21/02/2012

De la tradición en las artes: a propósito de "The Artist"



Desde hace poco menos de 200 años, desde el romanticismo, existe un tendencia en las artes por la búsqueda da la originalidad y de la novedad. Baudelaire vio este fenómeno con claridad y luego Octavio Paz también. De igual manera, los cánones fueron transformándose, pero a la vez perdiéndose; quiere decir esto que el aprendizaje y el dominio de la técnica pasaron a un  segundo plano, cuando no a ser víctimas de escarnio de los “preclaros nuevos artistas”. Al menos así ha sucedido en la literatura.

La segunda mitad del siglo XX puso en entredicho esos conceptos de “originalidad” y “novedad”, y los sustituyó por los de “pastiche” o “collage”; en síntesis, por el gesto irónico, que vino a traer un nuevo aire a las artes, pero que a la vez, por exceso, las arrojó a un limbo del que aún no salen.

En el caso de la literatura, el verso libre no es una novedad ni es experimental ni es transgresor. Quizá solo para la maestra de secundaria que enseña métrica superficialmente. Que la mayoría de autores, incluido yo, hagamos uso del verso libre no nos hace ni mejores ni peores. De igual forma, que un autor trabaje la filigrana de las formas clásicas tampoco lo hace mejor ni peor. Esto lo hemos dicho hasta el cansancio. Eso sí, alguien que trabaje las formas clásicas y lo haga bien es digno de reconocimiento, porque parte del diálogo con una tradición que la mayoría ha olvidado.

No se trata de nostalgia. No se trata de retorno al pasado, a una “época de oro”. Si el autor se queda en la contemplación vacía de las formas su propuesta será igualmente vacía. Aquí vale la pena enfatizar la palabra “diálogo”. Ni la adoración acrítica de las formas ni su abandono ad portas. Dialogar con la tradición es zambullirse en un océano profundo, rico en matices y posibilidades; es aprender y crecer. También, dialogar con la tradición, aunque suene contradictorio, es dialogar con la contemporaneidad, porque no se puede olvidar el lazo que une pasado y presente, y ese es el sentido amplio del conocimiento, de las luces, de nutrirse de ese largo linaje que nos precede para poder dotar a nuestra voz presente de sentido, cuerpo y solidez.

En este panorama, resulta que aquello que se considera transgresor, experimental o revolucionario no lo es en lo absoluto. Cuando un experimento se ha hecho por años, con resultados probados, deja de ser un experimento y se convierte en la regla, en la norma, en lo estándar, en el canon, en lo aceptado socialmente. Por eso, denostar las formas clásicas por supuestamente caducas en favor de un verso libre no razonado carece de sentido, porque el verso libre mismo es ya una forma clásica.

Así las cosas, más transgresor me resulta un poeta que escriba sonetos que uno que escriba cualquier otra cosa. Más experimental resulta un músico que compone una ópera que uno que se va al bosque tropical a grabar pájaros y el sonido de las hojas mecidas por el viento. Más revolucionario un artista plástico que use pintura y pincel que uno que deja olvidada la bolsa de las compras en la entrada de una galería. Eso sí, nada de esto con tintes de conservadurismo o como posición reaccionaria. Al contrario, como postura ética y estética progresista ante la insistencia de lo “nuevo” per se en detrimento de lo “viejo” per se.

Las anteriores reflexiones vienen a propósito del filme francés The Artist (2011), escrita y dirigida por Michel Hazanavicius, película muda en blanco y negro.

No voy a entrar en mayores detalles, pero la película, bien realizada desde el punto de vista técnico, con un meticuloso trabajo de fotografía y una banda sonora fabulosa, no pasa de ser un ejercicio de estilo, un entretenimiento liviano y finalmente una oda al cine de Hollywood. Aquí es donde uno podría pensar que se trata de una película experimental o arriesgada. ¿Por qué apostar por el cine silente en blanco y negro en la época de los efectos especiales, el color y la tercera dimensión? Uno podría imaginar que se debe a una posición transgresora: “Si todo mundo filma en 3D, pues yo voy a retornar a los fundamentos del cine”. Puede ser, pero aquí también es donde puede estar la trampa, porque no creo que la propuesta de Hazanavicius encarne sus ideales estéticos o cinematográficos y se pretenda una revolución en el mundo del cine. Considero que se trata solamente de un divertimento.

