25/4/2014

Buensalvaje 2 y Austerlitz


El número dos de Buensalvaje Costa Rica ya está en las calles. Y es un lujo total. Usted puede conseguir un ejemplar gratuito en Libros Duluoz, en la Alianza Francesa, en la Librería Universitaria o en El Erial, entre otros puntos de distribución. También, puede leerla aquí en pdf. Y por tan solo 10 000 colones puede suscribirse por un año y recibir los próximos número en la puerta de su casa.

Por mi parte, comparto la reseña que escribí para este segundo número. Sobre la novela Austerlitz, de W.G. Sebald.



La identidad es la memoria es la Historia

Una mañana de 1939, un niño llega a Gales, donde es recogido por un pastor calvinista y su esposa, en cuya casa crecerá en medio de la soledad y la pesadumbre. Años después, para este niño, las razones tras los acontecimientos de su vida no son claros, como tampoco lo serán para los lectores, que tendrán que vagar en medio de la bruma junto con un narrador y un personaje igualmente ubicuos. De este modo, el periplo de Jacques Austerlitz es una mirada melancólica por el siglo xx europeo, una travesía solitaria y dolorosa. 

Si existe una manifestación literaria que ilustre cabalmente lo ominoso según Freud y el concepto del púnctum tal y como lo explica Barthes, dicha manifestación es sin duda Austerlitz, la última novela de W.G. Sebald. Tal es la sensación de extrañeza, de zozobra; tal la “punzada” que sentimos al repasar sus páginas, al ver sus fotografías, como si algo ahí nos impidiera comprender con certeza aquello que el narrador nos dice que dijo Austerlitz, el protagonista.

Como en una suerte de collage, con un estilo que convierte las extensísimas oraciones subordinadas en la marca personal de su autor, asistimos a la construcción de la memoria, ahí, entre las ruinas de un tiempo y de una historia; buscamos una identidad que de alguna manera fue reprimida. Así, con el rumor del holocausto y la tradición judía de fondo intentamos trazar el nombre propio de un hombre que hasta cierto punto nunca ha sabido quién es o cuál es su lugar en el mundo. Ese hombre bien puede ser el niño de la imagen de portada, hombrecillo que nos interpela con su mirada, vestido (¿disfrazado?) de un modo que solo aumenta nuestra extrañeza y nuestra curiosidad.


Austerlitz comparte con otra novela –La misteriosa llama de la reina Loana– el problema de la memoria y del olvido, pero una de muchas diferencias, consiste en que en la narración de Eco, su protagonista pierde la memoria, pero en la casa de su infancia, merced a todos los objetos que en ella se conservan, es capaz de reconstruir su vida. En cambio, en Austerlitz, su protagonista en realidad nunca ha tenido memoria, que significa decir que nunca ha tenido identidad, pero igual va construyendo una historia personal que le permite comprenderse y comprender su (no) lugar en el mundo. Ambas novelas se conforman de manera fragmentaria, rompecabezas en los cuales se funden la prosa y las imágenes.

La metáfora de Austerlitz es la del viajero, variación del mito del judío errante. Un vagar por diversos lugares de manera algo circunstancial y también poco ordenada. Su búsqueda corresponde al silencio. Su viaje es ominoso. En la sala de espera de la Centraal Station en Amberes, en su despacho londinense de Bloomsbury o en su casa de París conversa sobre arquitectura capitalista, y en sus afirmaciones se va tejiendo una aguda filosofía sobre el mundo y una metafísica de la pérdida:

... de un edificio gigantesco como, por ejemplo, el Palacio de Justicia de Bruselas en la antigua colina del patíbulo, nadie que estuviera en su sano juicio podría afirmar que le gustase. En el mejor de los casos, se admiraba, y en esa admiración había ya una forma de espanto porque de algún modo sabíamos naturalmente que los edificios que crecen hasta lo desmesurado arrojan ya la sombra de su destrucción y han sido concebidos desde el principio con vistas a su existencia ulterior como ruinas... (pp. 22-23).

Jacques Austerlitz también redacta notas, toma fotografías, y todo queda reunido en un diario que luego confiará a nuestro narrador, uno que también resulta un personaje opaco, desdibujado, como si la identidad fuera solamente una suerte de imágenes borrosas y sensaciones ajenas.

La prosa de Sebald es proteica, su estilo complejo. Su sintaxis es un gesto grandilocuente y delicado; su lenguaje problematiza el tiempo y el espacio, pero sobre todo, se convierte en un problema identitario:

Si se puede considerar al idioma como una antigua ciudad, como un laberinto de calles y plazas, con distritos que se remontan muy atrás en el tiempo, con barrios demolidos, saneados y reconstruidos, y con suburbios que se extienden cada vez más hacia el campo, yo parecía alguien que, por una larga ausencia, no se orienta ya en esa aglomeración, que no sabe ya para qué sirve una parada de autobús, qué es un patio trasero, un cruce de calles, un bulevar o un puente. Toda la estructura del idioma, el orden sintáctico de las distintas partes, la puntuación, las conjunciones y, en definitiva, hasta los nombres de las cosas corrientes, todo estaba envuelto en una niebla impenetrable. (p. 126).

Austerlitz, con el gesto melancólico de Sebald y su voluntad de estilo, posee vocación de clásico; una novela extraordinaria que también aparenta ser otra cosa, como todas las grandes novelas.



