14 jul. 2009

Novela V: El día de la tercera revelación, de Manuel Marín Oconitrillo

Manuel Marín Oconotrillo, El día de la tercera revelación, España: Ediciones Lulú, 2009, 216 pp.

Presentación de la novela

Ayer jueves 16 de julio, en la biblioteca pública de Santa Ana, el escritor y cantante Manuel Marín Oconitrillo mostró su nueva novela, El día de la tercera revelación. La obra fue presentada por el escritor Mauricio Vargas Ortega. Luego, hubo firma de libros y vino de cortesía.

El libro puede comprarlo o descargarlo aquí.

Un agradecimiento muy especial para Luissiana Naranjo, quien reseña la actividad en su blog, Palabra Irreverente, y además nos regala un video.

En You Tube, podemos ver parte de la actividad, donde el autor lee y comenta fragmentos del texto.



Sinopsis


A través de sus propias confesiones, Antonio relata las revelaciones que su abuela le ha confiado desde niño hasta ese día en el que, poco antes de la muerte de la anciana, la serie de intrigas y secretos llega a su fin con la última de las revelaciones.

Sobre su autor

Manuel Marín Oconitrillo (de quien hablamos en esta casa el año pasado, con motivo de la presentación de su nouvelle De bestiis) es un narrador prolífico. Al partir hacia Alemania, hará ya nueve años, para integrarse a la ópera de la ciudad de Colonia, había publicado sus dos primeros cuentarios: Cerrando el círculo (San José: Líneas Grises, 1992) y Fábula de los oráculos (San José: EUCR, 1997). Durante su estadía en aquella ciudad, y paralelamente a su actividad como tenor, igual se las ha agenciado para que vean la luz sus siguientes trabajos. Ahora es el turno de su primera novela: El día de la tercera revelación.

Texto leído en la presentación, por el poeta Vargas Ortega

Presentimos que toda revelación, aún la más pedestre e insignificante en apariencia, tiene en realidad un origen divino, trascendente. Dios, en su omnisciencia, nos va dando, con la frecuencia adecuada, estas pequeñas antorchas para que, en la noche insondable del laberinto, podamos aplacar un poco el miedo, reabastecer de esperanza nuestra cansada alma y reanudar las fuerzas para seguir, no sabemos por cuánto tiempo más, entre estas “tinieblas encontradas” de las que nos habla León Felipe.

No es cierto; sin embargo, que la revelación sea únicamente el resultado de la misericordia infinita de Dios. Me resisto a creerlo. “No pidás a Dios nada que no estés dispuesto a hacer por vos mismo", versión afrolimonense, mucho más profunda y elaborada que la vallecentralina: “A Dios rogando y con el mazo dando”. La revelación se recibe pero, principalmente, se merece. La revelación es el resultado, no siempre inmediato ni visible, de una búsqueda. El iluminado emprende un viaje mental, espiritual, físico; en el horror de la vigilia o la incertidumbre del sueño. Este es un viaje iniciático que lo llevará a la purificación, a la transformación, a la revelación de ese misterio que será la llave que le permitirá ingresar a un nivel superior de conciencia; espacio virtual donde más que entender se vivencia de manera más plena e intensa. La revelación es el tesoro al final del arcoíris, el desenlace siniestro de la pesadilla, el cumplimiento ominoso del deseo en el sueño erótico, la materialización de lo real en el cuento “El espejo y la máscara” y la daga merecida en este texto de Borges; la revelación es el rostro aterrador del ángel de Rilke. Como traté de dejar claro en estos ejemplos o metáforas, la revelación no necesariamente nos remite a la felicidad, a la alegría o la belleza. El rostro de Dios, incluso el más débil susurro de su voz, nos aniquilaría sin dejar siquiera nuestra sombra en la memoria de los vivos.

Estoy convencido de que los viajes más fervientes son inmateriales y de que el camino nos empuja invariablemente a los orígenes. Es en el nebuloso escenario de nuestro pasado, de nuestra niñez, donde se esconden los misterios fundadores de los fantasmas y demonios de siempre, espectros que nos acompañarán a lo largo de la vida. Ese escenario, ese paisaje íntimo e imperturbable es la patria, la misma que nos define acertadamente Ernesto Sábato: “La patria de un ser humano es su niñez”.

