Visto
por primera vez en 1938 –en el n.° 1de Action
Comics–, Superman es el superhéroe por excelencia. Por ello, llevarlo a la
gran pantalla ha representado siempre un reto único. En 1978 lo vimos volar “de
verdad” finalmente, en una versión que es hoy un clásico y el paradigma del
género de superhéroes. Para 1987 la saga decae, pero no ha habido un solo año
en que Warner y DC no hayan intentado traerlo de regreso. En 2006 lo hizo de
buena manera, pero la taquilla no terminó de convencer a los empresarios. Para
los fanáticos del personaje era imperativo que retornara en plena forma,
superior a todos los demás miembros de la Liga de la Justicia y superior a
cualquiera de los Vengadores. O para el caso, superior a Gokú. En 2013 el
regreso se ha hecho realidad. ¿Estamos hoy ante el gran héroe? ¿Es Man of Steel una película grandiosa,
capaz de atribuirse de una vez el título de “clásico”? ¿O es tan solo otro
pretencioso estreno de verano? ¿Aceptaremos los fans una vez más esa ridícula
posibilidad de que Superman sea “derrotado” por Batman?
Por
ahora, todos los avances que hemos visto anuncian una producción espectacular.
Los fanáticos de la saga fílmica y del personaje en general no esperamos menos
que una obra fabulosa. Una vez que la vea escribiré la crítica respectiva, pero
lo que me interesa justo ahora, días antes de este nuevo acontecimiento en el
cine de superhéroes, es adentrarme en la película que fue pionera del género, en
la cual está todo lo que hemos visto en los últimos 35 años. Me refiero a Superman, el filme de 1978 dirigido por
Richard Donner, oficialmente conocido luego como Superman: The Movie [Superman.
La película] (en adelante STM).
La grandeza de Superman: The Movie
El encanto de
soñar lo imposible
Un
niño escucha tres notas musicales. Un tipo alto abre su saco y su camisa y
se ve un escudo con una “S”. Una fanfarria anuncia la transformación. La música
continúa y el niño se sube a un sillón, levanta los brazos, tararea la melodía…
y vuela. Ese niño tiene 38 años, y en 1981, con seis años, en el cine Milán,
frente al parque central de Alajuela (Costa Rica), con Elizabeth y Yolanda, dos
de sus hermanas, vio STM.(2)
En
la comedia, el horror o la ciencia ficción es difícil encontrar grandes obras.
Son pocas las que logran superar el estigma del género y encontrar valores
sostenidos de calidad. No menos cierto en el caso de las películas de
superhéroes.
En
años recientes ha habido un auge de películas de este tipo, pero casi todas
adolecen de los mismos problemas: son espectáculos de acción y de efectos, pero
sin la mínima intención de provocar emociones profundas. Asimismo, pretenden
ser serias, pero están plagadas de ese humor estúpido de Hollywood, que inserta
chistes en las situaciones más peligrosas.
STM
es en parte responsable de todo eso. Como pionera, tiene lo mejor y lo peor de
lo que se ha producido en los últimos 35 años. La diferencia es su estilo, la
manera en que fue concebida y realizada, su eficacia, sus aciertos. Es una obra
en tres actos que combina ciencia ficción, drama e historieta cómica. Está
dirigida con talento y amor por los detalles. Guion, actuaciones, fotografía,
edición, música, efectos y demás elementos se conjugan de forma fabulosa y aún
hoy no superada.
Richard Donner, director
Las
características del género
Producir
una película de superhéroes es una tarea difícil. Desde 1978 quedó establecida una
serie de patrones. Asimismo, varios elementos de STM se convirtieron en íconos
por derecho propio, tanto que fueron luego incorporados al universo canónico
del personaje.
El reparto
En
una producción de este tipo, el balance del reparto –con fines de mercadeo– es
fundamental. Analicemos el ejemplo de STM. Los productores del filme, Alexander
e Ilya Salkind y Pierre Spangler, lograron que Marlon Brando y Gene Hackman
firmaran para actuar en STM. Con esos dos nombres, de los actores más cotizados
de Hollywood, había mayores opciones de obtener financiamiento. Para el papel
del superhéroe se pensó en nombres también famosos, como Paul Newman, Robert
Redford y Clint Eastwood. Hasta Sylvester Stallone, Charles Bronson y Burt
Reynolds fueron considerados. Por fortuna, Donner decidió que la mejor opción
era tener un “desconocido” para esa parte. Y su decisión terminó por crear una
simbiosis nunca antes vista –y aún no superada– entre actor y personaje. Desde
ese momento, Superman fue Christopher Reeve y viceversa.