W. G. Sebald, Austerlitz (6.a ed., trad. M. Sáenz), Colección Compactos, Barcelona: Anagrama, 2012, 302 pp. [Primera edición en alemán, Munich: Carl Hanser Verlag, 2001.]

7/4/2014

"El semental ruano", de Robinson Jeffers


Robinson Jeffers (1887-1962), escritor estadounidense. En 1925 se publicó su libro Roan Stallion, Tamar, and Other Poems (New York: Boni and Liveright). Su extenso poema narrativo “El semental ruano” es una cumbre de la poesía del siglo XX. En 2011, el escritor costarricense G.A. Chaves lo incluyó en Fin del continente, su selección y  traducción de textos de Jeffers.



El semental ruano

El perro ladró; la mujer entonces se detuvo en el portal, y al oír
el hierro golpear la piedra abajo, en el empinado camino,
Cubrió su cabeza con un chal negro y se adentró en la leve
lluvia; se detuvo en el recodo.
Una mujer noblemente formada; erecta y fuerte como una torre
nueva; los rasgos estólidos y oscuros
Pero esculpida en una gracia dura; nariz recta de alto tabique,
ojos firmes y amplios, barbilla rellena,
Labios rojos; sólo una cuarta parte de ella era indígena; un
marinero escocés la había plantado en joven tierra nativa,
Española e indígena, veintiún años atrás. La había llamado
California al nacer;
Tal era su nombre; y luego el marinero enrumbó hacia el Norte.

Oyó
los cascos y las ruedas acercarse, mientras subían por el
empinado camino.
La yegua, inclinándose contra el espacio de sus pechos, se afanó
hasta ser vista a la vuelta del húmedo ribazo.
La pálida cara del carretero apareció luego, los ojos exhaustos;
había fortuna en ellos. Se sentó torcido
En la silla de la vieja calesa, al tiempo que guiaba a un segundo
caballo con un largo cabestro, un ruano, un ruano grande
Que pisaba primorosamente; un semental, a juzgar por el bulto
en su cuello. “¿Qué es eso que traés, Johnny?” “El semental
de Maskerel.
Ahora es mío. Lo gané anoche. Tuve mucha suerte.” Estaba
bastante ebrio. “Ahora los demás traerán sus yeguas hasta
aquí.
Este muchacho es mío. Gané dinero, además, pero no te lo voy
a enseñar.” “Johnny, ¿compraste algo para
Nuestra Christine? La Navidad es en dos días, Johnny.” “Ay,
Dios, se me olvidó,” respondió riendo.
“No le digás a Christine que es Navidad; luego le busco algo,
tal vez.” Pero California replicó:
“He estado con vos cuando has perdido: ya me perdiste
una vez, Johnny, ¿te acordás?
Tom Dell me tuvo con él dos noches
Aquí en la casa: otras veces hemos pasado hambre: ahora que
ganaste, Christine tendrá su Navidad.
Compartimos tu suerte, Johnny. Dame dinero, que yo voy sola
a Monterey mañana,
Compro regalos para Christine y regreso por la noche. Y al otro
día habrá Navidad.” “Que tengás un húmedo paseo,”
respondió él
Entre risitas. “Tomá el dinero. Cinco dólares; diez; doce dólares.
Comprá dos botellas de whisky de centeno para Johnny.”
“Está bien. Voy mañana”.

Él era un holandés proscrito; ni
tan viejo, pero reseco por el mal vivir.
La pequeña Christine heredó de su raza los ojos azules, y de su
vida una frente marchita; desde el portal de la casa
Ella observaba a su padre dar tumbos al salir de la
calesa y guiar con el debido respeto al semental
Hacia el nuevo corral reforzado; y dejaba a su esposa quitarle el
arnés a la fatigada yegua.

Tormenta en la noche; la lluvia en las delgadas grietas del techo
se vertía como el océano en la roca; cayó un trueno
Por el estrecho cañón hasta el valle Carmel y se
consumió en dirección oeste; Christine seguía bien despierta
Con miedos y asombros; su padre tumbado tan hondamente
que ni la tormenta lo movía.
El amanecer llega tarde en la
oscuridad del año,
Más tarde aún en las grietas de un cañón bajo las secuoyas; y
California salió de la cama
Una hora antes; la yegua estaría cansada; había poca cebada, ¿y
por qué tenía Johnny
Que darle toda la cebada a su semental? Eso es lo que él haría.
Ella salió de puntillas,
Y dejó sus ropas en el cuarto, él se despertaría si ella esperaba a
ponérselas, y pasó de la puerta de la casa
A la oscuridad de la lluvia; las grandes gotas negras se sentían
frías a través del fino camisón, pero la húmeda tierra era
Grata bajo sus pies desnudos. Había un agradable aroma en el
establo; y resultaba grato moverse apaciblemente,
Tocar dulcemente las cosas con la dócil inclinación del cuerpo
desarropado. Encontró una caja,
La llenó con cebada seca y dulce y la llevó hasta el viejo corral.
La pequeña yegua suspiró profundamente
Hacia el barandal en la húmeda oscuridad; y California, al
regresar a la casa entre dos secuoyas,
Escuchó las felices quijadas moliendo el grano. Johnny podría
ocuparse de los cerdos y las gallinas. Christine la llamó
Cuando entró en la casa, y volvió a dormirse bajo su mano.
Dejó el húmedo camisón de dormir en el respaldar de una
silla
Y se introdujo en la habitación para recoger sus ropas. Un
tablón crujió, y él se despertó. Ella se sostuvo impávida
Mientras le oía dar vueltas en la cama. Cuando él se aquietó ella
se detuvo ante sus zapatos, y él dijo suavemente,
“¿Qué hacés? Regresá a la cama.” “Es tarde. Voy para
Monterey, tengo que apurarme.”
“Vení a la cama primero. He estado fuera por tres días. Ya te di
dinero, pero si luego te lo quito, entonces
¿Qué vas a hacer en el pueblo?” Ella suspiró con aspereza y
regresó a la cama.

