17 feb. 2017

"París, Alajuela": un relato sobre un encuentro casual


París, Alajuela

Habíamos llegado a París con la intención de conocer a Renzo pero sobre todo con el ánimo de ver la nueva película de Godard. El mismo día de la llegada me puse en contacto con Fabiola, nuestra corresponsal argentina en cuanto a amistades peligrosas se refiere. Me dijo que Renzo nos esperaría frente al Cine Rojo y me dio la dirección. Nos montamos en el tranvía, que nos dejó en una calle relativamente desierta. Empezamos a caminar hasta que poco a poco fuimos divisando algo más de gente cerca de un parque. Llegamos y de inmediato vimos el cine, que efectivamente era rojo. El parque y el cine eran sumamente parecidos al Parque de los Mangos y al cine Milán, en Alajuela, lo cual nos causó algo de gracia. Para más curiosidad, parecía que había algunas obras en proceso, pues frente a la fachada del cine se alzaban montículos de arena y piedra. Detrás de estos se divisaba un grupo de personas, entre las cuales creímos distinguir a Renzo, con su piel morena y sus colochos. Sin embargo, acercarnos nos tomó siglos. Era como si en el medio hubiese una barrera invisible, que nos impidiese acercarnos de una vez. A esto se sumaba una especie de angustia. Por fin, rodeamos uno de los montículos y el mismo Renzo pareció reconocernos. Se levantó, saltó el montículo y se presentó. Nos dijo que pronto abrirían el cine, pero que debíamos esperar que removieran la arena y la piedra. Elsa decidió ir a ver algunos de los puestos de ventas callejeros, mientras Renzo y yo empezamos a caminar y a conversar. Lo primero que hice fue tratar de retener el lugar en el que estábamos, para no perdernos luego en el camino de regreso. Poco a poco fuimos avanzando, hablando de las trivialidades lógicas cuando uno recién se topa con alguien por primera vez. A los pocos minutos noté que estábamos de nuevo en una calle bastante solitaria, en un bonito barrio. “Ahora sí me perdí”, pensé, “qué madre, será difícil regresar. Ni modo”. De pronto, vuelvo a ver a Renzo y ya no encuentro ni la piel morena ni los colochos. En su lugar, caminaba y conversaba conmigo un señor de piel blanca, tirando a rosada, de pelo también blanco, muy delgado, pero eso me resultó de lo más natural. Llegamos a una pequeña plaza donde nos sentamos. En ese momento fue cuando me di cuenta de que ese señor definitivamente no era Renzo, y que él tampoco tenía la más remota idea de quién era yo. ¿Por qué entonces se había presentado y había aceptado que lo llamáramos Renzo y estaba caminando y conversando conmigo tan amablemente? Pensé que a lo mejor era alguna costumbre parisina. Acompañar a los viajeros perdidos. Sentados, lo noté incómodo. Empezó a darme algunos consejos. Me dijo que lo primero que debía hacer en París era comprarme una camisa de piquito. “¿Sabés que es una camisa de piquito?”. Yo, por supuesto, no tenía ni puta idea de qué diantres era una camisa de piquito, pero le dije que sí, que claro, y que sí, que me compraría una. Pero lo miraba de arriba abajo y me daba cuenta de que su camisa era prácticamente igual a la mía. Me reservé otros comentarios y le seguí la corriente. En todo caso ya era algo tarde. Nos habíamos perdido la película y yo debía regresar para ver dónde estaba Elsa. Me excusé. Me despedí de nuestro nuevo Renzo y caminé unos pocos metros, hasta ver otra vez grupos de gente, los puestos callejeros y distinguir a Elsa con su abrigo blanco caminando entre la gente. Era ella, sí, en el Parque de los Mangos, frente al conservatorio de Alajuela.


9 feb. 2017

Subrayar o no subrayar


Hace un tiempo, mientras no había vuelto a esta casa y tenía mis cosas en una balsa, había compartido una breve nota sobre la acción de subrayar los libros. Antier se publicó “Subrayar libros, un sacrilegio necesario”, artículo de Esteban Ordóñez Chillarón, y quise retornar a aquellas breves reflexiones.