Los
ejemplos a partir de entonces sobran, empezando por un actor relativamente
menor como Michael Keaton para encarnar a Batman y un actor muy reconocido como
Jack Nicholson para el Guasón en la versión de Batman (1989) de Tim Burton.
En
este tema, hay un aspecto fundamental que explica por qué especialmente en el
caso de Superman el actor debe ser relativamente desconocido, y se debe a que
el personaje no tiene máscara (recordemos que su disfraz es el de Clark Kent),
por lo tanto debe ser creíble de primera entrada. Si pensamos en Spiderman o en
Batman, nos daremos cuenta de que lo que importa es la máscara, y no la cara
del actor. Claro, siempre es bueno tener a alguien con carisma y un mínimo de
capacidad histriónica.
Jor-El (Marlon Brando)
El humor
En
Hollywood, el humor dentro de producciones que se supone que no son
humorísticas es un elemento típico. Lastimosamente, suele resultar pobre, de
mal gusto y terminar en mero bathos.
¿En qué cosiste esta figura retórica? En lograr un efecto contrario o
contraproducente, que pasa el discurso de un tono serio o solmene a uno cómico
o lugar común, de manera ordinaria.
Este
efecto es muy usual, y aunque el bathos
puede ser sin intención, es evidente que los productores saben que la inserción
de chistes fáciles en medio de situaciones angustiantes es sumamente apreciado
por la mayoría del público. Los ejemplos son incontables, pero pensemos en uno
reciente, como Tony Stark bailando soul
para ponerse su traje o Peter Parker, quien luego de salvar la ciudad, llega a
su casa con los huevos orgánicos que su tía le pidió días atrás.
En
STM está presente ese tipo de humor. Sin embargo, dos grandes diferencias entre
este clásico y el resto: 1) una cosa es ser pionero en el uso de un recurso y
otra repetirlo hasta el cansancio y 2) el tono de la mayor parte de la película
es caricaturesco, humorístico, porque hay ahí una intención de utilizar un género
en particular. Cuán diferente y soso resulta ese humor en medio de producciones
con pretensiones “realistas”, de luchas, guerras y acción.
Fuera
de STM y Superman II (1980), cuyo
estilo camp es adrede, son muy pocas
las que han logrado la transición hacia un estilo “serio” (aunque no resisten
la tentación del chiste ocasional). Entre estas tenemos X-Men (I y II), el Hulk,
de Ang Lee o la trilogía de Batman dirigida por Nolan.
Las continuaciones
La
franquicia fílmica de Superman, junto con los demás blockbusters de los setenta, estableció un negocio en el cual
siempre era posible explotar la misma idea y el mismo personaje en varias
secuelas. Pero además, esas secuelas eran anunciadas al final de la película,
fuera con una escena que dejaba abierta la trama o simplemente con una leyenda
tipo “Continuará” o “El próximo año: Superman II”.
En
los últimos años, esa tendencia fue capitalizada por Marvel, que en las
películas de su universo fue ligando a los personajes con escenas completas que
se presentaban luego de los créditos finales.
Influencia de STM
en el canon del Hombre de Acero
Si
bien los aspectos anteriores son propios del género, STM también logró fijar cuatro
elementos sin los cuales (hasta hace poco) una película de Superman era
impensable: las secuencias de créditos, el diseño de Krypton, la música de John
Williams y la presencia de Christopher Reeve.
Para
1977, George Lucas –quien junto con Spielberg desarrolla el nuevo sentido del blockbuster estadounidense– decide
prescindir de créditos iniciales. Considera que el efecto dramático se pierde y
que por eso es mejor ir de una vez a la acción. A pesar de esto, sí que
aparecen las secuencias de la Twentieth Centruy Fox, de Lucas Films Ltd.
y el logo de Star Wars [La guerra de las galaxias] (1977) con la
música potente (también de Williams) y el prólogo. Hoy es común que las
películas destinadas al público masivo no tengan secuencia de créditos al
inicio.
