Synecdoche, New York

Ficha técnica:

Guión y dirección: Charlie Kaufman
Producción: Anthony Bregman, Spike Jonze, Sidney Kimmel y Charlie Kaufman
Protagonistas: Philip Seymour Hoffman, Catherine Keener, Jennifer Jason Leigh, Michelle Williams, Samantha Morton, Hope Davis, Emily Watson, Dianne Wiest y Tom Noonan
Música: Jon Brion
Fotografía: Frederick Elmes
Edición: Robert Frazen
Distribuidora: Sony Pictures Classics
Lanzada el 24 de octubre de 2008
Duración: 124´
País: Estados Unidos

Una sinécdque es una figura literaria en la cual se hace referencia a un todo mediante una de sus partes (principalmente, aunque también puede funcionar a la inversa). Un ejemplo de ello podría ser la frase: “tener un techo propio”, donde techo se refiere a una casa completa. Al mismo tiempo, la relación con otras figuras literarias, como la metáfora o la metonimia puede ser tanto de contiguidad como de intercambio. Pues bien, esta figura retórica es la base sobre la cual se asienta el asombroso entramado del film Synecdoche, New York [Sinécdoque, Nueva York], escrito, dirigido y coproducido por Charlie Kaufman. Empecemos, pues, por él.

Esta es su primera película como director. Antes, ha destacado como guionista, y entre los títulos más importantes, podemos mencionar Being John Malcovich [Ser John Malcovich] y Adaptation [Adaptación]. Otros trabajos son Eternal Sunshine of the Spotless Mind [El eterno resplandor de una mente sin recuerdos] y Confessions of a Dangerous Mind [Confesiones de una mente peligrosa]. Así, sus trabajos se caracterizan por los juegos constantes entre realidad y ficción, vigilia y sueño, aderezados con ironía e inteligencia.

Synecdoche, New York vuelve sobre esos temas, pero los lleva a gran escala, como todo en la película, obra maestra que pudo haber sido meramente un pretencioso fiasco, un experimento malogrado en manos de un director primerizo; sin embargo, nos encontramos frente a una obra madura, quizá demasiado madura, demasiado pronto, para un autor relativamente joven, que logra llevar a buen puerto las obsesiones que han marcado ya un estilo.

Un detalle que llama la atención es que al inicio pareciera que estamos frente a esas películas que se han dado en llamar “independientes” (sigo señalando que no sé el significado de dicho adjetivo), con personajes muchas veces intelectuales en ambientes urbanos, llenos de diálogos ingeniosos pero vidas anodinas y patéticas. Y no es que de tales puntos no se hayan producido excelentes películas, pero sí va siendo hora de nuevas variaciones que transformen lo que ya es fórmula. Y eso es precisamente lo que logra esta película.

La historia nos enfrenta con Caden Cotard (Philip Seymour Hoffman), director de teatro que se encuentra realizando el montaje de La muerte de un vendedor. Sin embargo, no siente mayor pasión por este proyecto, o por nada de lo que ha hecho en su vida, al mismo tiempo que su salud empeora y su relación marital naufraga rotundamente. Su esposa Adele (Katherine Keener), quien se dedica a pintar cuadros en miniatura, termina por abandonarlo e irse, junto con la hija de ambos a Berlín, donde alzanza el éxito como artista plástica. En el ínterin, Caden ha empezado a flirtear con Hazel (Samantha Morton), una empleada del correo que ha decidido vivir en una casa que permanentemente está en llamas, a pesar del peligro que esto representa. Finalmente, una vez que su esposa se ha marchado, Caden recibe el premio McArthur, que le da una gran cantidad de dinero y absoluta libertad para producir lo que desee. Y es aquí donde la fábula, la metáfora, y finalmente la sinécdoque, empiezan a tomar forma, y la típica historia de personajes disfuncionales se transforma en una tragedia de proporciones épicas, pero con el tono y el impasse de una tragedia contemporánea.

Caden Cotard decide hacer algo completamente significativo, y por ello se da a la tarea de crear una obra que refleje su vida y la ciudad de Nueva York, para lo cual alquila una gigantesca y antigua fábrica abandonada. De esta forma, el tiempo empieza a pasar, y los personajes entran y salen de la obra como en la vida misma. Finalmente, la obra se convierte en la ciudad de Nueva York. Entonces, contrario al recurso tradicional de indicar que la ciudad, o la vida, por ejemplo, son obras de teatro, en este caso es la obra la que termina por tragarse la ciudad y la vida de todos sus personajes. La escala que adquiere la producción puede pensarse inmanejable, pero parte del ingenio de esta propuesta es que tanto el director como todos aquellos que con él colaboran no parecen percibir en dicho proceso nada fuera de lo usual.

En medio del desarrollo del montaje, Caden contrata a un actor para que lo inteprete, y resulta que dicho actor ha seguido a Caden durante veinte años, por lo que domina cada uno de sus gestos y movimientos, y esto es en última instancia un impedimento para Cotard, quien considera que no es posible representarse tan fielmente. He aquí una crítica a la idea convencional de que el arte imita la vida, cuando es más bien el arte el que engendra la vida misma.

Pero no solo Cotard es representado por un actor, todos los demás personajes empiezan un juego de dobles, y hasta llega a haber tres personajes que son el mismo. De tal forma, las transposiciones, la realidad y la actuación pierden el límite y son una sola cosa. El mismo Cotard contrata a una mujer para que interprete su papel, mientras que él asume el papel de la empleada doméstica de su esposa. El tiempo ha pasado, y Caden ahora es viejo y a punto de morir, lo cual es quizá el único final posible, viable, lógico o aceptable para una obra de tales proporciones.

Como podemos ver, es una obra apoteósica, llena de elementos y simbolismos sumamente ricos y novedosos, como la imagen de la casa que siempre arde, o el antagonismo entre el maximalismo de Caden contra el minimalismo de las pinturas de Adele. Además, los temas que surgen a partir de las relaciones familiares de Caden con su esposa y Olive, la hija que llega a trabajar en clubes nocturnes de desnudismo y entabla una relación amorosa con la amiga de su madre, quien dejó a su ex marido atrás completamente. Y como si fuera poco, un elenco de lujo, encabezado por Hoffman, uno de los mejores actores estadounidenses de los últimos tiempos.

Esta película merece la pena verse nuevamente, y no es sino hasta ahora que han pasado varios días y que poco a poco he ido reconstruyéndola como un recuerdo, que puedo apreciarla como un todo, deleitarme en sus detalles, a partir de una sinécdoque de la memoria, de la vida.

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