11 ago. 2008

De la necesidad de la crítica

Hace unos días, a raíz de la reseña de Juan Murillo sobre la novela de Arias Formoso, Vamos para Panamá, indicaba que la reseña de Murillo era sugerente e interesante, probablemente más que la novela en sí. Juan apuntaba que si su crítica tenía algún valor, se debía meramente a la calidad del texto reseñado.
Lastimosamente, ello no es así, pues la crítica y el texto criticado jamás se encuentran. Es decir, entre lo que dicen el texto estético y la crítica se abre un abismo insoslayable. Para jugar con la consabida frase de Lacán, diremos que no “hay relación textual”.
Ahora bien, ello no significa que la crítica sea inferior al texto. En la misma nota, señalaba yo que esta noción tradicional de que el ejercicio artístico es superior a la crítica, y que esta es solamente un apéndice con escaso valor, ha sido desechada por la teoría literaria (y estética) actual. El texto artístico y la crítica son prácticas significantes de igual condición.
Entonces, ¿cuál es la validez del ejercicio crítico? Pues su capacidad para tender un puente entre el texto y el lector. Dirán que esto es mediatizar el texto estético. Puede ser, pero de todas maneras, el lector nunca llega al texto como tabula rasa. Desde que estamos inmersos en un determinado contexto cultural estamos mediatizados, por ende, esta aparente dificultad no es tal.
Así las cosas, la crítica es imprescindible para dar cuenta de las producciones estéticas. No hay relación, pero hay diálogo. El vínculo se produce: el texto estético y el texto crítico se confunden, se confabulan, dibujan un espejismo que se presenta al lector, y Juan Murillo concordará con esto, pues precisamente él defiende “el arte de la mentira”.
¿A qué viene todo esto? A enfatizar la necesidad, y la importancia, de la crítica, para que las prácticas literarias se den a conocer. Aquí es común la queja de que la gente no lee, de que a la literatura nacional no se le da el espacio adecuado, de que no se promociona, y así sucesivamente. El panorama en Centroamérica puede que no sea muy diferente. ¿Y a qué se debe tal situación? Pues una de las razones, precisamente, es la falta de un aparato crítico. Ya Octavio Paz, hace varias décadas, manifestaba que el “punto flaco de nuestra literatura (en referencia a Latinoamérica) era la crítica”. ¿Cuántos ensayistas destacados tenemos aquí? ¿Cuántos textos ensayísticos citamos a la hora de hacer el recuento de la literatura costarricense?
Nos ufanamos por la cantidad de obra poética, pero sin gente dedicada a criticar esa obra poética no avanzaremos demasiado. En esto los poetas (y eventualmente los narradores y demás) deben tomar medidas. Sin embargo, ¿cuánto dedicamos al análisis serio y a la discusión de propuestas estéticas? Es más, aquí la palabra “estética” ofende, pues se considera que es una discusión superada. Luego, en el ámbito de la academia, prácticamente nadie se da a la tarea de analizar los fenómenos literarios contemporáneos; y cuando lo hacen, ya van unos diez años atrás de la producción. Y del otro lado, lo que tenemos es el ámbito de la mesa de tragos, que por muy paradisíaca y relajante que sea, no representa un verdadero aparato crítico.
Aquí no pasamos del comentario banal y repetitivo hecho por el amigo para la presentación del libro, texto que será leído e igualmente olvidado por el círculo inmediato. Nos regodeamos en la alabanza usual y en el guiño amistoso; y de vez en cuando señalamos algún “defecto”, como para que no digan que somos subjetivos.