Pero
STM mantuvo esta secuencia, y creó una de las más fabulosas que existen. Hasta
hoy, los créditos en letras azules (similares a las usadas en las revistas),
que se expanden y se alejan, al compás de la marcha del “Superman Theme”, son
marca de fábrica.
El
Krypton que diseñó John Barry (el mismo que trabajó en Star Wars), como un planeta glacial y desolado, en el que se ha
desarrollado una tecnología de cristales inteligentes, con los trajes blancos y
resplandecientes de sus habitantes es otro de los sellos de esta película. De
igual forma, la banda sonora compuesta por John Williams ha pasado a formar
parte del acervo cultural ahí donde la cultura occidental haya penetrado. La fanfarria
de la marcha es absolutamente distintiva.
Y
por supuesto, la personificación que hizo Reeve de Clark Kent y de Superman, al
punto de que aún hoy dudamos de que nadie sea capaz de usar ese traje o esas gafas. Con garbo y personalidad como héroe, tímido y torpe como periodista, su
imagen se ha fijado en la retina y en el inconsciente como el Superman
definitivo.(3)
Estos
cuatro elementos están tan integrados en el ADN del personaje, que cuando Bryan
Singer decide dirigir una nueva entrega del Último Hijo de Krypton, quiso tanto
hacer una continuación como un homenaje, y por ese motivo Superman Returns [Superman
regresa] (2006) pudo calar entre los aficionados al héroe. Pero esa virtud
fue a la vez su pecado. La versión de Singer quedó completamente atada a los
clásicos del 78 y del 80. No logró crear nada distintivo y por lo tanto la
película perdió autonomía. Los que la disfrutamos, lo que disfrutamos fue ver
en pantalla una vez más todo lo que amamos en aquellas primeras versiones.
Christopher Reeve
You´ll believe a
man can fly [Creerás que un hombre puede volar]
¿Por
qué STM es una película tan fabulosa? Para empezar, fue la primera en que se
logró hacer volar a una persona y que esta
acción no se viera torpe ni ridícula. Antes de eso los recursos fueron desde
dibujar las secuencias de vuelo hasta presentar únicamente el despegue y el
aterrizaje del personaje. Hoy notamos algunas escenas en las que no se
logra la fusión del vuelo y del paisaje, y todo se ve rígido, pero en la
mayoría es absolutamente genial. La mejor prueba es el final de cada película,
con Superman volando fuera de la tierra. Escenas majestuosas.
Luego,
todo el filme está hecho con verdadera pasión por un gran director. Si poco
antes Donner había logrado crear la que considero la mejor película del género
de terror y nos convenció de la existencia del demonio (The Omen [La profecía],
1976), con STM logró dar nueva vida a todo un género y sentar las bases de las
últimas décadas.
El guion
Lo
primero que hicieron los Salkind fue contratar al escritor Mario Puzo para que
escribiera el guion. Imagínense. El mismo guionista de El padrino (I y II). Por eso, tal y como aquellas películas, Puzo
soñó con un Superman en dos partes, filmadas al mismo tiempo. Este guion luego
fue trabajado por los esposos Newman, David y Leslie, junto con Robert Benton.
Pero estas primeras versiones no le gustaron a Donner, quien consideraba que el
tono camp que le dio Puzo no mostraba
respeto por el personaje. La visión de Donner era más “seria”, más “realista”,
según los cánones que muchos buscan hoy. Sumado a esto, resulta que el guion
contaba nada más y nada menos que con 550 páginas. Imposible filmar todo el
material en dos películas.
Donner
contrató a Tom Mankiewicz para reescribir el guion, y acercarlo más al tono
buscado. Entre ambos, decidieron reforzar la metáfora mesiánica: Kal-El como un
Jesús enviado a la Tierra a salvar a la humanidad. Solo esta premisa dota al
proyecto de un aire épico y solemne del cual carecen casi todas las películas
de superhéroes, aunque luego de la llegada de Kent a Metropolis el tono cambia
radicalmente.(4)
Diseño, fotografía y edición
Además
del director, los guionistas y los actores, ¿puede uno imaginarse un mejor
equipo? El personal que trabajó en STM es de primera línea, con un currículum
envidiable. John Barry, encargado del diseño, no solo había trabajado en Star Wars, sino también con Stanley
Kubrick en The Orange Clockwork [La naranja mecánica] (1971). Stuart Baird,
el editor, ya había trabajado en Tommy
(1975) o en la misma The Omen y el
director de fotografía no era otro que el veterano Geoffrey Unsworth (quien
falleció poco después y a quien se dedicó el filme), que entre su palmarés
cuenta con haber trabajado en 2001: A
Space Oddisey [2001. Una odisea espacial]
(1969).