Filmar una película como The Artist no es sencillo, sobra decir. Por ello, también se debe dar el mérito, porque el equipo creador demuestra que conoce el oficio, que ha bebido de la tradición, que se ha sentado a conocer y a analizar las técnicas, los rudimentos de su arte. Sin embargo, si nos quedamos en eso, y solo hay mérito en ello, daría lo mismo magnificar Avatar y premiarla por su propuesta. Es decir, en términos estructurales, en términos técnicos, ambas son un prodigio de la fotografía, pero de una fotografía lastimosamente al servicio de una historia trillada y superficial.

Yo no creo que The Artist sea transgresora, porque no está hecha para pensar ni para conmover de forma profunda. Al contrario, está pensada como espectáculo, por eso es tan bien recibida, no porque sea una obra maestra, sino porque es una película nostálgica que puede ser digerida por públicos nuevos como un rareza sin más, como la atracción del momento. Sin contar con que apela a ese espíritu vintage (o hipster) de nuestra época, que tan bien consume el estilo y la moda de décadas pasadas. La industria gringa vio esto con claridad y por eso ha apoyado la película, porque en el fondo responde a sus ideales y a su forma de entender el mundo.

Un cineasta, como todo artista, está obligado a conocer la tradición de su arte. Y también está obligado a manejar las herramientas propias de dicha tradición. Por supuesto que conocer esto por sí solo no asegura ninguna obra maravillosa, pero de fijo el desconocimiento o rechazo de dicha tradición sin argumentación alguna mucho menos lo asegura.

The Artist revela un estado de las cosas, pero un estado sí conservador. Ahí donde la tecnología de punta avasalla a los cineastas y a las pequeñas productoras; ahí donde el formato 3D prevalece; ahí donde en el cine no se cuenta nada sino que todo explota, surge un deseo por retornar al pasado, pero este retorno es mera nostalgia sin capacidad renovadora, sin capacidad de transformación. Es la búsqueda de un paraíso perdido que nos dé asidero en la realidad, de una edad de oro que nos conforte, frente a la incertidumbre de nuestro tiempo, carente de fundamentos sólidos. Y todo esto, en síntesis, es una posición fundamentalista, una que cree que los dioses deben retornar, porque somos incapaces de imaginar un mundo sin ellos.

27/01/2012

Crítica de poesía VII: "Cine en los sótanos", de Alfredo Trejos



Soy un gran aficionado al cine. Pero como buen cinéfilo esnob, mi educación sentimental pasó primero por Europa, y no es sino hasta recientemente que he intentado llenar el vacío que representa el gran cine estadounidense. De igual forma, para quien no tenga mayores referencias, la poesía de Alfredo Trejos sería un excelente punto de partida.

Dentro de ese proceso de acercarme a los clásicos, del viejo oeste, por ejemplo, he pasado por la majestuosidad del cine de John Ford, hasta llegar a Unforgiven, de Clint Eastwood. La escena final de esta, o de The Searchers, son el epítome del antihéroe, del hombre solitario frente al mundo, pero sobre todo, del hombre solitario consigo mismo, de cara a un crepúsculo que solo le recuerda su propia mortalidad.

Unforgiven es una gran película, pero no fue sino hasta días después, cuando tuve la oportunidad de comentarla brevemente con Alfredo, que creí comprender realmente la magnificencia de dicha cinta. Y es que conversar con Alfredo sobre cine, o sobre Eastwood, es un placer similar a leer su poesía, quizá porque en realidad no hay diferencia entre su vida y su obra. Como pocos, o como ninguno, el Flaco parece un “poeta antiguo”, de esos capaces de poetizar cada instante. No sé qué significa eso de “poetizar” ni si tal concepto dice algo, pero de seguro es lo que hace Trejos. No importa si es un recibo de luz, una disculpa por no asistir a una cena, una cerveza a medio terminar, una mujer entrevista en la ventanilla de un banco, un pistolero irredento de espaldas, la llamada de un amigo, una pintura, una canción o la señora de la limpieza en una oficina gubernamental, Alfredo lo pondrá por escrito, con un lenguaje a la vez claro y a la vez desbordado de imaginación.

