4 de nov. de 2008

De la traducción, la originalidad y la tradición

Luis Alberto de Cuenca (1950), poeta español del que en realidad tenía pocas noticias, compila en 1981 la Antología de poesía latina de la cual extraje el poema “Crepúsculo”, atribuido a Persio. Y digo atribuido, porque en realidad ese poema es una “falsa traducción”; es decir, ciertamente se trata de un poema del propio Luis Alberto de Cuenca, donde se da un juego intertextual de asimilación del estilo de Persio, hasta lograr un poema absolutamente nuevo en español, veinte siglos después.

En la nota preliminar de Scholia, poemario suyo de 1978, afirma de Cuenca: “…glosar es hoy la única actividad creativa –en lo literario– que me parece honesta y divertida. La tan buscada “originalidad” es una fábula sin el menor sentido, torpe y vulgar.”

Y siguiendo con esta línea, al respecto señala Octavio Paz: “Cada texto es único y, simultáneamente, es la traducción de otro texto. Ningún texto es enteramente original porque el lenguaje mismo, en su esencia, es ya una traducción: primero, del mundo no-verbal, y después, porque cada signo y cada frase es la traducción de otro signo y otra frase.”

Evidentemente, la crítica del concepto de originalidad no es nueva, y al menos en términos actuales puede remontarse a los años sesenta del siglo XX (quizá antes) y es uno de las pilares de eso conocido como posmodernidad. Sin embargo, es un problema irresuelto (y probablemente carece de solución), pero precisamente, como problema, permite seguir buscando otras aristas en el ámbito de la estética, la filosofía y la creación.

Así, con los tres posts anteriores (el primero, dos poemas de Molina donde se juega con elementos de la tradición; el segundo, donde traduje un poema de G. A. Chaves; y el tercero, el poema atribuido a Persio), planteo el tema de la traducción como una manera tanto de homenaje como de interpretación, justamente, porque el problema de la interpretación es atravesado por los mismos problemas de la creación, la tradición y la traducción.

Entonces, ¿cuáles son las implicaciones y las posibilidades creativas en un ámbito en el que la glosa, el intertexto, el guiño intelectual, la parodia, el collage y demás artilugios, parecen ser la única vía posible? ¿Qué sucede con estos artilugios cuando el creador no conoce a sus padres (antes de matarlos, claro está)?

A lo mejor nada. A lo mejor el desastre. A lo mejor todo. A lo mejor queda desandar el camino, volver sobre nuestros pasos, empezar de nuevo.

7 comentarios:

Juan Murillo dijo...

La problema de la originalidad es un falso problema creado por la idea de que todos somos especiales y que debemos celebrar la diversidad y la unicidad del individuo. En un unvierso paralelo se celebraría lo que tenemos de común todos, los que nos une y se trasvasa de unos a otros. En ese úniverso la originalidad no tendría mérito y todos seríamos portadores, lectores y reproductores de la literatura que nos representa a todos y no a cada individuo.

Por otra parte, ya de vuelta en este universo, el problema también resulta falso, porque constantemente se confunde el término originalidad con el de autenticidad, que es lo que en el fondo se quiere decir.

Cualquier balbuceo o remedo de algo anterior puede ser original, pero acaso eso le da valor. ¿Pero que es lo auténtico, lo que verdaderamente nos representa profundamente? Ese valor puede estar tan representado por un poema totalmente nuevo hecho de neologismos o por una simple regeneración menardiana de una obra pasada, y ser igualmente auténtico y valioso.

Marco dijo...

Comparto el punto sobre el falso problema de la originalidad, o más bien lo pondría en otros términos: ¿la originalidad radica en decir "lo nuevo" o en decir lo ya muchas veces dicho de "un modo nuevo"?
Efectivamente, en una concepción del tiempo lineal y unidireccional como la que manejamos en nuestra civilización, el "repetirse" puede ser mal visto (sería "poco original" y por extensión "poco creativo"); sin embargo, si asumimos concepciones del tiempo cíclicas el "repetir" sería inevitable, más bien sería una condición necesaria del hacer.
Caeríamos en la necesidad de hacer cierta aquella frase de Silvio, pues deberíamos "hacer lo mismo que no es igual".

Asterión dijo...

