Desde hace poco menos de 200 años, desde el romanticismo, existe un tendencia en las artes por la búsqueda da la originalidad y de la novedad. Baudelaire vio este fenómeno con claridad y luego Octavio Paz también. De igual manera, los cánones fueron transformándose, pero a la vez perdiéndose; quiere decir esto que el aprendizaje y el dominio de la técnica pasaron a un segundo plano, cuando no a ser víctimas de escarnio de los “preclaros nuevos artistas”. Al menos así ha sucedido en la literatura.
La segunda mitad del siglo XX puso en entredicho esos conceptos de “originalidad” y “novedad”, y los sustituyó por los de “pastiche” o “collage”; en síntesis, por el gesto irónico, que vino a traer un nuevo aire a las artes, pero que a la vez, por exceso, las arrojó a un limbo del que aún no salen.
En el caso de la literatura, el verso libre no es una novedad ni es experimental ni es transgresor. Quizá solo para la maestra de secundaria que enseña métrica superficialmente. Que la mayoría de autores, incluido yo, hagamos uso del verso libre no nos hace ni mejores ni peores. De igual forma, que un autor trabaje la filigrana de las formas clásicas tampoco lo hace mejor ni peor. Esto lo hemos dicho hasta el cansancio. Eso sí, alguien que trabaje las formas clásicas y lo haga bien es digno de reconocimiento, porque parte del diálogo con una tradición que la mayoría ha olvidado.
No se trata de nostalgia. No se trata de retorno al pasado, a una “época de oro”. Si el autor se queda en la contemplación vacía de las formas su propuesta será igualmente vacía. Aquí vale la pena enfatizar la palabra “diálogo”. Ni la adoración acrítica de las formas ni su abandono ad portas. Dialogar con la tradición es zambullirse en un océano profundo, rico en matices y posibilidades; es aprender y crecer. También, dialogar con la tradición, aunque suene contradictorio, es dialogar con la contemporaneidad, porque no se puede olvidar el lazo que une pasado y presente, y ese es el sentido amplio del conocimiento, de las luces, de nutrirse de ese largo linaje que nos precede para poder dotar a nuestra voz presente de sentido, cuerpo y solidez.
En este panorama, resulta que aquello que se considera transgresor, experimental o revolucionario no lo es en lo absoluto. Cuando un experimento se ha hecho por años, con resultados probados, deja de ser un experimento y se convierte en la regla, en la norma, en lo estándar, en el canon, en lo aceptado socialmente. Por eso, denostar las formas clásicas por supuestamente caducas en favor de un verso libre no razonado carece de sentido, porque el verso libre mismo es ya una forma clásica.
Así las cosas, más transgresor me resulta un poeta que escriba sonetos que uno que escriba cualquier otra cosa. Más experimental resulta un músico que compone una ópera que uno que se va al bosque tropical a grabar pájaros y el sonido de las hojas mecidas por el viento. Más revolucionario un artista plástico que use pintura y pincel que uno que deja olvidada la bolsa de las compras en la entrada de una galería. Eso sí, nada de esto con tintes de conservadurismo o como posición reaccionaria. Al contrario, como postura ética y estética progresista ante la insistencia de lo “nuevo” per se en detrimento de lo “viejo” per se.
Las anteriores reflexiones vienen a propósito del filme francés The Artist (2011), escrita y dirigida por Michel Hazanavicius, película muda en blanco y negro.
No voy a entrar en mayores detalles, pero la película, bien realizada desde el punto de vista técnico, con un meticuloso trabajo de fotografía y una banda sonora fabulosa, no pasa de ser un ejercicio de estilo, un entretenimiento liviano y finalmente una oda al cine de Hollywood. Aquí es donde uno podría pensar que se trata de una película experimental o arriesgada. ¿Por qué apostar por el cine silente en blanco y negro en la época de los efectos especiales, el color y la tercera dimensión? Uno podría imaginar que se debe a una posición transgresora: “Si todo mundo filma en 3D, pues yo voy a retornar a los fundamentos del cine”. Puede ser, pero aquí también es donde puede estar la trampa, porque no creo que la propuesta de Hazanavicius encarne sus ideales estéticos o cinematográficos y se pretenda una revolución en el mundo del cine. Considero que se trata solamente de un divertimento.
Filmar una película como The Artist no es sencillo, sobra decir. Por ello, también se debe dar el mérito, porque el equipo creador demuestra que conoce el oficio, que ha bebido de la tradición, que se ha sentado a conocer y a analizar las técnicas, los rudimentos de su arte. Sin embargo, si nos quedamos en eso, y solo hay mérito en ello, daría lo mismo magnificar Avatar y premiarla por su propuesta. Es decir, en términos estructurales, en términos técnicos, ambas son un prodigio de la fotografía, pero de una fotografía lastimosamente al servicio de una historia trillada y superficial.
Yo no creo que The Artist sea transgresora, porque no está hecha para pensar ni para conmover de forma profunda. Al contrario, está pensada como espectáculo, por eso es tan bien recibida, no porque sea una obra maestra, sino porque es una película nostálgica que puede ser digerida por públicos nuevos como un rareza sin más, como la atracción del momento. Sin contar con que apela a ese espíritu vintage (o hipster) de nuestra época, que tan bien consume el estilo y la moda de décadas pasadas. La industria gringa vio esto con claridad y por eso ha apoyado la película, porque en el fondo responde a sus ideales y a su forma de entender el mundo.
Un cineasta, como todo artista, está obligado a conocer la tradición de su arte. Y también está obligado a manejar las herramientas propias de dicha tradición. Por supuesto que conocer esto por sí solo no asegura ninguna obra maravillosa, pero de fijo el desconocimiento o rechazo de dicha tradición sin argumentación alguna mucho menos lo asegura.
The Artist revela un estado de las cosas, pero un estado sí conservador. Ahí donde la tecnología de punta avasalla a los cineastas y a las pequeñas productoras; ahí donde el formato 3D prevalece; ahí donde en el cine no se cuenta nada sino que todo explota, surge un deseo por retornar al pasado, pero este retorno es mera nostalgia sin capacidad renovadora, sin capacidad de transformación. Es la búsqueda de un paraíso perdido que nos dé asidero en la realidad, de una edad de oro que nos conforte, frente a la incertidumbre de nuestro tiempo, carente de fundamentos sólidos. Y todo esto, en síntesis, es una posición fundamentalista, una que cree que los dioses deben retornar, porque somos incapaces de imaginar un mundo sin ellos.




