Novela II: De bestiis, nouvelle de Manuel Marín Oconitrillo

Manuel Marín Oconitrillo, De Bestiis, España: Lulú, 2007, 142 pp.

Manuel Marín Oconitrillo (Alajuela, Costa Rica, 1971, aunque a los dos meses su familia se traslada a Cañas, Guanacaste, donde residirá el autor por mucho tiempo) publica dos libros de cuentos en los años noventas: Cerrando el círculo (San José: Líneas Grises, 1992) y Fábula de los oráculos (San José: EUCR, 1997). Este último vio la luz también en italiano, Favola degli oracoli. Además de escritor, Manuel es tenor, y vive en Colonia, Alemania, desde hace ocho años, donde canta en el coro de la ciudad. En el 2007 publica su primera novela, o nouvelle, De bestiis, de la cual presentamos aquí una crítica realizada por Mauricio Vargas Ortega. Otra reseña sobre este autor la puede leer en Red Cultura. Los textos de Manuel, en diferentes verisones, se pueden conseguir mediante la editorial electrónica Lulú (http://www.lulu.com/)

Los confines de De Bestiis

Mauricio Vargas Ortega,
poeta costarricense

En el prólogo de su bestiario, titulado El libro de los seres imaginarios, Jorge Luis Borges afirma: “El nombre de este libro justificaría la inclusión del príncipe Hamlet, del punto, de la línea, de la superficie, del hipercubo, de todas las formas genéricas y, tal vez, de cada uno de nosotros y de la divinidad. En suma, casi del universo.” En De bestiis, la primera novela del escritor costarricense Manuel Marín Oconitrillo, los seres imaginarios, los incomprendidos y temidos personajes del bestiario, terminan coincidiendo en el espejo con nuestra imagen asombrada.

Desde siempre, los seres humanos hemos tenido la necesidad de poblar con monstruos un universo que tiene tanto de laberíntico como de absurdo para nuestro limitado entendimiento. La mitología griega nos cuenta como el rey Minos mandó a construir el laberinto de Creta para encerrar en él al aberrante hijo de su esposa, Pasifae. Dos monstruosidades hicieron famosos al rey y a su reino: el Minotauro, mitad hombre y mitad toro y el laberinto, espacio planeado para la locura y la muerte. ¿Por qué el rey construye el laberinto? Me aventuro a creer que la creación de un espacio indescifrable, del cual no conocemos la salida; un espacio de infinitas repeticiones para la visión errante y cada vez más impaciente del que corre por sus galerías ensangrentadas; la certeza de que toda certeza humana es ahí inútil, pudieron colaborar con un espejismo que erigía el reino de Minos como un espacio coherente y seguro. Quizás necesitaba el rey sentir que por oposición habitaría él un mundo totalmente demarcado y cognoscible. La acción comprensible de encerrar a la bestia en este espacio de la desesperanza está ligado absolutamente con el espejismo antes presentido. Necesitamos aislar al monstruo, señalarlo, arrinconarlo en mazmorras, en castillos abandonados, en pantanos ignotos, para asegurarnos de que esta bestia que frecuenta nuestras pesadillas no está esperándonos en el lago vertical de los espejos. De ahí quizás el miedo primordial a estas superficies que, como tantas veces escribió Borges, cometen la impiedad de reproducir, al igual que la paternidad, un universo falaz.

En la novela De bestiis, el capitán Alexander Suárez recorre su propio laberinto, que va más allá sin duda del espacio monótono y asfixiante de su cotidianidad: su oficina; la ventana, espacio metafísico por el que siempre busca escapar de la rutina, las miradas y el sueño; el parque, que como un paisaje de museo forma un todo con una serie de situaciones y seres infaltables; la casa de su prometida, donde la figura de don Tobías marca una de esas puerta que nos conectan a otras dimensiones, grieta para asomarnos y presentir apenas las sombras de todo aquello que pobló siempre nuestras pesadillas. Los escenarios del recuerdo, de los sueños y el deseo están muy bien definidos, apelando a un cosmopolitismo modernista que contrasta con la casi ausencia de referencias cotidianas del relato; podría ser casi cualquier lugar de Hispanoamérica, aunque en algún momento se menciona la Iglesia de la Agonía, entonces la imagen de una Alajuela borrosa nos pasa por la mente, apenas un segundo engañoso para luego diluirse para siempre. Y es que los escenarios más importantes de esta novela son interiores, y ahí ya me detengo en una de las características de la narrativa de este escritor, que con cada entrega nos convence más de su dominio del universo psíquico de los personajes y la polisemia carnavalesca de sus situaciones.