Día con día, a pesar de que a veces se repite, Trejos no deja de sorprender con un poema escrito en el instante preciso en que ocurre un suceso consuetudinario. Y lo hace con el equilibrio de un lenguaje desenfadado y a la vez profundamente filosófico. Sus palabras logran revelar las miserias y algunas pequeñas alegrías de la vida diaria.

Dentro de esta visión, la derrota y el fracaso del ser humano son las constantes. Pero no se trata de una visión de víctima o de mártir, al contrario, se trata de abrazar el fracaso como única posibilidad y como fuente de conocimiento. Los “héroes” de los poemas de Trejos saben que no hay otra opción. Asumen su destino, como en una tragedia griega; se hunden a sí mismos porque solo en el fracaso más absoluto podrán encontrar su redención, como Eddie Felson en la película The Hustler (retomado en el poema “El buscavidas”(1)). Hay en esta forma de fracaso que Trejos nos ofrece incluso un disfrute y a la vez un acto de rebelión. El hablante lírico jamás se someterá a los dictados del mercado, de la moda, de las exigencias sociales. El fracaso como postura ante la vida, incluso como hedonismo; el fracaso como liberación. En The Hustler, Berth le dice a Eddie, después de que este ha perdido contra Minnesota Fats: “Eddie, has nacido para perder. Claro, te emborrachaste, tenías el mejor pretexto del mundo para perder, no importa perder con una buena excusa. Pero ganar, resulta a veces como una carga, pesa mucho,…”.

Todo lo anterior nos permite adentrarnos en el mundo poético de Alfredo Trejos, especialmente de su poemario Cine en los sótanos, el poemario más desolado y más hermoso que se ha escrito en Costa Rica: una oda al fracaso, un canto a hombres que de antemano se sabe que acabarán mal, como sugiere el poema “Easy rider” (p. 43).(2) Este libro de Trejos, junto con Vehículos pesados,(3) lo confirma como una de las voces más importantes y particulares de la poesía costarricense contemporánea.

Su primer poemario, Carta sin cuerpo,(4) era un compendio de fervor y elaboradas metáforas; un poderoso torrente lingüístico que termina por avasallar a muchos lectores. Mi libro favorito. Posteriormente, Arrullo para la noche tóxica(5) da un giro de 180 grados, al buscar un lenguaje más directo y sencillo, en el cual se pierde mucho de ese fervor incipiente, de esas largas estrofas o párrafos en los cuales el hablante lírico termina exhausto de tanta vida. Es un libro menor, que para mí queda debiendo; sin embargo, cuando vemos el siguiente paso en la producción trejiana comprendemos que Arrullo… fue indispensable para redondear su voz, para limar asperezas, para dosificar las cargas emocionales, para asestar los dardos de forma directa pero siempre sutil. Sus dos siguientes poemarios, Vehículos… y Cine… conjugan lo mejor de su producción. Hay en ellos imaginación al mejor estilo surrealista, ¿sino que otra cosa representa esa promesa de no destripar “más pescados en las vías férreas o en las filas de los bancos” o esas mujeres que “son como vasos de hierro colado llenas de espinas dulces y maderas aromáticas” que aparecen en “Del mejor cine casero: atribuible al whisky Widowmaker” (pp. 11-12), poema que abre el libro? 

A la vez, la soledad y la tristeza aparecen como ejes centrales de la producción de Alfredo. Una soledad y una tristeza que provienen de una larga fiesta que desde el comienzo iba de pique (“La fiesta inolvidable”, pp. 40-41); la resaca después de la epifanía de haber recorrido las calles y las noches por igual, con la certeza de que lo único que tiene sentido es la lealtad al amigo y la promesa de amores siempre efímeros.