Él, entonces, al levantar sus propias
manos de la cama,
Sintió la fría curva y la firmeza del costado de ella, y
a medio levantarse la tomó de su largo cabello húmedo.
Ella se resistió y, para apresurar el acto, fingió deseo; hacía
mucho tiempo que no lo sentía, excepto en sus sueños.
La ebriedad del día anterior lo había dejado flojo y exigente; ella
notó, al voltear su cabeza tristemente,

Que las ventanas estaban de reluciente gris con el amanecer; él
la abrazaba quieto, deteniéndose para hablar del semental.
Al final la dejó ponerse sus ropas. Nítida luz diurna sobre las
colinas empinadas;
Gris resplandeciente en la nube sobre las copas de las secuoyas;
el torrente de primavera cantó recio; las ruedas de la calesa
Resbalaron en el légamo profundo, y continuaron moliendo las
piedras lavadas a la vera del camino. Al bajar la pendiente,
el río rugoso ocultaba el vado.
Hay que seguir por el cauce de piedra: ella conocía el camino
por sauces y alisos: la yegua se detuvo en medio de la
corriente,
Tiritaba, y el agua que era de su mismo color lavaba hasta los
rastros; pero California sacó
Sus pies del remolino y los dejó sobre la silla de la calesa,
blandió el azote sobre el agua amarilla
Y condujo hacia el camino.

Toda la mañana las nubes
corrieron hacia el Norte como un río. Hacia el mediodía se
espesaron.
Cuando California lo encaró, al regreso de Monterey, el viento
del sur estaba pesado con lluvias uniformes.
Ella miró hacia el mar desde el fondo del valle; rayos rojos
pregonaban el ocaso desde un berrido de vendaval.
Nube sobre Lobos, el ocaso suroeste del solsticio. El crepúsculo
vino pronto, pero la cansada yegua
Le temía más al camino que al azote. Milla tras milla de lento
crepúsculo gris.

Entonces, tan repentina, sobrevino la
oscuridad.
“Christine estará dormida. Es Nochebuena. El vado. ¡Esa hora
de luz desperdiciada en la mañana!”
No podía ver nada; dejó las riendas descansar en el
guardafangos y supo al fin que había llegado al río por el
entrabamiento de las ruedas
Y el declive del camino. Ruido de
ruedas en las piedras, chapoteos de los cascos en el agua; un
mundo
De sonidos; a ciegas; el apacible trueno del agua; la yegua
resoplaba, hundiendo su cabeza, uno lo sabe,
Para buscar dónde asentar el paso en la negrura bajo la
corriente. El rumorar y crujir del viento marino
En el furor de sauces invisibles.
La yegua se quedó quieta; la
mujer le gritó; prescindió del azote,
Pues un salto en falso la haría perder el rastro del vado. Se
irguió. “Las cosas de la bebé,” pensó California,
“Bajo el asiento: el agua cubrirá el piso”; y levantándose en
medio del agua
Inclinó el asiento; sacó la muñeca, las gallinas de madera
pintada, el oso de lana, el libro
Ilustrado, la caja de dulces: todo lo sacó de debajo del asiento y
lo guardó, temblando,
Bajo sus ropas, cerca de sus pechos, bajo los brazos; las esquinas
de las cajas de cartón
Penetraban su carne suave; pero con un pedazo de cuerda
hecho un cinto y asido de los hombros
Todo se hizo rápido. La yegua estaba quieta como si durmiera
en medio del agua. Entonces California
Extendió una mano sobre la corriente y le tocó un anca; la
húmeda y sólida convexidad del anca
Se estremeció como el latido de un gran corazón. “¿Qué estás
esperando?” Pero el contacto con la superficie del animal
Había despertado un sueño, había oscurecido un peligro real
con una ilusión de peligro. “¿Para qué? Para que el semental
acuático
Se abra camino en la corriente, para eso es que el anca se tensa,
para salir él partiendo la espuma hacia los lados, los cascos
Delanteros en el aire, para triturarme a mí con el carruaje y
retorcerse sobre su mujer.”
Ella entonces blandió el azote;