Desde
los impecables escenarios de Krypton, pasando por los campos de trigo del midwest estadounidense hasta la gran
ciudad de Metropolis (New York), el aspecto visual está manejado con maestría.
Junto con este, los efectos especiales se estaban desarrollando enormemente y
los que se usaron para esta película fueron los más avanzados.
La
fotografía de Unsworth es realmente notable. Donde considero que brilla más y
mejor, con un acento absolutamente clásico es en las secuencias en Smallville.
Los planos extensos, los campos, los cielos azules, los caminos polvorientos de
un país enorme, el horizonte, los celajes. El detalle refleja la maestría en la
iluminación y el amor por el cine épico-dramático que se gestó entre los años
20 y los años 60.
Esta
parte del filme alcanza fácilmente la perfección. Sobre todo en su culminación –con
el abrazo entre Clark y Martha, en un campo de trigo–: uno cree estar viendo
desde Gone With the Wind [Lo que el viento se llevó] (1939) hasta Ordet [La palabra] (1955).
Gracias
a Eisenstein, aprendimos que la edición es fundamental para el significado. En
un buen montaje radica muchas veces el éxito de un filme. En STM el montaje es
justo, atinado y eficaz. Narrada de forma cronológica, los pasos entre un
ambiente a otro se van sucediendo de forma natural. Y en las escenas en
Metropolis es donde mejor se puede apreciar el efecto dramático. El ejemplo más
apropiado que se me ocurre es el primer rescate de Lois que coincide con la
primera aparición de Superman. La emoción y el suspenso se conjugan en este
secuencia gracias a un montaje preciso que nos lleva del helicóptero a Lois, de
la calle a la vista del edificio, de la gente a Clark Kent. Luego, vemos por
primera vez el gesto clásico de desabrocharse la camisa que deja ver el escudo
y el cambio. Superman vuela, la gente observa, Lois está a salvo. La sencillez
de la acción solo se combina con la eficacia, con el efecto que logra en el
espectador. Pocas escenas serán tan memorables como esta.
La imaginación y la magia
Sí.
La magia. Permítanme ponerme cursi. Hoy el público quiere ver peleas, batallas,
luchas; quiere ver efectos especiales espectaculares. Y eso no tiene nada de
malo. Si existen los recursos y se usan adecuadamente, ¿por qué no permitirse
un espectáculo visual de tal naturaleza? El problema es cuando las coreografías
de peleas sustituyen la narración, la historia y los trucos que demuestran que
la imaginación no es un animal mitológico.
Asimismo,
muchos desdeñan STM porque la sienten anticuada, ridícula. ¡Qué difícil
hacerles ver que el arte no está en la tecnología! Cierto, no voy a negar que
hay elementos que no superan la prueba del tiempo, pero eso es bastante lógico,
y precisamente los elementos que se sienten anticuados son los elementos
superficiales, no los de fondo, no la historia, no la narración. Hoy deliramos
con los efectos que avizoramos para Man
of Steel, pero esos efectos serán caducos en 10 años. ¿Podremos entonces
ver esta nueva versión con los mismos ojos? ¿Logrará tener el encanto de un
cuento inmortal?
Si
extrapolamos esta situación a los videojuegos notaremos lo mismo. Los clásicos
de NES y SNES retaban la
imaginación, exigían ciertas habilidades mentales. En los noventa, estos juegos
fueron sustituidos por Mortal Kombat o Street Figther, cuya única acción se
limitaba a enfrentamientos directos entre dos personajes. Pulsar botones hasta
matar al contrincante era todo lo que se necesitaba. Lejos quedaba la paciencia
y la capacidad deductiva para encontrar la salida de alguno de los castillos de
Bowser.