En los poemas de Alfredo creo encontrar una estructura recurrente, característica: una estrofa o versos iniciales que dan el tema de entrada, una especie de introducción que sienta las bases, al mejor estilo clásico, de lo que se va a hablar; seguidamente, aparece una secuencia, muchas veces mediante la anáfora (y otros juegos y repeticiones) a manera de ejemplos, comparaciones o enumeraciones, y luego el cierre o remate, muchas veces de tipo filosófico, en el cual se retoma el tema. Por esta forma es que insisto en la veta clásica que recorre su poesía, al menos en el abordaje de los temas.(6) Si quisiéramos pensar en música, la forma que he descrito se acerca quizá a la sonata (propia del concierto y la sinfonía).

Por ejemplo, el texto “Monólogo desde la esquina del retador” (pp. 16-17), empieza por una ambientación y una acción: “Abro las cortinas / y trato de decirme: “hoy será un buen día”.” Luego, reflexiona sobre otros días que ha vivido: “Qué días estos / en los que me digo / lo que sea / para no regresar al cuento del que salí / justo como salí: perseguido por ratones / y lava.” Posteriormente, las siguientes estrofas sirven de refuerzo para ese inicio, son ejemplos de otros días:

Encontrarás más dinero
entre los dientes de un castor
que entre mis cosas
porque los negocios sucios
nunca resultan tan sucios como quisiera
y el salario sigue de espaldas a Dios
por aquello de que no crece
y menos se multiplica.


Se supone que he fracasado en todo
que me he quedado sin planes.


Pasaré
y la chaqueta que llevo al hombro
se atorará en los mecanismos.


Una mujer firmará bajo mis ojos
sin leer la letra chica.


Las pequeñeces que se ven de frente
y sin ganas.
Hay un mal augurio en todo esto.
Y llueve.
Debería pensar en retirarme.

Una vez que ha “ejemplificado” lo que sucede en otros días, similares a este en que hoy se despierta, sobreviene la revelación, con sutileza y amarga ironía a la vez: “Sé bien que allá afuera / bajo la promesa de un largo asalto / contra la lluvia / aún hay algunas puertas convencidas / de que soy yo quien toca”.

En cuanto al estilo de Trejos,  me parece ver en sus imágenes una combinación inusitada que las convierte a la vez en hipérbole, ironía y metáfora. Sus imágenes, de carácter descriptivo, tienen la fuerza de un mazo, porque intentan ser argumento para el tema central, para el verso primero en el que se expuso una idea o se dibujó un ambiente, de ahí que se generen las relaciones más inesperadas. Esto lo podíamos ver en los versos transcritos de “Del mejor cine casero” o en el mismo poema anterior: “Encontrarás más dinero / entre los dientes de un castor / que entre mis cosas”. Esta relación entre los dientes de un castor y la posibilidad de encontrar dinero dota a los poemas de imaginación; la hipérbole sirve porque el hablante lirico enfatiza la imposibilidad de que tenga dinero. Sin ser lastimera su condición de pobreza, más bien es vista con  aceptación. En la poesía de Trejos el fracaso no es para lamentarse; al contrario, el hablante lírico abraza el fracaso, se reconcilia con él, que es a la vez reconciliarse con su condición humana.

Cine en los sótanos, un conjunto de 32 poemas distribuidos en tres secciones (“I”, “II. Cine en los sótanos” y “III. Film noir”) es definitivamente un punto alto de la poesía costarricense de los últimos años, no solo por las razones levemente esbozadas, sino sobre todo porque no teme conjugar el sentido bohemio de la existencia (sin caer en el lugar común), junto con un universo intertextual de otra época (cinematográfico sobre todo) y un hondo sentido filosófico; apuesta arriesgada y que se agradece enormemente porque exige del lector un nivel de compromiso para su lectura y una viva disposición de ánimo.