La yegua se precipitó hacia delante. La calesa se arrastró de
lado: ¿se habría salido ella? ¿Nadando? El chapoteo indicaba

que no.
La conductora, por un mero instinto prensil, se aferró de la
armazón lateral del asiento y sintió la fuerza
Del agua retorciéndose en sus rodillas, pero no su frialdad,
que rompía en la cintura
Sobre su cuerpo. Habían girado. La yegua había girado
corriente arriba y estaba afanándose de nuevo hacia el agua
menos profunda.
California entonces dejó caer su cabeza entre sus rodillas, sin
haber visto nada, sintiendo el peligro,
Y sintió el peso bruto de una rama de aliso, y a las ligeras hojas
colgantes que rozaban su cuello doblado
Como los dedos de un niño. La yegua salió con violencia del
agua y se detuvo en el declive del vado. La mujer bajó
Entre las ruedas y buscó su cabeza. “Pobre Dora,” la llamó por
su nombre, “ya, Dora. Tranquila,”
Y la hizo andar, era posible dar la vuelta por el margen, de cara
al apacible trueno de agua.
Ella se arrastró con manos y rodillas, buscando los surcos, y
emplazó las ruedas sobre ellos. “Vos podés ver, Dora.
Yo no. Pero esta vez lo lograrás.” Se subió al asiento y gritó con
furia. La yegua
Se detuvo, con sus dos patas delanteras en el agua. Ella la tocó
con el azote. La yegua se echó hacia delante y se detuvo.
California entonces recurrió a la oración: “Pequeño Jesús,
Querido Niño Jesús que has nacido esta noche, con tu cabeza
brillante
Como velas de plata. Yo también tengo una bebé, una niña. Vos
llevabas luz dondequiera que ibas.
Niño Jesús, dame luz.” La luz fluyó: rosa, dorada, grávido
púrpura, y ocultó el vado como una cortina.
El apacible trueno de agua era un ruido de plumas de alas, las
persianas del paraíso se levantaban suavemente.
El niño a flote sobre el resplandor tenía cara de recién nacido,
mas los ángeles tenían cabezas de aves, cabezas de halcones,
Se inclinaban sobre el bebé y tejían una red de alas a su
alrededor. En su pequeña y regordeta mano, él sostenía
Una pequeña serpiente de ojos dorados, y California pudo ver

claramente sobre el resplandor inferior
Las orejas aguzadas de la yegua, una filosa horquilla negra
contra la brillante caída de la luz. Pero cesó; la luz del cielo
Espantó a la pobre Dora. Ella se echó para atrás; se meció para
salir del agua,
Y casi volcó la calesa al darse vuelta y arrastrarse de regreso; el
hierro de las ruedas gimió en los pedrejones.

Entonces California, entre sollozos, trepó por las ruedas. Sus
ropas húmedas y los juguetes guardados en ellas
La arrastraban con su peso; se deshizo de la capa y el vestido y
puso las cosas de la bebé en la calesa;
Fue a sacar el whisky de Johhny de debajo del asiento; lo
envolvió todo en el vestido, botellas y juguetes, y lo amarró
En un fajo para cargarlo en su espalda. Al quitar los arneses a la
yegua, se hirió los dedos
Contra las entumecidas fajas y las húmedas hebillas. Se ató el
fajo a los hombros, con las tiras
Atravesadas en sus pechos, y montó al animal. Se llevó la carga
a la cintura y la anudó, los desnudos muslos
Ávidamente asidos a los costados de la yegua, su piel desnuda
sobre la húmeda grupa, y se aferró a la crin con su mano
derecha,
La rienda del freno hecha un lazo en la otra. “Dora, el bebé te
da la luz.” El deslumbrante resplandor
Posó sus alas sobre el vado. “Dulce Niño Jesús, danos la luz.”
Cataratas de luz y cantos en latín
Se hicieron sentir entre los sauces; la yegua resopló erguida: el
rugir y el trueno del agua invisible;
La noche se batía abierta como una bandera, brotando entre
destellos; la cara del niño lo envolvía todo; el agua
Golpeaba en sus zapatos y calcetas hasta los muslos desnudos;
y sobre ellos algo como una bestia
Se plegaba en su vientre; la agitación y terquedad de la yegua
que nadaba; el arrastre, la succión del agua; la luz
Enceguecedora por encima donde antes no había nada, en la
garganta de la oscuridad; el choque de los cascos delanteros
Golpeaban el fondo, la lucha y el ascenso ondoso de las ancas.

Sintió el agua correr por ella
Desde los hombros; escuchó el gran esfuerzo y el resuello en la
respiración de la yegua, escuchó las herraduras triturando la
grava.
Cuando al fin California llegó a casa el perro en la puerta la
olfateó sin ladrar; tanto Christine como Johnny
Estaban durmiendo; ella no había dormido en horas, pero
encendió el fuego y se arrodilló pacientemente frente a él,
Al tiempo que secaba y alistaba los preciados regalos para la
mañana de Navidad.

Ella odiaba (pensó) al engreído semental.
De seguro reclinaría las grandes y uniformes masas de su pecho
en el barandal, mientras sus ojos marrón rojizo destellaban a
los blancos crecientes,
Entonces lo admiraba, pero lo odiaba por ser tan inútil, por
existir sólo para adornar
La vanidad de Johnny. Los caballos eran una cría barata. Si tan
solo pudiera correr libre, pensó ella,
Y agitar sus rojas crines de ruano como una bandera sobre las
colinas desnudas.