Solamente cuando seamos capaces de hablar de los textos con dedicación, con propiedad, con entereza, sin preocuparnos de que estemos hiriendo susceptibilidades u ofendiendo a nadie, empezaremos a darle a la literatura el espacio que se merece. La crítica debe ser extrema, despiadada. ¿Para juzgar y tachar las obras como buenas o malas? No necesariamente, pero una crítica viva solo puede serlo si discute con entusiasmo, con energía, si provoca, si plantea quejas e inquietudes, si desestabiliza las nociones aceptadas. En síntesis, así como el texto artístico es, y debe ser revolucionario, la crítica, como correlato, debe serlo en igual medida.
Para ir cerrando, quiero hacer referencia a la aparición de blogs dedicados (al menos en gran parte) a la reseña de textos: 100 Palabras por Minuto (www.depeupleur.blogspot.com, de Juan Murillo, replicado en El arte de la mentira de Red Cultura), Sentencias Inútiles (www.sentenciasinutiles.blogspot.com, de Guillermo Barquero), Literofilia (www.literofilia.ticoblogger.com, de Warren) y Estación Tropical (www.estaciontropical.blogspot.com, de Diego Mora).
Se ha discutido sobre la importancia de Internet para democratizar el conocimiento (este es un tema que da para mucho y tengo mis reservas). En este sentido, ante un aparato crítico anquilosado o inexistente, la proliferación de sitios en los que el análisis y comentario de textos es su razón de ser es alentadora. En los espacios citados (y otros similares) se puede ir gestando una cultura crítica abierta, plural, que genere nuevas posibilidades para las prácticas discursivas, para las prácticas literarias.
Por lo demás, son espacios que reflejan una visión más solidaria de la literatura. No conozco a quienes he mencionado (con una excepción), y no sé entonces si los libros que reseñan son de sus amigos o no; pero tengo la impresión de que son espacios donde no hay mezquindad, es decir, personas que desinteresadamente, a lo mejor, compraron el libro y se tomaron el tiempo para leerlo y hablar sobre él.
De aquí en adelante, lo que sigue es que estos espacios crezcan, se fortalezcan, generen discusión, permitan la difusión de obras, den a conocer autores, generen escuela. La invitación es para que los lean, la invitación es para repensar un aparato crítico importante en el ámbito de nuestra literatura, que nos permita proyectarnos al resto de Hispanoamérica.
Y para los creadores de esos blogs, que han adquirido (tal vez sin quererlo) una función y un compromiso social, la invitación es para que sigan escribiendo, para que sigan haciéndonos partícipes de sus interpretaciones; pero el reto, también, es generar textos de más confrontación, más polémicos. “La antipoesía costarricense”, de Juan Murillo, es un paso en esa dirección.
Entonces, ¿por qué no reseñar libros de autores que no nos gusten? Libros con los que no estemos de acuerdo, libros que consideremos impresentables. ¿Por qué no analizar o criticar los puntos válidos o no válidos de las diversas propuestas estéticas A fin de cuentas, la crítica trata de esto, a pesar de que la influencia de lo “políticamente correcto” haya hecho tanto daño. La literatura y la crítica son, y deben ser, políticamente incorrectas, desde todo punto de vista. De lo contrario, están muertas.
Y es ahí, probablemente, en esa pluralidad de voces, en ese enriquecimiento que solo da la discusión seria, donde será posible encontrar salidas para las letras de esta tiquicia tropical. Vale.