Siempre me ha divertido ver a mis compañeros o a mis estudiantes subrayando un texto (especialmente si lo hacen –que es siempre– con un marcador fosforescente). Se concentran tanto en encontrar la “verdad”, que al terminar de leer todas las hojas lucen verdes, anaranjadas o amarillas. Lo han subrayado todo, con lo cual el sentido primario de subrayar (recordar, retener) se ha perdido.

Otra experiencia proviene de los libros que me ha prestado un gran amigo (no diré su nombre debido a su timidez): las páginas están llenas de notas, de signos, de elogios, de improperios, de reflexiones. Y también leo estos paratextos, igual que los monjes medievales, quienes terminaban por incorporar lo escrito en los márgenes en sus nuevas copias (de ahí que hoy estemos tan confundidos respecto a las manzanas, a las palomas y al pecado). Uno podría pensar: “Estoy siguiendo la ruta de lectura de otra persona y no la propia”. Bueno, en realidad, es igual que cuando escribimos: a pesar de la penumbra de nuestros cuartos jamás estamos realmente solos.

Por mi parte, nunca en mi vida he rayado o subrayado un libro. Y creánme que me he arrepentido de no hacerlo cuando por obligación, necesidad o simple deseo tengo que repasar páginas y páginas enteras para poder encontrar una cita que acabara de recordar.

Esta práctica “subrayatoria”, que en otro tiempo me hubiera parecido atroz, hoy me resulta harto comprensible. Incluso he llegado a desear poder hacerlo, aunque aún me contengo. Sé que esta aversión es un problema mío, y no pretendería imponerlo a otros. También, sé que la incapacidad de hacerlo proviene de una noción de la literatura como algo sagrado, con lo cual además se confunde una cosa por otra: literatura y libros no son lo mismo.

Esta perspectiva de la literatura como un terreno elevadísimo que no debe ser profanado está en sintonía con la petrificación de los autores, de los clásicos. Es decir, responde a una idea de que los clásicos deben ser respetados, y entonces confundimos respeto con esterilización. No. Ni los libros ni los escritores ni los clásicos en general son sagrados ni nada que se le parezca. El mejor homenaje siempre es poder sentarse a discutir con ellos, como si de viejos amigos se tratara.

Ahora, aceptando que subrayar es una práctica sana e incluso esperable, intentaré señalar también algunos aspectos positivos que se derivan del acto contrario: no subrayar.

Subrayar puede ser un ejercicio útil para la investigación y la academia. Nos evitaría repasar un texto entero en busca de esa cita exacta que ilustra nuestro argumento. Pero no creo que sea útil para la escritura. De hecho, en un breve texto de El idioma materno, “La vanidad de subrayar”, Morábito plantea que el subrayado puede funcionar como un sustituto de la escritura misma. Y tiene razón.


Subrayé mi ejemplar de El idioma materno
con fines dolorosamente ilustrativos

El subrayado petrifica el sentido. La acción de trazar una línea bajo un grupo de palabras nos ilusiona además con la idea de que hemos captado lo más importante. Todo esto solo evita que repasemos las lecturas, que releamos, que retornemos a los libros en busca de un recuerdo que se convierte a su vez en un nuevo horizonte.

Dejar un libro sin subrayar es prometer un reencuentro. Es dejar abierta la posibilidad de que aquello que en otro momento no vimos salte a nuestra vista, es entender que no hay una idea central o “importante”, más bien un estilo que nos seduce una y otra vez.

2 feb. 2017

Dos poemas de Fabio Morábito


Llegué a Fabio Morábito a través de su libro El idioma materno. Había estado buscando Grieta de fatiga, pero no lo encontré (recién lo adquirí y ahora lo estoy leyendo), así que me hice de aquel otro libro y de Caja de herramientas. Amor absoluto a primera vista. Y hoy tengo en mis manos Un náufrago jamás se seca, que reúne sus cuatro poemarios hasta la fecha, y quiero aprovechar para compartir con ustedes dos poemas.