Un hombre trajo una yegua en abril;
Así que California, aunque deseaba mirar, permaneció con
Christine dentro de la casa. Cuando la niña comenzó a
impacientarse
La madre le narró una vez más el milagro del vado; su oración
al Niño Jesús
En Nochebuena cuando venía camino a casa con los regalos; la
aparición, las luces, el canto en latín,
El trueno de plumas de alas y agua, el niño resplandeciente, las
cataratas de esplendor que caían en la oscurana.
“¿Un bebito?,” preguntó Christine, “¿Dios es un bebé?” “El hijo
de Dios. Era su cumpleaños.
Su madre se llamaba María: también a ella le rezamos: Dios
vino a ella. Él no fue hijo de un hombre
Como nosotras. Dios era su padre: ella era la esposa del
semental —qué cosas digo— la esposa de Dios,”
Ella se lamentó, mientras hacía a Christine a un lado y andaba
sobre los tablones del piso. “A ella se la ha llamado bendita
Entre las mujeres. Era tan buena, y muy amada.” “¿Ella era
vecina de Dios?” “Él vive
En lo alto, sobre las estrellas; entre las desnudas colinas azules
del firmamento”. Una imagen iluminó
Su mente: las rojas crines del ruano se batían como una bandera
sobre las colinas desnudas, y se apresuró a decir, “Él es
Como un gran hombre que sostiene al sol en su mano.” Sus
palabras traicionaban a su mente, “Pero nadie
Sabe, sólo el resplandor y el poder. El poder, el terror, el fuego
ardiente la cubrían...”
“¿No se habrá quemado, mami?” “Ella era tan buena y
adorable , era la madre del pequeño Jesús.
Si sos buena nada podrá herirte.” “¿Qué pensaría ella?” “Ella
amó, no le daban miedo los cascos— digo,
Las manos que habían creado las colinas, el sol y la luna, y el
mar y las grandes secuoyas, la terrible fortaleza,
Ella se entregó sin pensarlo.” “¿Sólo viste al bebé, mami?” “Sí,
y a los ángeles a su alrededor,
El voraz resplandor sobre el negro río.” Tres veces había ido
hasta la puerta, y otras tantas había regresado,
Y ahora la mano que se había agarrado tres veces de la perilla
de la puerta, con toda precaución, retorció la tela
Del vestido de la niña que había estado remendando. “Ay, ay,
lo rompí.” Le soltó un golpe a la niña y luego abrazó
ferozmente al pequeño y rubio cuerpo lánguido.

Entró
Johnny con su cara enrojecida como si hubiese estado cerca
Del fuego, sus ojos triunfantes. “Ya terminé”, dijo, mirando a
Christine con malicia. “Voy a bajar
Al valle con Jim Carrier; me debe cinco dólares, le cobré quince,
y sólo traía diez en su bolsillo.
Tiene uvas en su finca, tal vez traiga un barril de vino rojo en
lugar del dinero. Mañana vuelvo.
Mañana en la noche te cuento —eh, Jim,” se echó a reír sobre su
hombro, “Te decía que mañana en la noche le muestro
A ella como trabaja el muchachote colorado, el grandote.
Cuando regrese.” Ella no respondió nada, tan sólo
permaneció
Frente a la puerta, sosteniendo la manita de su hija, en la vereda
de sol entre las secuoyas,
Mientras Johnny ataba la yegua tras la calesa de Carrier, y una
vez que trajo la montura y el freno los tiró
Bajo el asiento. La yegua de Jim Carrier, la baya, permanecía
con la cabeza caída y echó a andar lentamente, los hombres
Se reían de ella y le gritaban; sus voces se podían oír desde
abajo de la pendiente, incluso cuando ya se había extinguido
El ruido de las ruedas con sus aros de hierro entre las piedras.
Entonces se podría oír el murmullo del viento en las altas
secuoyas,
El tintinear de un arroyo en abril, inmerso en su cauce.

La
humanidad es el comienzo de la carrera; yo digo que
La humanidad es la horma que debe ser quebrada, la corteza
que debe ser despedazada, el carbón que irrumpe en fuego,
El átomo a separar.

La tragedia quebranta el rostro del
hombre y hace salir de él un fuego blanco; la visión que lo
engaña y lo lleva
A excederse, el deseo que lo lleva a excederse, el crimen
innatural, la ciencia inhumana,
Ojos perforados en la máscara; amores salvajes que burlan los
muros de la naturaleza, la ciencia que se mofa de los
reparos,
Inteligencia inútil de lejanas estrellas, conocimiento sombrío de
los demonios giratorios que conforman un átomo,
Estos rompen, estos perforan, estos deifican, alaban a su Dios
ruidosamente con voces despiadadas: Él no aprueba la
alabanza
En una forma humana, él, que camina desnudo como un
relámpago en el Pacífico, que ata al sol con los planetas,
El corazón del átomo con los electrones: ¿qué es la humanidad

en este cosmos? Para él, el último
Y más pequeño indicio de un rastro en las heces de la solución;
para sí misma, la horma que debe ser quebrada, el carbón
Que irrumpe en fuego, el átomo a separar.