La primera sección prepara el terreno. De entrada, el hablante afirma que “Es hora de defender la soledad” (p. 11), para recibirnos con un poema en prosa que es un aplanadora verbal de principio a fin, muestra del mejor Trejos. La segunda sección es un homenaje directo a varias películas. Cada poema toma su título de cada uno de los filmes retratados. Empieza con “El buscavidas” y continúa con otros tantos, entre los que podemos mencionar Vaquero de medianoche o Taxi Driver. Aquí, la escogencia de las películas no es gratuita. Todas ellas tienen como personaje central a seres que la sociedad puede considerar desadaptados, sujetos marginales al borde de la locura, el suicidio o la muerte; y caracterizados por actores icónicos, como Jack Nicholson, Robert de Niro o Marlon Brando. Por último, los “film noir” que nos presenta Trejos son precisamente el contrapunto ya no del mundo del cine sino de la “vida real”. Vidas oscuras, signadas por la tragedia y la pérdida, pero que a lo mejor encuentran siempre la forma de mantenerse en pie y seguir “jugando”, como sugieren los versos finales de “Del peor cine casero: los extraños días del stop motion” (pp. 67-68), que nos recuerdan la película Crash, de David Cronenberg: “Salí del bar despacio / como quien sale de un auto volcado / para entrar a otro auto volcado”. Como afirma la escritora Zingonia Zingone en la contraportada: “Cine en los sótanos es el guión secreto -lo que al espectador común no es dado conocer- de un largo viaje inútil que el poeta escoge vivir crudamente, tal y como es". Así es, la vida continúa y no es otra cosa que una repetición. Las derrotas mismas son una escogencia”, una búsqueda por exprimir de la vida todo lo que esta  pueda  ofrecer.

Salir de un auto volcado para entrar en otro a lo mejor no es muy alentador, pero qué se le va a hacer, es lo que hay, y la poesía de Trejos parece comprenderlo cabalmente. La poeta Silvia Piranesi lo observa y lo describe acertadamente:
No es una voz arrepentida, o resignada. Todavía le importa la fidelidad a los amigos, la camaradería escasa de permanecer en las buenas y en las malas. También le importan las mujeres, aquellas que son anti-heroínas, las femmes fatales ficticias y reales. A Alfredo le importa conjugar al trabajo desde la muerte o al revés. Una cosa es consecuencia de la otra. Recurre de nuevo a los oficios inútiles, al éxito, a la derrota, a todo lo que nos es fatal. Sus poemas se escriben con un mismo estado de ánimo que tiene diferentes nombres. Decir derrota y éxito. Cine en los sótanos es la victoria desde un hoyo negro.(7)
El atardecer rojizo. La silueta de Clint Eastwood de cuclillas, recortada junto a un árbol. Paul Newman en blanco y negro sobre la tela de una mesa de pool, cigarro en mano, 25 horas seguidas de jugar sin parar. “Sólo le pide un último juego / para perder y volver a Oakland / sin un centavo de culpa” (“El buscavidas”). Reconciliado consigo mismo, esa parece ser la premisa. Al final de la jornada, exhausto de disculparse con los amigos por los malos deseos de otro momento, de ver películas en sótanos oscuros y acariciar la última gota de alcohol, la poesía de Alfredo Trejos abraza la vida porque sabe que es lo único que a fin de cuentas queda. “La victoria desde un hoyo negro”. Abraza la vida y se va contento, a dormir donde el sueño apremie, pues al día siguiente tocará levantarse de nuevo, ser canalla, esquivar mujeres complicadas y sonreír con el dolor del último rollo de celuloide.(8)


***


Tres poemas de Cine en los sótanos en Las Malas Juntas 


Referencias 
(1) Cine en los sótanos, San José: Editorial Germinal, 2011, pp. 31-32. Las siguientes referencias son de este libro.
(2) Los enlaces no llevan a los textos, sino a las películas a las cuales aluden.
(3) Vehículos pesados, San José: Ediciones Espiral, 2011, 120 pp. 
(4) Carta sin cuerpo, San José: Ediciones Perro Azul, 2001, 52 pp.
(5) Arrullo para la noche tóxica, San José: Ediciones Perro Azul, 2005, 80 pp.
(6) Luis Chaves, en la contraportada de Vehículos pesados (seguir enlace arriba), afirma que “Trejos regresa a la tradición pero por otro camino”.
(7) Silvia Piranesi, texto de presentación de Cine en los sótanos. Aquí se puede leer completo.
(8) Ver también, de Cristina Ramírez, el texto de presentación del libro

21/12/2011

Para despedir el año: dos más de Simic

Imagen: Vincent Van Gogh, Zapatos, óleo sobre lienzo, 45, 7 x 55, 2 cm, 1888,
The Metropolitan Museum of Art.