Juan: podemos concordar en que es un "falso problema", y creo entender que tu queja es, precisamente, contra esa idea tan arriagda en nuestra cultura sobre la originalidad; pero también, recordemos que aquí el énfasis en el concepto problema es el de asunto, tema por discutir; más que obstáculo o idea prefijada.

Luego, también apoyo esa oposición originalidad/ autenticidad, de hecho, has visto que uso esta última palabra en varias ocasiones, pero ello nos lleva, inevitablemente, a plantear siempre un asunto complicado.

Lo que apuntás hacia el final es justamente el problema en sí: ¿cuáles son los parametros para poder entenderse con eso llamado originalidad o autenticidad? ¿Existen? ¿Son válidos?

Marco: efectivamente, la originalidad es, en realidad, un valor de la modernidad; por algo fue tan vituperado durante la "posmodernidad"; y en ese sentido, está ligado con las nocines de "novedad" y "progreso". Para los antiguos, la originalidad ni siquiera se discutía; para nosotros, la originalidad pasa, precisamente, por una recontrucción (o deconstrucción) y por el replantemiento. Por eso señalo la "necesidad de empezar de nuevo", en tanto mirada a los antiguos y una nueva posibilidad.

Marco dijo...

Tavo, cuando tocás el punto de la no discusión de la originalidad entre los antiguos y cómo esta se transforma en un valor de la modernidad, creo que llegamos por la tangente a otro punto que es el de la autoría.

En tanto esta no fue una preocupación primordial (aquellos tiempos en que ni existían los derechos de autor...) la originalidad no lo podía ser, pues no existía tampoco la necesidad de "resguardar".

La modernidad nos trae también el asunto de la autoría, ligado a la supremacía del individuo y con él el individualismo. En este escenario, la diferenciación de los textos creados se convierte en "necesidad", de ahí la discusión sobre lo "original" como elemento que entra en el juego valorativo de la obra y como condición para lograr el "progreso", negando incluso los continuos de los que estamos irremediablemente llenos.

Me llama la atención además el llamado al empezar de nuevo partiendo desde la mirada "hacia atrás" y abriendo todas las posibilidades de la reconstrucción, pues es asumir ese movimiento cíclico que ha estado presente en la historia cultural desde siempre: abrir los espacios de ruptura y generar los alejamientos para luego volver a los fundamentos y replantear las posibilidades.

Asterión dijo...

Marco: muy bien planteado. Por ahí va el asunto. Habrá que ver hasta dónde llega.

Saludos.

Lluís Salvador dijo...

Hola:
Estando fundamentalmente de acuerdo con mucho de lo dicho aquí, no obstante quiero romper una lanza por la experimentación, por lo menos la consciente. Se nos ha anunciado la muerte de la novela, de la historia (parece que nos morimos todos, amigos, y es cierto, pero siempre queda la obra). La tradición ha sido siempre un abono (a veces maloliente) donde hacer crecer nuevas mutaciones literarias. Por eso, en España, hay quien se lamenta de la desaparición del latín de las escuelas (entre ellos yo, que lo odiaba), porque priva de facilidades a quienes lo necesitarán por curiosidad, profesión o vocación con posterioridad.
Pero otro problema, muy bien apuntado, es el de la exclusividad, el de esta tendencia a considerar las ideas (no, incluso las épocas históricas, los personajes, los temas) como registrables en la propiedad intelectual. A este concepto han hecho seguidismo críticos literarios y estudiosos (poco serios en mi opinión). Creo que, sin embargo, se está perdiendo el espíritu combativo del autor. Su libertad para crear tiene que ser la clave, y si considera, pongamos por caso, que Yourcenar hizo una chapuza con Adriano, tener esa libertad de intentarlo él.
A los escritores, muchas veces les falta autocrítica. Pero también desacomplejarse.
Un saludo!

Asterión dijo...

Lluís, apuntás a dos elementos fundamentales: autocrítica y cero complejos. Y en el caso del arte, ambos deben ser gestos exagerados. Solo cuando asumimos esa libertad que mencionás, y nos asumimos como creadores, capaces precisamente de producir, es cuando empezamos a lograr algo; a la vez, no debemos ser indulgentes con nosotros mismos, sino azotarnos, como a lo mejor querría Nietszche.