Una vez que se
durmió la niña, luego de que la noche con pies de leopardo
Se hubiese escurrido hacia el océano, California redujo la
intensidad de la llama en la lámpara y se escurrió también
de la casa.
Se movía suspirando, como un fuego libre, de un lado para el
otro en el terso piso cerca de la puerta.
Escuchaba susurrar y sacudirse en las altas secuoyas al viento
nocturno que corre valle abajo como una aspiración hecha en
un tubo
Bajo el clima despejado; escuchaba el tintinear del arroyo de
abril en lo profundo de su cauce.
Enfriados por la noche, los olores que los caballos habían
dejado tras ellos llegaban hasta sus fosas nasales; la noche
Blanqueaba la colina desnuda; coyotes salidos de su manada
aullaban amargamente cerca del río contra la luna saliente;
Entonces California corrió hacia el viejo corral, el establo vacío
donde dejaban a la yegua,
Y se reclinó, magullando sus pechos en la baranda, sintiendo
palidecer el cielo. Cuando la luna alcanzó la cima de la
colina
Se escabulló hacia la casa. La niña respiraba tranquila.
¿Dormir?, se dijo. Cristo se le había aparecido la noche de
Navidad.
Las colinas brillaban abiertas para la enorme noche de la luna
de abril: ¿vacías, vacías,
Las vasta espaldas redondas de las colinas desnudas? Si uno
fuese a ascender a lo alto, ¿no vería al Padre en persona
Fraguando su noche, de piernas cruzadas, el puño en la
barbilla, de cuclillas en la última cúpula? Es más probable
verlo
Saltar en las colinas, sacudiendo las rojas crines del ruano como
una bandera en las colinas desnudas. Ella apagó la vela.
Cada fibra de su carne tembló con languidez cuando llegó a la
puerta; le faltó fuerza para vagar
A pie por el brillo de la colina, bien arriba, bien arriba... la
odiosa cara de un hombre le había arrebatado
La fuerza que hubiera requerido, el establo estaba vacío. El
perro la siguió, ella lo tomó por el collar,
Lo arrastró con feroz silencio hasta la puerta de la casa y lo dejó
atado adentro.

Afuera era de día y ella se apresuró
sin vacilar por el sendero, a través del oscuro margen y la
trenzada broza de los robles,
Hacia el lugar abierto de un mirador de la colina. La oscura
fortaleza del semental la había escuchado venir; ella lo
escuchó
Resoplar el aire encendido por sus narices, lo miró moverse
como un león en el blanco lago De luz de luna a lo largo del maderamen de la cerca,
sacudiendo la caída nocturna
De las grandes crines; su fragancia llegó hasta ella; ella se apoyó
en la cerca;
Él se alejó, produciendo con sus cascos un suave trueno en el
hollado suelo.
El salvaje amor lo había hollado, su lucha con la extraña, la
vergüenza del día
Lo había grabado en fango y polvo cuando los pesados
espolones
Tiraban de sus costados. “¡Ah, si pudiera resistirte!
Si tuviera la fuerza. Oh, gran Dios que vino a María, que tan
gentilmente viniste. Pero yo lo cabalgaré
Colina arriba, si me bota, si me atropella, ¿no es acaso mi deseo
Soportar la muerte?” Se subió a la cerca, presionando su cuerpo
contra la baranda, temblando como con fiebre,
Y cayó adentro en la suave tierra. El caballo no la amenazó con
sus dientes ni evitó su llegada,
Y, levantando su mano con cuidado hasta la erguida cabeza,
ella tomó la correa del freno
Que colgaba bajo la temblorosa quijada. Desenlazó el cabestro
del alto vigor del cuello
Y del arco en que colgaba la crin de nube tormentosa con viva
oscuridad. Él se detuvo; ella golpeó sus pechos
En el duro hombro, con un brazo sobre la grupa, el otro bajo la
masa de su garganta, y murmuró
Como una paloma de montaña, “Si pudiera resistirte.” Sin
modo, sin auxilio, un golfo en la naturaleza. Ella
musitaba, “Vení,
Vamos a andar por la colina. Oh bello, Oh bello,” y lo llevó
Hasta el portón y arrojó las trancas por el suelo. Él agachó su
cabeza
Para husmear las trancas; y mientras estuvo allí quieto, ella,
asiéndose de las crines y de la cruz del lomo con toda la
contracción
Y fuerza repentina de su ágil cuerpo, saltó, se aferró con fuerza
y quedó montada. Él ya había sido montado antes; no
Luchó contra el peso pero corrió como una piedra en caída;
Bajó la ladera hasta el cristal lunar de la corriente, y tendida
sobre el cuello del animal
Ella sentía las ramas de los árboles volar sobre ella, vio el muro
de los chaparros
Acabar su mundo: pero él se devolvió allí, las enmarañadas
ramas
Rasparon la rodilla derecha de ella, los grandes hombros
inclinados
Bregaban en la ladera, subiendo, subiendo la serena colina. El
deseo había muerto en ella
Con el primer galope, la caída mortal, pero ahora revivía,
Ella sentía entre sus muslos el esfuerzo del gran motor, los
apresurados músculos, la dura prestancia,
Mientras cabalgaba sobre el salvaje y rozagante vigor del
mundo. Tras haber superado él la espesura, se enrumbó
hacia el Este
Corriendo con menos ímpetu; y ahora al fin sintió el cabestro
cuando ella tiró de él; ella lo guiaba hacia arriba;
Él se detuvo a pastar en el gran arco altivo de la colina, el
silencioso calvario. Un bosque de robles enanos
Subía por la otra ladera desde la oscuridad del desconocido

cañón más allá; el último de sus arbustos golpeado por el
viento
Se arrastraba hacia lo alto, y California, dejándose caer de la
montura, amarró en él al caballo. Ella se irguió entonces,
Estremeciéndose. Enormes tejidos de luz de luna
Se extendían desde la altura. El espacio, la ansiosa blancura,
la vastedad. Distante más allá de lo imaginable, el reluciente
océano
Posaba leve como una niebla a lo largo del rellano y el dudoso
fin del mundo. Breves vapores destellaban, y pequeñas
Oscuridades en el lejano cuadro bajo los pies simbolizaban el
bosque y el valle; pero el aire era el elemento, los arcos
Y agujas de aire saturadas de luna.