Los últimos meses he dejado un poco a la deriva esta casa. Tampoco es tan grave, y supongo que es parte de su “naturaleza” esa incertidumbre, como parte de nuestra naturaleza es el sentimiento de culpa por el abandono.

Para no dejar pasar el mes de diciembre, comparto un par de poemas de Charles Simic: “Mis zapatos” y “El cuarto blanco”, textos en los cuales los objetos adquieren una dimensión ominosa, que nos hace observar con más cuidado aquello que nos rodea, como si de verdad fuese capaz de hablarnos.

Así cerramos el año, con el consabido pero sincero ¡felices fiestas!



Mis zapatos

Zapatos, la cara oculta de mi vida interior:
dos bocas abiertas y desdentadas,
dos pieles de animales parcialmente descompuestas
que huelen a nido de ratas.

Mi hermano y mi hermana, quienes murieron al nacer,
extienden su existencia en ustedes,
y guían mi vida
hacia la incomprensible inocencia.

¿Qué sentido tienen los libros para mí
cuando en ustedes es posible leer
el evangelio de mi vida sobre la tierra
y aún más allá, de lo que está por venir?

Quiero proclamar la religión
que he diseñado para su perfecta humildad
y la extraña iglesia que estoy construyendo
con ustedes por altar.

Ascéticos y maternales, perduran:
parientes de los bueyes, de los santos y de los condenados,
con su muda paciencia van formando
la única y verdadera imagen de mí mismo.



El cuarto blanco

Lo evidente es difícil
de probar. Muchos prefieren
lo oculto. Yo también, de hecho.
Yo escuché a los árboles.

Ellos tenían un secreto
que estaban a punto
de revelarme…
y no lo hicieron.

Vino el verano. Cada árbol
en mi calle tenía su propia
Scherezade. Mis noches
eran parte de sus salvajes

narraciones. Nosotros
entramos en oscuras casas,
cada vez más oscuras,
abandonadas y llenas de murmullos.

Había alguien con los ojos cerrados
en los pisos de arriba,
el miedo, y el asombro,
me mantuvieron despierto.

La verdad es dura y fría,
dijo la mujer
que siempre vestía de blanco.
Ella no abandonaba su cuarto.

El sol apuntó a una o dos
cosas que sobrevivieron
intactas a la larga noche.
Las cosas más simples,

difíciles en su obviedad.
No hicieron ruido.
Fue esa clase de día
que la gente describe como “perfecto”.

¿Dioses que se disfrazan a sí mismos
como prensas negras, un espejo de mano,
un peine sin un diente?
¡No! No era eso.

Tan solo las cosas tal cuales son.
Imperturbables, acostadas y mudas
en esa luz brillante…
Y los árboles que esperan la noche.  



Traducción: Gustavo Solórzano-Alfaro, 2011. Aquí los originales.


09/11/2011

XII Feria Internacional del Libro Costa Rica 2011



XII Feria Internacional del Libro Costa Rica 2011


Del viernes 11 al domingo 20 de noviembre
Antigua Aduana, San José


Empieza la FILCR 2011, con Francia como país invitado de honor y con los autores Albert Bensoussan y Mathias Malzieu, quienes brindarán sendas charlas. Como cada año, editoriales estatales, universitarias y privadas de diversas partes del mundo se darán cita. Asimismo, cada día habrá gran cantidad de actividades: presentaciones de libros, charlas, talleres y más.