Mudanza

A fuerza de mudarme
he aprendido a no pegar
los muebles a los muros,
a no clavar muy hondo,
a atornillar sólo lo justo.
He aprendido a respetar las huellas
de los viejos inquilinos:
un clavo, una moldura,
una pequeña ménsula,
que dejo en su lugar
aunque me estorben.
Algunas manchas las heredo
sin limpiarlas,
entro en la nueva casa
tratando de entender,
es más,
viendo por dónde habré de irme.
Dejo que la mudanza
se disuelva como una fiebre,
como una costra que se cae,
no quiero hacer ruido.
Porque los viejos inquilinos
nunca mueren.
Cuando nos vamos,
cuando dejamos otra vez
los muros como los tuvimos,
siempre queda algún clavo de ellos
en un rincón
o un estropicio
que no supimos resolver. (pp. 58-59)



Sin oficio

Yo que no tengo oficio
excepto traducir,
que más que oficio es una astucia,
miro a los albañiles
que en lo bajo
conocen todo o casi todo
del cemento;
trabajan duro,
mezclándose con orden
a la luz del día.
Levantan de la nada
una materia audible,
ven cómo el simple lodo
se transforma
para imprimirse en él
la voluntad común.
Conforme el edificio crece,
suben de altura,
pian su propia obra,
no tienen dudas
saben que el mundo existe.
y que cada piso cuesta
y cada metro exige
un sacrificio.
Lo saben sin pensarlo,
con cada músculo que tienen,
por eso vueven a sus casas
tan livianos,
sin pesadumbre,
y mientras unos fuman,
los otros no desvían los ojos
de la acera,
están cansados,
dejaron todo en los ladrillos,
que se enfrían. (pp. 62-63)


                       Del libro Del lunes todo el año, en Un náufrago jamás se seca,
Buenos Aires: Ediciones Gog y Magog, 2011, 166 pp.




Fabio Morábito (Alejandría, 1955). Escritor de origen egipcio, hijo de padres italianos, vivió su infancia en Milán. Desde los 15 años vive en México y toda su obra la ha escrito en español. Es autor de los poemarios Lotes baldíos (Premio Carlos Pellicer, 1985), De lunes todo el año (Premio Aguascalientes, 1991), Alguien de lava (2002), La ola que regresa (reúne los tres volúmenes precedentes, 2006), Delante de un prado una vaca (2011) y Un náufrago jamás se seca (reúne toda su poesía, 2011); los volúmenes de relatos La lenta furia (1989), La vida ordenada (2000) y Grieta de fatiga (Premio Antonin Artaud, 2006); los libros de prosas varias Caja de herramientas (1989), También Berlín se olvida (2004) y El idioma materno (2014); la novela Emilio, los chistes y la muerte (2009), el ensayo Los pastores sin ovejas (1995) y el relato infantil Cuando las panteras no eran negras (Premio White Raven, 1997). Ha traducido, entre otros, la obra completa de Eugenio Montale, y a la vez, parte de su obra ha sido traducida al alemán, al inglés, al francés, al portugués y al italiano.



20 ene. 2017

¿Por qué odiamos la poesía? En torno a “The Hatred of Poetry”, de Ben Lerner


“A mí también me desagrada”. “I, too, dislike it”. El verso es de Marianne Moore, y con este arranca el escritor Ben Lerner (Kansas, 1979, autor de Leaving the Atocha Station) su ensayo The Hatred of Poetry [El odio de la poesía]. Continúa el poema de Moore sugiriendo que debemos leer poesía con cierto desprecio, porque solo de esa forma encontraremos luego un espacio para lo genuino. He aquí el punto de partida, la tesis del ensayo (pp. 3-4).

Cada cierto tiempo aparecen defensas de la poesía o visiones apocalípticas que la dan por muerta. Zagajewski consideraba que las defensas suelen resultar patéticas, pues generalmente son hechas por los mismos poetas, y evidentemente, ¿qué podríamos esperar de esto? Quizá por eso este ensayo de Lerner toma la vía contraria: odiar la poesía es consustancial a esta forma de arte. ¿A qué se debe esto?

La respuesta de Lerner no es simple, pero podría sintetizarse del siguiente modo: hay en la poesía y en los poetas un ideal de trascendencia que no puede ser alcanzado por ningún poema. Esta fractura que se produce entre la aspiración y la concreción del poema no logra ser nunca subsanada. Por eso mismo es perfectamente comprensible que los mismos poetas odien la poesía, porque serán ellos el blanco de los lectores, que ciertamente esperan demasiado de la poesía: una promesa que nunca se cumple.

Ben Lerner. Fotografía de The New Yorker.