Aquí está la soledad,
aquí en el calvario, ninguna conciencia
Más que el posible Dios y el césped segado, ningún testigo,
ningún ojo más que aquel desfigurado, la pasada plenitud
de la luna.
Dos figuras en la resplandeciente colina, la mujer y el semental,
ella se arrodilla ante él, en intermitente adoración.
Él siega el césped, moviendo sus cascos, o levantando su larga
cabeza para contemplar el mundo,
Tranquilo y poderoso. Ella rezó en voz alta “Oh, Dios, no soy
tan buena como debiera, Oh, miedo, oh, fortaleza, me he
arrastrado vilmente.
¡Johnny y otros hombres me han poseído, y oh, limpio poder!
Heme aquí,” dijo ella, y cayó postrada ante él,
Arrastrándose hacia sus cascos. Estuvo ahí tendida un largo
rato, como si durmiera, al alcance de los cascos delanteros,
sollozando. Él rehuyó
La cabeza y el cuerpo tendido de ella. Retrocedió al principio;
mas luego se sirvió de la hierba que crecía cerca de los
hombros de ella.

La pequeña y oscura cabeza bajo sus narices: una pequeña
piedra redonda, con un olor humano, y una negra cabellera
que crecía en ella:

El cráneo guardaba la luz adentro: no era posible para ojos
algunos
Saber qué cosas palpitaban y brillaban bajo las suturas de ese
cráneo, o si una concha llena de relámpagos
Había amedrentado la fortaleza del ruano, y éste hubiese roto
las amarras, chillando, en corrida hacia el valle.

El átomo que rompe los confines,
De núcleo a sol, de electrones a planetas, con un reconocimiento
Que no eleva oraciones, se iguala a sí mismo, el todo para el
todo, el microcosmos
Que no ingresa y no permite ingresar, en más igualdad, más
absolutamente, más increíblemente conjugado
Con el otro extremo y grandeza; apasionadamente perceptivo
de la identidad...

Mientras tanto el fuego
Lanzaba figuras y símbolos, mitos raciales se formaban y
disolvían en él, los espectrales soberanos de la humanidad
Que sin ser son incluso más reales que aquello que les dio vida,
y que sin tener forma, forman eso que los hace:
Los nervios y la carne pasan como las sombras, los limbos y las
vidas como sombras, estas sombras perduran, estas sombras
A las que los templos, las iglesias, los afanes y las guerras, las
visiones y los sueños han sido dedicados:
Desde el fuego en la pequeña roca redonda que el negro musgo
cubrió, un hombre crucificado se retorcía de angustia;
Una mujer cubierta por una bestia enorme en cuyas crines
hicieron nido las estrellas, el sol y la luna eran sus ojos,
Sonreía bajo la insufrible violación, su garganta hinchada con la
tormenta y las motas de sangre destellaban
En los dilatados labios; una mujer —no, un agua oscura,
hendida por brotes de relámpagos, y luego de un tiempo
¿Qué salió a flote del agua surcada, un bote, un pez, un globo
de fuego?

Tenía alas, la criatura,
Y voló contra la fuente de relámpagos, cayó quemado desde

una nube hasta el agua sin fondo...
Figuras y símbolos, fortalezas del fuego, jugaban en su mente;
pero el blanco fuego era la esencia,
El ardor en la pequeña concha redonda que cubría el cabello
negro, que reposaba cerca de los cascos en lo alto de la
colina.

Ella se levantó al fin, desanudó el cabestro; caminó mientras
guiaba al semental; dos figuras, mujer y semental,
Bajaron desde el silencioso vacío del domo de la colina, bajo la
catarata de luz de luna.

La noche siguiente hubo luna entre las nubes. Hacia la noche
Johnny había regresado medio borracho, y California
Que por años lo había conocido sin amarlo ni aborrecerlo, esa
noche lo odiaba; había dejado a la pequeña Christine
Jugar a la luz de la vela mucho después de la hora de dormir;
pero la niña finalmente cayó dormida en el piso
Junto al perro; Johnny le ordenó “Llevala a la cama.” Ella juntó
a la niña contra sus pechos, la dejó acostada
En el cuarto contiguo, y la arropó entre cobijas. La ventana se
veía blanca, la luna había salido. La madre
Se acostó junto a la niña, pero al rato Johnny llegó y se detuvo
en la puerta. “Vení a beber.” Él había traído
Dos garrafas de vino guindadas a la montura, como parte del
pago por los servicios del semental; un pichel lleno
Estaba sobre la mesa, y California fue hasta ella y tristemente
bebió un vaso. El whisky, pensó,
Lo habría tumbado hasta el día siguiente; pero este vino rojo y
ralo... “Que pasemos una linda velada,” rió él, vertiéndolo.
“Un vaso más y te muestro lo que nuestro colorado muchachón
hizo.” Ella se dirigió hacia la puerta de la casa, y los ojos de
él
La siguieron, y ella regó sobre la mesa un poco de vino tras
llenar el vaso. Cuando llegó hasta el tablado del piso
Él escuchó y miró. “¿Quién ensartó al cerdo?” murmuró él
estúpidamente, “aquí hay sangre, aquí hay sangre,” e hizo
correr sus dedos