En
el cine ha sucedido igual. Los efectos y las peleas han sustituido la magia, la
imaginación. Todo lo que queremos ver son golpes sin más. Pero con esos golpes
nadie llora, nadie se emociona.
Permítanme
extenderme más y exponer algunos ejemplos.
La
trilogía de Batman dirigida por Nolan adoptó un tono más cercano al film noir, al thriller psicológico. Su historia fue sólida y sus resoluciones
también. Al menos hasta la segunda entrega (The
Dark Knight [El caballero oscuro],
2008). Para muchos aficionados, la tercera entrega (The Dark KnightRises [El caballero oscuro asciende], 2008) fue
menor en calidad. Se habló como nunca de la gran cantidad de errores de guion y
de continuidad. Yo mismo, como suelo hacer, me dediqué a destrozar la película
parte por parte. No puedo quitarme ahora tampoco años de teoría
posestructuralista. Pero también soy capaz aún de asombrarme. De emocionarme.
De querer salir corriendo a ponerme una capa.
El caballero
oscuro asciende
tiene serios problemas, pero es mi preferida porque es la primera en la que Nolan
se permite soñar, imaginar. El escape de la prisión, del pozo aquel, no deja de
ser truculento, poco probable, pero cuán eficaz resulta en términos de la
historia. No hay efectos, no hay peleas. Es un tipo casi en harapos con un
mecate escalando un muro que ha probado ser infranqueable. O casi. Su escape alcanza
proporciones épicas. Es el punto de partida de la ascensión. Sin golpes, sin
explosiones, sin CGI. Es la resurrección.
Del fondo de las tinieblas emerge el héroe… y el corazón palpita.
Cómo
diantres llega luego a Ciudad Gótica es un misterio (risible), pero da igual.
Aquí ya estamos a su lado y el mundo es un escenario gigantesco. Que perdió
tiempo preparando aquel enrome símbolo que se enciende con fuego sobre un puente,
para que todos en la ciudad sepan que está de regreso. Sí. Innecesario y una
vez más poco probable en términos prácticos y reales. Pero cómo vibré con esa
escena. Se me salieron las lágrimas y me sentí por primera vez en una película
de superhéroes. No de tipos con problemas psicológicos como los míos, sino de seres
superiores.
Yo
pregunto, ¿dónde están esos momentos en Iron
Man, en Thor, en The Avangers? Es más, ¿dónde están esos
momentos en la versión de Batman de Tim Burton? No existen. La magia fue
sustituida por el CGI. El encanto y
la posibilidad de soñar fueron reemplazados por las coreografías de peleas. Que
eso es más realista. Que eso es más cercano. Absurdo. Para dilemas morales y “realismo”
me voy a buscar a Bergman, a Kurosawa. Para el humor me voy a buscar a Woody
Allen. Prefiero ver las paredes de cartón del Chapulín Colorado que el humor
elemental de Adam Sandler o la explosión de bombas en Iron Man.
Pues
en STM está toda la magia y el encanto. Deliberadamente ingenuo,
deliberadamente caricaturesco, con un Luthor y un Otis dignos del mejor dibujo
animado. Un niño podrá quedar marcado toda su vida cuando vea a su héroe retar
al padre para cambiar la historia. Ridículo desde el punto de vista de la
ciencia y desde nuestra mirada cínica de siglo XXI, pero fabuloso desde el
punto de vista de la historia: Superman vuela alrededor de la Tierra a tal
velocidad que logra devolver el tiempo. Y durante todo el metraje nos hemos enfrentado
con escenas mágicas: el rescate del helicóptero, la persecución de los misiles,
el levantamiento de la placa debajo de la falla de San Andrés, Superman haciendo
las veces de riel para evitar el descarrilamiento de un tren.
Otis (Ned Beatty) y Lex Luthor (Gene Hackman)
Creo
que sí es posible lograr una historia seria, de calidad, coherente. Es más, es
necesario, pero no por ellos se debe renunciar al objetivo principal de una
película de superhéroes: emocionar y encantar, hacernos creer –sin tomarnos por tontos–, aunque sea por
dos horas, que podemos cambiar el mundo. ¿Confort estúpido? Puede ser, pero
¿cuántos cineastas lo logran, cuántas películas lo logran? Pues bien, sobre
estas ideas y estos parámetros es que juzgaré Man of Steel dentro de unas semanas.