Quien lea la novela El día de la tercera revelación, de Manuel Marín Oconitrillo, quien se enfrente con sus paisajes, sus relatos, sus aventuras, sus demonios, sus revelaciones, emprenderá un viaje iniciático e inmaterial hacia el pasado, hacia la niñez; la propia, a través de la del autor y la del personaje, que se intercambian hasta el infinito en una trama en eterno devenir, cuadro inconcluso que acepta todas las sangres en el incesante carnaval de la palabra. Quien lea esta nueva novela de Manuel Marín Oconitrillo, quien merezca sus bifurcados jardines, tendrá que tener la entereza de un guerrero y la sinceridad de un niño; la transparencia de las nacientes de agua en la montaña y la sensibilidad del amante, que recorre las calles en carne viva, presintiendo la presencia de su amada en el polvo del camino o la brisa rasposa del desierto. Este texto no soportaría la lectura frívola y superficial de quien teme aventurarse en el espejo de su alma o de quién, en una noche de insomnio, corre a encender el televisor para espantar el asedio en sombras de sus iluminados muertos. Este libro no soportaría el examen infértil de los rigorosos y asépticos académicos ni los amanerados discursos de los falsos profetas de la palabra. No encontrarán en sus páginas fórmulas conocidas y complacientes; tampoco “lucecitas montadas para escena”. Encontrarán la sinceridad de los caminos de una Guanacaste mítica, siempre naciente en los sueños, en los recuerdos, en la memorial. Encontrarán la ternura de las cartas escritas para no llegar nunca a su destino y su misma nostalgia. Encontrarán la superficie lúcida de los espejos y las flores, del amor y las palabras escritas con maestría y elegancia; pero también hallarán la brusquedad del barro primigenio y de los aguaceros cuando dejan las calles llenas de charcos insondables. Encontrarán la imperfección de la vida, de las historias familiares, de las pasiones, de los ángeles de las marchas y las huídas, de los recuerdos y las despedidas. Y, si miran con detenimiento, si buscan, si emprenden el viaje con la emoción del niño y la irresponsabilidad del loco, si deciden retener la mirada ante el espejo y quedarse en la noche espectral a solas, dispuestos a decir lo indecible y mirar lo inmirable; entonces quizás merecerán el privilegio de esta revelación.

Guanacaste es un paisaje tan profundo, tan arraigado, que sus pampas corren en mis manos hacia la inmortalidad; la luna es guitarra sangre y primavera en sus malinches; nunca es un adverbio insuficiente a la orilla de los cañaverales del río y siempre volveremos porque la niñez está detenida en las luciérnagas y en los sexos humeantes de las hembras, que suman oscuridad a la irrepetible noche.

La revelación final será el silencio, que nunca nos bastarán las palabras...

Mauricio Vargas Ortega
Santa Ana, 16 de julio de 2009

3 comentarios:

Germán Hernández dijo...

Desconozco la obra de Manuel Marín, y también a él. Eso no tiene nada de malo cuando es mutuo.

En todo caso tanto entuciasmo sobre su trabajo obliga, y dan ganas de salir corriendo a buscar algo del finado para afirmar o refutar.

Pero queda tan poco tiempo para todo... en todo caso, si la lectura es siempre a posteriori, conviene olvidar todo lo dicho anteriormente, que las viñetas, semblanzas y apologías ya cumplieron su objeto, que no es otro que hacer señales de humo y desvanecerse.

En hora buena por Manuel Marin y su propuesta narrativa, tan flaquita y desnutrida en nuestro país.

Asterión dijo...

Germán: tampoco tendría nada de malo si no fuese mutuo.

¿Y ya me lo mataste?, jaja... Seguro era mentado en lugar de finado.

Pero bueno, fuera de bromas, queda recomendado ciento por ciento Manuel. Un excelente narrador.

Saludos y gracias por pasar.

Germán Hernández dijo...

Jejeje, lo de mentado es por las dudas... jejeje!!!!! y para que nadie se anticipe!!!!

Pero bueno, nos compraremos el libro en "línea", por que las referencias obligan.