Las divagatorias intervenciones del narrador logran describirnos finamente los espacios exteriores, pero siempre este relato está subordinado a los otros escenarios inmateriales: los recuerdos, los sueños, las alucinaciones, los fantasmas, los demonios que no dejan de debatirse en los cerebros de los personajes. Como un hilo de Ariadna que se sigue por los oscuros pasadizos del laberinto, brillantes por la luna reflejada en la sangre que forma charcos por doquier, la figura de Wolfgang Ungeheuer representa ese monstruo mítico que parece estar atado al otro extremo de la cuerda que rodea la cintura insegura del capitán Alexánder Suárez. Este austriaco centenario, nacido en Viena, es el detonante de una búsqueda interior por parte de Suárez. Su muerte, tan misteriosa como su vida, deja en la memoria del capitán Suárez una terrible mueca de horror, y en sus manos un diario escrito en alemán, que el jefe de policía hace traducir cuanto antes. La lectura del diario representa para nuestro personaje un viaje metafísico, muy similar al que emprenden los personajes de la película Ojos bien cerrados, última creación del gran director Stanley Kubrick. Y es que en De bestiis, el bestiario adquiere otro significado y toma otra dirección. Si los bestiarios conocidos se concentran en describir y materializar a estos seres extraordinarios fuera de toda humanidad, en la novela de Marín Oconitrillo es justamente el alma humana el escenario en que estos monstruos se solidifican. La búsqueda de Wolfgang va en dirección contraria a la de su padre, que ante una ruptura irremediable de su alma, empieza a coleccionar seres monstruosos para evadir la monstruosidad que se insinúa en el espejo. Wolfgang no colecciona monstruos porque descubre que estos conviven con nosotros en las ciudades, que se mueven entre las multitudes y frecuentan cafés de moda. No hay que buscarlos en las alcantarillas, ni en los antiguos castillos medievales; viven en los espejos porque en definitiva estos monstruos habitan en nosotros, somos nosotros mismos. Alexander Suárez, hombre común por excelencia, poco interesante y llamativo, descubre en él la marca de los malditos. Habitaba ya en sus sueños, lo presentía en otros rostros, en otros lugares. Las puertas del infierno se le insinuaban, pero él nunca tuvo antes el valor para abrirlas, para traspasar ese umbral del que no se puede regresar. Hasta que leyó el diario.

La tercera parte de la novela nos enfrenta con la noche de la iluminación. Todas las dudas se han despejado, si bien no en el mundo físico, sí en el mundo interior de Alexander: la decisión ha sido tomada y el desenlace es ahora inevitable. En este viaje que realizamos como lectores tenemos que enfrentar una sensación no siempre agradable: sufrimos en carne propia la indecisión de los personajes o su incompleta vida. Muchos puertas quedan sin abrir, después de permitirnos escuchar interesantes sonidos y ecos reveladores; muchas historias quedan sin decir y muchos personajes salen de escena sin haber satisfecho nuestro morbo. La apabullante sinceridad de un texto que representa sin lugar a dudas un viaje también para el creador y sus fantasmas, sus monstruos dormidos y su avasallante deseo.

No sé como terminar este escrito. La razón es que versa sobre un texto que tampoco parece tener fin. Me quedo en sus líneas, vuelvo a ellas con curiosidad y vértigo. Entonces regreso al inicio (como posiblemente deba hacerse en los laberintos) y recuerdo a Jorge Luis Borges: “Un libro de esta índole es necesariamente incompleto; cada nueva edición es el núcleo de ediciones futuras, que pueden multiplicarse hasta el infinito.”

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