El legado y el
futuro del Hombre del Mañana
Si
usted, paciente lector, ha llegado hasta aquí, probablemente es porque algo de
razón ha encontrado en lo expuesto. Quienes hayan renunciado en las primeras líneas
son los que solo desean CGI, peleas y
explosiones.
A
punto de entrar en una nueva era (eso espero fervientemente) he creído
necesario repasar un poco la historia de la película de superhéroes más
importante hasta la fecha; para reflexionar sobre las posibilidades del género,
pero principalmente para entender dónde radica la capacidad transformadora de
un gran filme.
Los
fanáticos de Superman esperamos que la nueva versión de este personaje que nos
traerá Snyder sea excepcional. Sin embargo, aún si lo logra, no creo que esto implique
que STM quede superada. Al contrario, debería adquirir mayor relevancia por su
importancia histórica, y debería ser estudiada como el paradigma del género.
Los
primeros 50 minutos de STM (en la versión extendida) son impecables. Hasta ese
momento no hay una sola imagen de Superman. Y en ese minuto 50 apenas lo vemos
de lejos por unos pocos segundos, mientras abandona la Fortaleza de la Soledad.
Pasarán todavía unos 20 minutos hasta que lo veamos entrar por primera vez realmente
en acción. Eso se llama contención. Eso significa saber contar una historia,
saber narrar.
El
resto de la película tiene altibajos y problemas (debido en parte a la presión
de los productores sobre Donner), pero contiene asimismo los momentos más
hermosos en una película de Superman o de cualquier película de superhéroes en
que las caricaturas cobran vida. Lo demás ya lo conocemos. Y todo lo anterior, desde los confines de la galaxia, lo termina de escribir un niño de seis años y lo firma un hombre de 38 que no
ha olvidado aquel día que creyó poder volar y extendió los brazos por primera
vez, y que hoy –porque sí, porque la vida arrecia–, quisiera rodear la Tierra y
devolver el tiempo una vez más.
Gustavo Solórzano-Alfaro
Alajuela, 23 de mayo de 2013
Notas
(1)Lo pongo entre signos de pregunta porque no sabemos si será nombrado tal cual en la película.
(2) En
aquel tiempo no había estrenos simultáneos, pero aventuro que de haberla visto
a los tres años este artículo no existiría.
(3) En
23 años tuvimos cuatro actores encarnando a Batman, y aunque amamos a Christian
Bale como el Caballero Oscuro, no había terminado de enfriarse su
interpretación cuando ya estábamos apostando por su sustituto. En 35 años nadie
ha imaginado que Superman pueda otro sino Reeve.
(4) Debido
a causas legales, el guion original de Puzo no está disponible. Aquí se puede
leer el guion que había en 1976, antes de que Donner y Mankiewicz se
involucraran. Valga señalar, que si parte de la película es bastante camp, no quisiera imaginarme el guion
original. Además, cabe recordar que en los créditos finales de STM se indica
que hubo material adicional creado por Norman Enfield, pseudónimo de Donner y
el mismo Christopher Reeve.
Las Malas Juntas celebra su segundo aniversario. Y con motivo de esta celebración lanza su volumen 35, un especial dedicado al poeta cubano Octavio Armand.
El dossier cuenta con una serie de materiales inéditos, facilitados por Johan Gotera, quien para esta ocasión es el editor invitado y encargado de la presentación.
Gracias a Johan Gotera por el trabajo realizado y por los materiales aportados.
Gracias al equipo de Las Malas Juntas: Carolina Lozada, Víctor Azuaje, Luis Moreno Villamediana y Gustavo Valle. Y de parte de este equipo y de este servidor, gracias a todos los lectores y colaboradores que nos han acompañado durante estos dos años.
Aquí está. Un video aficionado. Un proyecto personal, íntimo, con la complicidad de Libros Duluoz. La primera sesión, con la escritora Angélica Murillo.
Gracias a Angélica, por aceptar la invitación y Andrea Mickus, de Libros Duluoz, por trabajar en esta idea.