10 comentarios:

Germán Hernández dijo...

Tú lo dijiste, la palabra clave es diálogo.

El problema no es la mediación, es que hay mediaciones de mediaciones. Se pueden cualificar.

¿La crítica es meta-texto?

Lo cortés no quita lo valiente... se puede, y prefiero, ser crítico con los amigos, aunque sea un ejercicio más arduo, que ser crítico con los enemigos, porque es imposible.

Perdona esta escasa respuesta. Me muero de sueño, estoy agotado y estos huracanes de agosto apenas comienzan…

Un abrazote.

Cris Arias dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Cris Arias dijo...

Acordate que yo también quiero escribir sobre el tema. Espero hacerlo pronto y dártelo.

Un abrazo. Me alegro de que todo esté saliendo bien.

Cris

Geovanny Debrús dijo...

¿Qué querés construir? ¿Otra polémica? Genial, dígamelo.

Juan Murillo dijo...

La crítica literaria es una mera extensión de la labor de cualquier escritor que tenga opiniones sobre lo que lee (algunos no leen, me he enterado con sorpresa).

Lo que resulta sorprendente no es que haya crítica literaria, sino que habiendo tantos escritores, haya tan poca.

En un ambiente literario cerrado y pequeño como es el mundo editorial costarricense los autores tienen necesariamente que interesarse por la obra de sus compatriotas.

De la publicación, en línea o impresa, de distintas o incluso contradictorias lecturas de una obra, se beneficiará directamente el lector, que las usará de guía para escoger o pasar por alto el libro sobre el que se opína.

A falta de crítica de obras locales, el lector tenderá a acatar las recomendaciones del mercadeo y de la librería, donde ya la sección de literatura costarricense se marchita en un único, íngrimo anaquel, y se dirigirá veloz a buscar algún libro sobre los templarios o el Feng Shui, en vez de visitar por ejemplo, las fabulosas historias de Ali Víquez o Uriel Quesada.

Si eso pasa, solo los escritores, que nos ignoramos mutuamente y nos rehusamos a escribir sobre los demás, podemos culparnos de nuestro oscuro destino.

Gustavo Solórzano Alfaro dijo...

Efectivamente, Juan, los textos existen porque hablamos de ellos. Es lo que señalo: nos vanagloriamos de la cantidad de producción, pero sin un aparato crítico no haremos que los textos circulen.
Es tendencia nuestra hacer oídos sordos a lo que escriben los otros, porque todavía vivimos un provincialismo en el que se nos hace muy difícil aceptar "al otro". Hasta cierto punto, podemos decir que hace falta cierto grado de generosidad, sin que el concepto se malinterpréte.

Warren/Literófilo dijo...

Muy interesante tu articulo, y es el aullido ginsberiano que tanto necesitamos, la crítica más allá de la mesas de tragos como vos acotás, que se difumina igual que los hielos en los tragos. Se necesita, primero una crítica objetiva como la mayoría de los casos de dichos blogs que han tratado de hacer y no higadosa, que en otrora se hacáa más para atacar que de aplicar un esfuerzo netamente crítico.

En este micromundo literario tico, la necesidad de hacer eco, de formar casas de espejos de las obras que se publican han sido durante años inexistentes, hasta ahora que hay blogs unos más que otros cuyo enfásis escencial es abrir ventanas de sana discusión y ventilar las obras que muchas veces pasan sin pena ni gloria, Juan Murillo sin duda es el pionero de ellos.

Si queremos hacer algo que valga la pena es necesario la crítica frontal, directa, objetiva y sana, espacios de discución en que la obras tanto de prosa como de poesía se enriquescan a falta de espacio en los grandes medios literarios.

Sin embargo, tanto Murillo, Barquero como mi persona, somos, prosistas y asumimos el rol de crítica a la obra narrativa por la abundancia de voces en la poesía (un mercado saturado), y yo en lo personal también he querido que la prosa tenga espacios igual que la poesía un movimiento tan interesante. Un saludo y espero no dejar de escribir, y reseñar igual para usted.

Gustavo Solórzano Alfaro dijo...

Saludos:

Bien por lo que apuntás, porque apoya la idea de que sí es posible hacer crítica (objetiva, pero frontal y directa) sin temor a ser "ex comulgado" del "parnaso" tico.

Lo que señalás sobre los prosistas llama la atención: ¿por qué, si hay tantos poetas, hay tan poca crítica? ¿Será por eso que hay tantos poetas, porque nadie se atreve a cuestionar las propuestas de los otros? ¿Son más críticos los prosistas y buscan justamente un espacio que hasta cierto punto se les ha negado en un dizque país de poetas?

Seguimos.

Gustavo Solórzano Alfaro dijo...

Saludos a quiénes han dejado comentarios.

Este texto se publicó en Vox populi, Red Cultura. Por ello, les agradecería que dejaran tambén ahi sus comentarios, pues evidentemente hay mayor exposición,. A fin de cuentas de eso se trata, ¿no?

CAQ dijo...

Saludos y bueno ver que somos más que pocos los que compartimos preocupaciones similares.