Aquí dejo las actividades en las que este servidor estará participando:

  • Novedades de ensayo costarricense EUNED
Lunes 14 de noviembre, 6:00 p.m., salón Victor Hugo

Crónicas de lo efímero, de Flora Ovares
España desde lejos, de Mario Oliva
Utopías de quietud, de Denis Arias (representado por Rodrigo Quesada)

Moderador: Gustavo Solórzano-Alfaro

  • Novedades de poesía costarricense EUNED
Jueves 17 de noviembre, 6:00 p.m., salón Victor Hugo 

Dónde estás Puerto Limón, de Arabella Salaverry (representada por Alfonso Chase)
Bitácora de los hechos consumados, de Juan Carlos Olivas
Vida Ajena, de G.A. Chaves

Moderador: Gustavo Solórzano-Alfaro

  • “Presentación” de bibliotecas personales de escritores, promovido por la Alianza Francesa
Viernes 18 de noviembre, 5:00 p.m., puesto de Francia

Guillermo Barquero
G.A. Chaves
Gustavo Solórzano Alfaro 


***

Programa completo en Cultura CR. Esté atento a cambios y anuncios en diversos medios digitales e impresos.

Siga la feria en Facebook

26/10/2011

Dos poemas de Ana Istarú



Domicilio


¿en dónde está mi madre? ¿en un terrón infecto? ¿en un
plato de viento que se pudre? ¿en el hollín crujiente?
¿en un cajón de hierro? ¿en una carabela carcomida? ¿un
animal que ruge en medio de una bala? ¿un fuego de
espinazos? ¿una bestia menuda que se asfixia? ¿debajo
de la tierra está golpeando por salir como un niño del
vientre de su madre? ¿me está mirando? ¿de allí? ¿de
ese ciervo quebrado al borde del camino? ¿y ese trozo
de grito que no atina a abrirse paso por el cuello? ¿es un
rastro de musgo que los rayos liquidan? ¿un recuento
de calcio? ¿un pájaro de escombro?


yo soy mi madre
y mi cuerpo es ahora
su elemento


P. 149*




Mujer del organillo


esa mujer que gime
y afila mi faringe
sostiene con su muerte
las cuatro puertas de mi cuerpo
vive muerta en una tumba una feroz
caja de organillo enmohecida
la música que sale
es del grosor de un clavo


esa mujer debe de ser a estas alturas
tan sólo un vaso de tierra en mi garganta


esa mujer jugó a los dados con su vida
apostó como un tahúr
para parirme sin preguntar
voy a morir
se jugó entera
como suelen hacerlo las gitanas
y era una dama
y ahora es tan sólo mi dama muerta


esa mujer
que mirando de manera minuciosa
estampó su pupila detrás de mi pupila
como un gato que se ahoga
o una moneda
que me hiende el glóbulo ocular


esa mujer
conserva pegada al corazón
esa boca de final que yo le puse
o pegada tal vez avariciosa a la escotilla
antes de ser hundida en su ataúd
en su caja de organillo macilento
la música que sale
hace vibrar la polvareda


mujer del organillo
muerta que cantas


yo soy la organillera


Pp. 150-151


* Textos tomados de Ana Istarú, Poesía escogida (2.ª ed.), San José: ECR, 158 pp.


Ana Istarú (Costa Rica, 1960). Poeta, actriz, dramaturga y columnista de opinión. Ha recibido diversos premios nacionales e internacionales como poeta, actriz y dramaturga. Su libro más conocido, La estación de fiebre ha sido también editado por Visor y en edición bilingüe (español-francés) en París. Sus obras de teatro han sido estrenadas en más de 16 países Co-guionista de largometraje Caribe (premiado en los festivales de Trieste y Huelva) y protagonista de la serie televisiva Eso que llaman hogar. Algunas de sus poemarios son La estación de fiebre (1983), La muerte y otros efímeros agravios (1988) y Verbo madre (1995). Entre sus obras de teatro tenemos Madre nuestra que estás en la tierra (1988), Baby Boom en el Paraíso (1996) y Hombres en escabeche (2000); así como la compilación 101 artículos.


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