En
próximas semanas estaremos echando a rodar un pequeño proyecto: Sesiones en
Duluoz. Poesía, que consiste en un breve encuentro casual, íntimo, con un autor
específico en la casa de Libros Duluoz. Estos encuentros serán grabados de
manera informal para ayudar a difundir el trabajo de diversos poetas.
Nuestra
primera invitada será la escritora Angélica Murillo, de quien compartimos aquí
en el laberinto de Asterión una muestra de su poesía.
Suiki-Tenno
y Lu Yu frente al Templo Budista de Nara a la hora del té
Japón,
606 d.C.
Dispongo
del abrazo para recibirte.
Preparemos
Lu
Yu
el
agua blanda
para
el dragón negro
Y
el té rojo.
Lejos,
el viento esparce por la tierra
lo
grande y lo pequeño
la
forma y el agua.
El
agua que ofrece de su aliento:
La
flauta de bambú.
La
tinta de Gautama.
Nuestra
pequeña tetera
color
de arcilla.
El
tiempo es propicio
y su vientre
¾
partes del otoño.
Bebamos
Lu
Yu
el
dragón negro
y el té rojo.
El
silencio es eterno.
Y
el instante habla
por
nosotros.
Delfos,
28 de mayo de 585 a.C.
A
Josu Landa
Sofía
mía, las aves en celo y en el jardín: Bilitis
ha
besado e labio donde se posan los versos de Safo.
Amiga
mía, del aire que deshace, del agua siempre,
no
es preciso hallar camino para huir del tiempo:
Mira
en torno la mecánica –celeste–, el laurel retoña
de
nuevo y en la arena, los atletas pitios disputan su corona.
Pero
de todos los enigmas, que el Oráculo de Apolo le confió
a
esta esclava de Dionisio, ninguno, volverá a los muros de Delfos.
He
visto sucumbir imperios que no creían en la muerte,
he
visto a los amantes del espejo y el doble anillo exigir su sangre.
Tales
no predice, no dice que la Diosa volverá y el agua
tomará
su antigua forma para librarnos de este sueño.
Dulce
es la espera cuando el destino ha empeñado su palabra.
Dejemos
que en la arena, Pitonisa, sigan su juego los atletas.
De
Variaciones entorno a la trayectoria de una hormiga, pp. 15 y 17
Emilia
I
A
Emily Dickinson
1
No
le canto al hombre –palabra soez y malsonante–
Sino
a la plaga terrestre, a la fiera
Compuesta
de langosta y unicornio.
2
Amo
a los que dejaron de ser
Para
ser cactus, engendro
gusano
reptante
o
desperdicio.
3
Y
a vos, Emilia, caníbal de mi pecho:
Aquellas
impúdicas palabras no eran para ti.
Emilia II 1 Odio a las ciudades como otros odian a la hierba, esa niña salvaje o al piojo que escupe su condición humana o al que defeca en abril cuando el capullo se abre. 2 Soy un grillo, un pájaro, una sombra. Pero ¿en qué raíz o tubérculo, en qué fruto? 3 A mí de repente me da pena morirme. Dejar a la hiedra así no más. 4 Cúlpame si quieres nací en los suburbios de la historia al margen de Lorca y de Whitman al Oeste. 5 Aún te espera tu viejo trineo sobre el polvo. 6 Nos iremos muy lejos si alguien llama a la puerta.
“II. Con vientre de medusa y tigre bleik”,
en Sobre el amor filial –y otras
desviaciones–, pp. 20-27
Angélica
Murillo (San José, 1976). Escritora y comunicadora social con énfasis en
periodismo por la Universidad de Costa Rica (UCR). En dicha universidad dirigió
el Taller Literario Elipsis (2006-2007) y fue cofundadora del grupo Poiesis* (2002). Mención de honor en el III Concurso Internacional La Revelación y premio
al mejor videopoema en el VIII Concurso Internacional de Poesía Breve La
Vanguardia (ambos en España, 2009). Ha publicado los poemarios Variaciones en torno a la trayectoria de una
hormiga (San José: Ediciones Perro Azul, 2010) y Sobre el amor filial –y otras desviaciones– (Heredia: Ediciones
Espiral, 2011).
* Grupo
diferente del que posteriormente fundó Ronald Bonilla, el cual se encuentra activo.