Entre el lago rojo a la luz de la lámpara. Mientras él miraba
chilló la puerta, ella se había deslizado hacia fuera
Y él, con su boca encorvada como la de un fauno, imaginaba la
persecución bajo las solemnes secuoyas, la jadeante
Y débil víctima atrapada en un rincón oscuro. Él apuró su vaso
y salió entre
Las moteadas sendas de luz de luna. Ningún sonido más que el
del arroyo de abril. “Hey Bruno,” llamó él, “buscala.
Bruno, andá a buscarla.” Al rato el perro entendió y fue a
buscar, con el hombre detrás suyo.
Cuando California, agachada bajo un arbusto de roble hacia
arriba de la casa, los escuchó acercarse, se arrojó
En la abierta ladera y corrió colina abajo. El perro le ladró a los
tacones, complacido con el juego, pero Johnny
Los siguió en silencio. Ella corrió hasta el corral nuevo, vio al
semental
Moverse como un león entre el maderamen de la cerca, el
oscuro y arqueado cuello se sacudía el velo nocturno
De las grandes crines; ella se lanzó boca abajo y se retorció bajo
las vallas, los cascos del animal producían
Un apagado trueno en la tierra suave al huir de ella. Ella se
irguió en el centro del corral, jadeando, pero Johnny
Se detuvo al llegar a la cerca. El perro pasó por debajo, y al ver
al semental moverse y a la mujer permanecer quieta,
Bailó tras la bestia, con fintas y arremetidas de sus blancos
dientes. Cuando Johnny vio el formidable vigor oscuro
Retroceder ante el perro, trepó sobre la cerca.

La pequeña
Christine había despertado tan pronto su madre la dejó,
Pero seguía acostada a medio dormir. Y en su duermevela vio el
océano venir desde el Oeste
Y cubrir la tierra, y a través de aguas claras miró la copa de las
secuoyas. Escuchó crujir la puerta
Y advirtió la casa vacía; su corazón removió su cuerpo, sentada
sobre la cama, y al escuchar al perro
Se deslizó hacia donde la luz entraba por la rendija de la puerta.
La abrió, el cuarto estaba vacío,

La mesa era un lago rojo bajo la luz de la lámpara. Su color le
pareció terrible,
Ya había visto ese jugo rojo gotear en el hocico de un coyote al
que su padre había disparado un día en las colinas
Y al que luego trajo a casa sobre su montura: miró el rifle sobre
la repisa: seguía intacto:
Corrió hacia la puerta, el perro estaba ladrando y la luna
brillaba: conocía bien el olor del vino
Pero el color la atemorizaba, tanto como la casa vacía, y se fue
por la colina bajo la blanca senda de luz de luna
En pos del amigable ruido del perro. Pudo ver en el corral del
gran caballo, a la altura del promontorio en la colina,
Negro sobre blanco, la oscura firmeza de la bestia, la furia
danzante del perro, y a los otros dos.
Uno huyó, otro lo siguió; el grande se cargó, irguiéndose; uno
cayó bajo sus cascos delanteros. La niña escuchó a su madre
Gritar: sin pensarlo corrió a la casa, arrastró una silla más allá
del pozo rojo y subió hasta alcanzar el rifle,
Logró bajarlo y de alguna forma lo arrastró a través de la puerta
y por la colina, sollozando bajo el duro
Peso. Su madre estaba por la baranda del corral, la niña le dio el
arma. Hacia el costado más lejano
El perro centelleaba ante el precipitado semental; en medio del
espacio el hombre, moviéndose despacio, reptando como un
gusano
Herido, arrastraba su cuerpo poco a poco hasta la cerca.
Entonces California, dejando reposar el rifle sobre
El barandal, y sin dudarlo, sin vacilación
Buscó el encabritado cuerpo del perro, y cuando éste se irguió,
le disparó. Se retorció, rodó y se quedó quieto.
“Mami, ¡le diste a Bruno!” “No pude distinguir con
esta luz de luna,” respondió tranquilamente. Se detuvo
Y miró, con la culata del rifle en el suelo. El semental empezó a
dar vueltas, libre ya de su tormento, el hombre
Se tambaleó sobre sus rodillas, gimiendo en un tono ligero y
amargo como el de un pájaro, y el trueno del ruano
Azotó; los cascos no dejaron nada con vida y los dientes
despedazaron los residuos. “Mami, ¡dispará, dispará!”
Aún así, California
Se quedó mirando cuidadosamente, hasta que la bestia, tras
haber satisfecho toda su furia, estiró al máximo su cuello,
con la cabeza en alto,
Y retorció el labio superior entre sus dientes, bostezando con
obsceno disgusto sobre —no ya un hombre—
Una mancha en el lago lunar de la tierra: entonces California,
movida por alguna oscura fidelidad humana,
Levantó el rifle. Cada célula nerviosa de su mente encendida de
estrellas cayó de su sitio
En un grito interno: disparó tres veces antes que las ancas se
aplastaran hacia los lados, las patas delanteras se entiesaron,
Y el hermoso vigor se asentó en la tierra: ella se volvió hacia su
pequeña hija, convertida en la máscara de una mujer
Que ha asesinado a Dios. El viento nocturno viraba, y el olor del
vino regado se disipaba colina abajo desde la casa.*



* La disposición del texto es fiel al libro



Robinson Jeffers
Traducción: G.A. Chaves

“El semental ruano” [título original: “Roan Stallion”], Robinson Jeffers, Fin del continente. Antología mínima (trad.: G.A. Chaves; pres.: Robert J. Brophy), San José: Editorial Germinal, 2011, pp. 25-43.