Por supuesto que esa expectativa se debe a la escuela, a la enseñanza (y a muchísimos poetas ingenuos o torpes): la poesía es elevada, revela las verdades más ignotas del ser humano, los arcanos del universo; su lenguaje es el más puro y excelso. Cuánto desearíamos que fuese así. Bueno, en realidad de esto no estoy muy seguro. En todo caso, el punto es que esta expectativa no se llena.

Ahora bien, es evidente que debemos tomar la palabra “odio” con cuidado. Sabemos que la distancia o el paso entre el odio y el amor o viceversa es muy corta, y que culturalmente estamos dispuestos a aceptar que a veces parecen comportarse del mismo modo e implicar las mismas cosas. De hecho, abundan los ejemplos de autores que “odiaban” la poesía en la escuela y luego terminaron dedicándose como unos ilusos a ella. Igual que en la amistad, igual que en las parejas: primero no nos soportamos y deseamos que caigan sobre el otro todas las pestes, y luego no podemos separarnos.

El odio hacia la poesía se nutre de esa sensación de imposibilidad, de fracaso. La historia nos llena con ejemplos aspiracionales, voces universales capaces de hablar en nombre de todos los seres del mundo, escritores tan dotados que conocen la antigua lengua de los dioses. Sin embargo, la realidad del presente (este presente y todos los anteriores y por venir) echa por tierra esta noción. Homero con suerte le cantaba a cuatro gatos reunidos en el ágora. Platón expulsó a los poetas por fiesteros. Rimbaud prefirió irse a cazar jabalíes. Whitman, esa gran voz de “América”, era más feliz cantándose y celebrándose a sí mismo, y Ginsberg apenas si logró gritar. Las certezas desaparecen. ¿Qué es un poema? ¿A qué debe aspirar? ¿Podemos imaginar un lenguaje poético que una (sea como gesto político o meramente humanitario) a todas las razas; a hombres y a mujeres, a blancos y a negros, a pobres y a ricos?

Difícilmente podemos creerlo posible. La razón del arte es recordarnos siempre la imposibilidad, el fracaso (esto no necesariamente lo dice Lerner, o al menos no lo dice así). La imagen del poeta como la voz del pueblo choca completamente con la actualidad. Hoy si acaso podemos aspirar a diluir el rasgo biográfico en un texto que pueda ser apreciado por unos cuantos, a exponer algunas ideas o emociones capaces de conectar en algún punto con unas pocas personas.

¿Es esta una derrota de la poesía? ¿Una perspectiva mediocre? Muy al contrario. Es una experiencia y perspectiva concreta, lejos de poses ingenuas o de sacralizaciones absurdas. Es una reconciliación con la escritura y con la vida misma, un bálsamo que sana las heridas dejadas por una batalla perdida cuando se asume como una cruzada y no como un acto humilde, como una vocación que sí, en el fondo, nos da algunos pequeños chispazos de alegría, porque solo a eso podemos aspirar: a unos breves momentos de iluminación. Curiosamente, la única manera de atisbar esos chispazos, esos breves momentos, es continuar ascendiendo como el Sísifo de Camus, plenamente conscientes de lo “inútil” de la empresa, tranquilos y en paz con la perspectiva de que no seremos llamados a leer un poema frente a las cámaras de televisión del mundo entero el día del traspaso de poderes en que vemos por fin el ascenso de Donald Trump.

La poesía, los poemas, se mueven dialécticamente entre su defensa y la posibilidad de ser denunciados (es decir, criticados, puestos en crisis), y solo con esas herramientas, con ese desprecio, con cierta amargura, es que finalmente lograremos atisbar algo parecido –quizás– al amor (cfr. pp. 85-86).


Ben Lerner (2016), The Hatred of Poetry, New: York: Farrar, Straus and Giroux, 96 pp.

En Good ReadsSe puede conseguir en Amazon.

