea en extremo dificultosa
si se tiene el oído acostumbrado

al vicio del martillo o del tambor.              
El dolor es un lujo que muy pocos
pueden permitirse. Y si es así

que no sea sino un vulgar pretexto
para erigir el templo del poema: un
edificio cuyo lujo te avergüenza

ha de ocultar las ruinas sobre las que
                                     se sostiene:
palabras que desprecia el albañil.
                                                 El oficio
se ejerce en la oscuridad o en el abismo               
o en una mesa de disección.                      

                            No habrá de ser
de otra manera la escritura, si se quiere    
ver la muerte morir en el poema.

Si hablas de tu padre será con rencor
y no con el barato lloriqueo
de los pobres de espíritu. Odiarás

con honda intensidad lo que te quede
de él en la memoria. No es
imprescindible que el mundo se entere

de tu ruina pringosa, pero si
el poema lo requiere así, confiésalo
pero que sea solo una vez:

de tu dolor da cuenta tu silencio.
Arrasarás con todo lo que obstruya
la lectura fluida del poema,

entenderás, al cabo, que el silencio
es la onomatopeya de la muerte,
has de darle lugar en la elegía. Así                                   

evitarás la asfixia de lector.

Has de expulsar los ripios, con un látigo:
no entrarán en el templo de tu padre
fariseos ni ciegos mercaderes

de la palabrería.
                             Barrerás
con todo lo que no contribuya
al despliegue lujoso de la retórica

y lo demás entrégalo a los perros.
Entenderás por fin que una elegía
es cosa de vida o muerte.
           O bien, al menos
te será un sustituto del suicidio.               

En el arte del corte de los versos
es maestra la muerte.
                                    Deberás         
aprender de ella, si pretendes
que tu elegía sea ejemplar:

un asunto tan delicado como la muerte
requiere tal manejo del oficio
que sería necesario la inmortalidad

para aprenderlo con éxito o morir.
No podrás desasirte del peso de una larga
tradición familiar en el oficio

(Padre, espíritu santo, santo, santo
el hijo: ni un gargajo moribundo
del talento del abuelo. Ni un terceto

construido con el mínimo sentido
de la musicalidad: una vergüenza)

Ni de las taras impuestas por tus malas lecturas
de la poesía del siglo de oro español.

Si escribes de tu padre que sea con violencia:
lo matarás de nuevo en tu elegía
no de otro modo lograrás el beneplácito

de la palabra habituada al abandono.
Que no tendrás sosiego mientras dure
la escritura del poema. Así de grave                                  

y cojonudo el arte de escribir
sobre la piel de un cadáver.
                                Sólo quien
ve la muerte de su padre, podrá dar
notable fin a una elegía.
                                        (como éste)
¡Un remate que haga remorderse de envidia
en su tumba
a Quevedo, a Fray Luis, a Garcilaso!


De Luz rabiosa, Los Ángeles, Chile: Camino del Ciego Ediciones: 29-34.