10 ene. 2017

Una reseña apócrifa


Hace unos cuatro años, SoHo me había encomendado una reseña del “peor libro” que hubiese leído. Tamaña empresa. Motivado (engatusado) por el editor decidí que yo sería el valiente (imprudente) que escogería además un libro costarricense. Única mirando al mar fue la elección. Escribí la reseña y la envié. Al día siguiente se anunciaba que Fernando Contreras era el ganador de un Premio Áncora. Luego él anunció que lo rechazaba. De inmediato se convirtió en héroe nacional. El pánico se apoderó de mí. Con mis antecedentes, si esa reseña se hacía pública yo sería linchado y desterrado. Habría sido muy fácil señalarme y decir, simplemente, que la reseña era un patético intento de desacreditar al autor. Llamé al editor y le rogué que no la publicara. Por suerte me comprendió y no lo hizo. Me dije entonces que algún día la expondría al público. Ya ha pasado algo de tiempo. No creo que esta reseña afecte a nadie que sea capaz de tomarse las pocas un poco deportivamente. Aquí está:


***

La carne es débil, y el espíritu peor -parafraseo a Monterroso-, y sí, soy un fácil, así que cuando me proponen hablar del “peor libro que he leído” acepto sin más. Pero ¿cómo escoger el “peor libro”? ¿Qué se esconde tras esa dudosa categoría? Ante la incertidumbre, me asumo tan solo como aquel que lee sin mayores preocupaciones y apenas guiado por su falible gusto.

Pienso en Camilo, en Sagot; veo una imagen de La loca de Gandoca, por cuyo cacofónico título merece ser desterrado al índex de libros prohibidos. La mujer habitada, otra novela de feminismo de cafetín, ecología desechable y diosas africanas. El Tarantino de las letras hispanoamericanas: Bolaño y Los detectives salvajes. Hasta el genial Eco tiene novelas infumables, como Baudolino. Pienso en El principito. No porque tenga algo contra un texto infantil, sino contra aquellos adultos que lo toman en serio y lo citan como libro de cabecera. Ni que fuera Coelho. Pienso en el empachoso Veinte poemas de amor y una canción desesperada, que tanto problema cardiovascular sigue provocando.

“Pero no –me digo–, eso es muy fácil”. Mejor una misión suicida: Única mirando al mar. Bueno, seamos honestos, no sé si es el peor, pero sí de los más aburridos e ingenuos, porque ¿qué tanto se le puede pedir a un libro que apenas ve la luz es adoptado por los programas del Ministerio de Educación de un país iletrado y conservador? Si SoHo hubiese existido hace más de 70 años, habría escrito sobre Mamita Yunai, y si hubiese existido en 1924 en Colombia, La vorágine sería el blanco. Y no creo estar cometiendo ninguna injusticia. Al menos en parte, el mismo Fernando me da la razón, si no, ¿por qué otro motivo habría dedicado tanto esfuerzo a reescribir esta novela, a eliminar el lastre, como él mismo ha afirmado?

Vayamos 20 años atrás, cuando la leí. Única mirando al mar no está mal desde el punto de vista formal, del lenguaje narrativo o incluso de la anécdota. Lo impresentable es la broma pueril, esa tara del costumbrismo tico que de tan evidente se cae. Me resulta imposible aceptar ese tono documental, de denuncia, salpicado de humor básico y de frases de superación. Lo parodiado debió ser el capitalismo, no sus víctimas.

La metáfora de Momboñombo ─que se tira a sí mismo a la basura─ o el chocante optimismo de Única ─que no me trago─ nos sacarían al menos una sonrisa de condescendencia si no fueran tan caricaturescos. ¿Y qué me dicen de la onomástica? El típico intelectual que observa a los marginados de la tierra. ¿Cómo lograr la compasión con personajes que nos mueven a burla? Nunca atendió el autor el consejo del Estagirita. ¿No era suficiente la vida que llevaba Momboñombo como para que fuera necesario tirarlo a la basura? Y cuán fácil resulta hacer chistes contra la Iglesia católica. El Oso Carmuco parece un personaje de El Fogón de doña Chinda y la boda entre Única y Momboñombo no es más que un desafortunado intento de parodia.

Debí haber escrito esto hace 20 años, cuando di clases en secundaria por primera vez y tuve que leer esta novela. Debí haber escrito en ese entonces porque yo era otro y la novela era otra. ¿He cambiado yo? Ojalá. ¿Ha cambiado la novela? Ojalá. En todo caso, este ejercicio es guiado por algo tan subjetivo como el gusto. Me dicen que Los peor no está “tan peor” y vale la pena. Esperemos que Carmuco, el cortometraje de Patricia Velásquez sobre este “personaje”, le aporte dignidad. Y quién sabe, puede que las novelas condenadas a varios años de impunidad tengan una segunda oportunidad sobre la tierra.