Discurso de la emperatriz
o el canto de cisne de la Virgen del Carmen

Yo soy la emperatriz.
Fui creada a imagen y semejanza de la muerte
en un tiempo anterior a la resurrección de la carne
Antes de mí no existió cosa creada
Ni el cielo ni la noche precedieron
a la velocidad de la belleza
de la que fuimos y somos una imagen especular
Bastaría un aleteo de mis alas
para que dios se disemine en el espacio
en un abrir y cerrar de ojos o de pétalos.
Mi belleza es un escándalo, yo soy la emperatriz.
Mirad la luz que me arrojan los vitrales
pintados por el ángel de Bizancio.
la luz que es menos luz cuando la miran
los ojos de los dioses.
La luz que da la muerte en ciertas cosas, en ciertas criaturas.
Yo soy la emperatriz.
Aquí me tienen, suspensa sobre una rama de vidrio,
con las alas extendidas como estambres
sobre la flor de oro del gusano.
mi felicidad es una pesadilla olvidada en un abrir y cerrar de alas insomnes.
El que toca mi corazón toca la luz.
Yo vivo fuera de mí misma, vivo fuera de mí.
Pero todo lo que miro,
señor
pasa a vivir en mí como en un templo.
Si supieran lo hermosa que me pongo
cuando pienso en el derrumbe del espíritu
podrían entender cuánto me amo.
Y mi velocidad es la velocidad de la paloma que huye del esposo
cuando escucha la lira de san Juan.
Tan parecida soy al colibrí
─vuélvete, paloma
que ni yo misma me alcanzo cuando vuelo,
Y aunque no soy la luz, sino la velocidad de la luz
estoy más arriba que el aire
y mi belleza está en directa proporción con el florecimiento de la miseria
de la que mi velocidad es una imagen fidedigna.
El amor que yo tengo es un desierto que no ocupa un lugar en el espacio
El amor que yo tengo no cabe en la luz.
Porque por mí la tierra sube
Y se coloca encima de los aires
y es posible ver la tierra sobre el cielo
el labriego sobre el ángel,
el árbol sobre el pájaro
y el hambriento sobre el trono del rey.
Señor.
Yo soy la madre de todo lo creado, el útero y el semen
(el polen y el estambre)
la fuente inmaculada de la que todo brota,
yo soy la hermosa amada de san Juan, la paloma
que vuelve del otero,
cuando la luz es hambre
Y las ovejas descarriadas constituyen el florecimiento de la caridad,
el arrepentimiento del ciervo vulnerado (que voy de vuelo,
vuélvete paloma). Yo soy la emperatriz.
Mi belleza es la resurrección de la carne, el oro, el útero, el trueno, el oropel.
No hay tragedia más grande que la luz.
(La luz es una inmoralidad que no he de perdonar ni al más oscuro de mis hijos)
Mi amor no conoce la ley de gravedad
y he llegado a pensar que soy la tumba de un sol muy antiguo.
He vivido encerrada en una luz
que no cabe en el cielo:
una luz que me quema el corazón.
Porque una sola sacudida de mis alas bastaría
para esfumar el cielo
en un abrir y cerrar de ojos o pistilos.
Es tanta mi belleza que la luz se vuelve oscura
cuando digo yo soy la emperatriz,
tanta la pureza de mi lengua, que se derrumba dios cuando lo nombro.
Y el amor en mí es la muerte de la muerte.
La luz que da la muerte sobre el cuerpo
al entrar en otro cuerpo
La luz que alumbra el sexo de la avispa,
cuando el amor la llama tras la llama.
que alimentan las lenguas de los pájaros
detenidos ante el oro de las fuentes.
Y mi felicidad es el trueno y el relámpago reunidos en los ojos de los tigres
O el desencuentro definitivo entre la realidad y el deseo.
Mis ocelos son los ojos del tigre y la pantera.
Por ellas mira el sol cuando nos mira, por ellos
salen las lenguas rojas del monarca,
sus orquídeas que insultan y se enroscan por amor a la muerte
o por el odio que propicia el amor en ciertos hombres, en ciertas criaturas
Yo soy la emperatriz.
De mi dirán los pájaros que fui una quemadura
Dirán que estoy más loca que la luz,
y que el cielo es el espejo de mis llagas
Mi felicidad es el choque entre la luz y el oro, en mis labios se afilan las espadas
que sostiene el centinela de los templos.
No he visto sino lo que se ve
desde afuera de los ojos,
reclusa que se resarce
en el día de oro de la muerte.
Mis ojos reciben las semillas, ahí habrán de germinar.
Yo soy la emperatriz.
Pero si miran bien (entre mis piernas) verán que hay un pantano.
Un desierto en mi corazón.
Porque si bien estoy en la presencia del rey
(Y en mi alma hay una luz que es más grande que el alma.
y mi felicidad es un escándalo público
pintado en los muros de la capilla Sixtina.
para escarnio de los amigos y los enemigos de Miguel Ángel,
símbolo y profecía de la ferocidad
con que los hombres en un tiempo anterior a la carne
enterrarán la verdad en una urna de oro)

Dios, déjame decirte un par de cosas:
Sácame a bailar.


De “Inéditos de Rafel Rubio”, en Grifo, n.o 13, octubre-noviembre, Santiago de Chile: Escuela de Literatura Creativa Diego Portales, 2008: 19-22.


Rafael Rubio (Santiago de Chile, 1975). Poeta y profesor. Licenciado, magíster y doctor en literatura. Entre otros reconocimientos, primer lugar Concurso de la FEUC (1996), mención honrosa en los Juegos Literarios Gabriela Mistral (1997) y Premio Yo no me Callo (1997). Imparte clases de análisis formal de textos poéticos. Ha publicado tres poemarios: Arbolando (1998), Madrugador tardío (2000) y Luz rabiosa (2007).

Comentarios

juan carlos olivas ha dicho que…
UUUUUUUYYYYYYYY Qué bueno Tavo, dos poemas geniales de Rafael. Todavía recuerdo su manera tan particular de leer allá en El Salvador! Yo soy la emperatriz!!
Asterión ha dicho que…
Juan Carlos: sí, dos execelentes poemas. Y "Luz rabiosa" es un libro potente.

Saludos y gracias por pasar
Gustavo Adolfo Chaves ha dicho que…
Juego, vida, elegía. la metapoética como planteamiento vital, antes que literario. Lo que te decía. Me han gustado montones. Gracias por compartir.
Asterión ha dicho que…
Tavo: qué bueno que te gustaron. En ese mismo libro viene otra "arte poética", con un final buenísimo. Y bien, por aquí tengo el libro, cuando querás te lo presto.

Saludos
Loida Pineda ha dicho que…
Hey gracias por compartir estos poemas de Rafael. Yo quedé impresionada con Soy la Emperatriz!, pero él nunca tuvo a bien enviármelos... espero que no te moleste que lo pegue en mi blog. Un abrazo desde El Salvador.
Asterión ha dicho que…
Loida: creo que Rafael es poco amigo de los medios diigatles y correos, jeje. Yo por fin los encontré en Internet. Ahora, vos podés usar lo que querás.

Saludos y gracias por pasar
Loida Pineda ha dicho que…
Ok. Gracias por el permiso! ;) puedes leer el post que pegué con los créditos correspondientes aquí: http://gatoporletra.blogspot.com/2010/11/soy-la-emperatriz.html
Un abrazo fraterno y muchos saludos.
Loida
Asterión ha dicho que…
Loida: para nada, más bien gracias por difundir. Ya lo visité.

Saludos
Hector Figueroa ha dicho que…
Hola
Yo he tomado un taller de poesia con Rafael y lo considero un amigo.
Me alegro que sea valorado su trabajo por uds.
Es un gran poeta y una gran persona.
Gustavo Solórzano-Alfaro ha dicho que…
Hola, Héctor:

Gracias por la visita. Sí, admiro mucho el trabajo de Rafael, sin duda.

Saludos

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